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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Madrina muerte — Zenda — 2 de enero de 2024

o hay nada ni nadie más honrado que la muerte” es un cántico que se entona con insistencia a lo largo de este lindo cuento que tiene por título Madrina muerte (Impedimenta, 2023). Su autora, Sally Nicholls, ha sido traducida del inglés por Isabel Márquez Méndez, y cuenta con las ilustraciones de Júlia Sardà. No obstante, resulta bastante impreciso hablar aquí de autoría propiamente, pues esta historia se remonta a inciertos orígenes medievales, habiendo sido recogida y popularizada por los hermanos Grimm en el XIX. Nicholls se encargaría, pues, de adaptar este texto folclórico para el sello de Barcelona.Nadie ni nada más honrado que la muerte porque ella, en su infinito poder igualador, está por encima de los valores del bien y del mal: toca a todos. Al bondadoso, al preñado de malicia; al rico, al pobre; al sabio, al ingenuo; al que estudia cuidadosamente las leyes de su dios, o al ateo. La muerte, como se narra en este libro, danza en el centro de un grupo de mortales, equidistante de todos los bailarines. No hay jerarquías; solo manos entrelazadas. En contraste, la honradez y limpieza moral que clama Dios admite un duro cuestionamiento, tal y como se muestra en Madrina muerte en boca del pescador pobre, quien se dirige al propio Creador: “—¡Tú! —dijo—. ¡De forma justa dice, a todos los hombres y a todas las mujeres! ¿Ah, sí? ¡Hay quienes viven en enormes palacios y comen en platos de oro con tenedores de plata! ¡Otros viven en casas frías y húmedas, y les cae lluvia sobre la cama! ¿Y eso es justicia?”

Llama gravemente la atención el hecho de que sea uno de los temas y motores fundamentales de la literatura oral (y, por ampliar, de la propia historia del pensamiento humano) y, sin embargo, esté tan ausente en nuestra cultura e imaginario actuales. Intentamos borrar la muerte con la lejía de las alegorías, con frases vagas y repetidas eternamente, con el féretro cerrado. Pero, tal como señala la filóloga e investigadora Ana Cristina Herreros, cuanto más tabú, más deseos de saber, especialmente en el caso de los niños. Y por esto mismo siempre es motivo de celebración encontrar un nuevo cuento infantil que aborde el tema de frente.

La moraleja de Madrina muerte, tal y como ocurre en las narraciones infantiles, es directa y simple (pero aquí incuestionable): ningún humano escapa de la muerte. Además, quien intenta esquivarla termina encontrando un sufrimiento mayor, y tarde o temprano, será esa misma persona la que desee su venida.

Pero la muerte también se representa cercana en la historia. Come, baila, bebe. Acepta amablemente ser la madrina de un bebé ante el ofrecimiento del pescador (protagonista, junto a ella, de la historia). Se compadece de su pobreza, y le procura un don mágico para que dejen de pasar hambre. No es, por tanto, una entidad cruel, distante y abstracta. El niño lector puede, así, atribuirle rasgos humanos y atenerse a una imagen amable y cercana de ella desde la que divagar.

Quizás, a un nivel más profundo, esta historia también pretenda mostrarnos la naturaleza ambivalente de la muerte. Ella es el estandarte de la justicia al equiparar, finalmente, las clases sociales. Se compadece de quien la llama y acude al dolor, al llanto, y lo termina. Y, sin embargo, su presencia espanta. En el fondo, ¿quién la desea a ella, propiamente? La presencia de la muerte en el cuento, aun en su estatus de madrina del niño, no despierta buenos augurios. No conviene tenerla tan cerca de la vida. Es peligroso convocarla, hacer tratos con ella.

Junto a la moraleja, esta historia acoge muchos otros elementos tradicionales y universales. A un nivel formal, encontramos la partida del héroe (en este caso, un pobre pescador de buen corazón); la búsqueda, no de un tesoro o un don mágico, sino de un padrino para su hijo recién nacido; o el elemento del castigo para el protagonista, al intentar alterar el orden natural de la vida, es decir, el destino inevitable. En lo temático, Madrina muerte articula motivos esenciales, como la lucha por la supervivencia, que puede pasar por la pérdida de la razón o la ruptura de un pacto; la igualdad de la muerte; o el natural errar humano.

Este difícil equilibrio entre una imagen amable y espeluznante de la muerte encuentra su perfecta réplica en las ilustraciones de Júlia Sardà, colaboradora frecuente de este sello editorial. Así, la presencia del rojo y el negro en los dibujos (colores que pueden asociarse con lo tétrico y macabro) se contrarresta con el uso abundante de un amarillo cercano al dorado. Este, en combinación con el verde oscuro, sugieren además una solemne estética medieval que se confirma en el estilo de dibujo de los personajes, muy propio de los grabados de la Edad Media. El personaje de la muerte (con su célebre guadaña y capa negra) encuentra alivio, asimismo, en cierta expresión cómica que perfila al resto de caracteres, mofletudos, pecosos, y con las mejillas sonrosadas. De este modo, Sardà sitúa sus ilustraciones a caballo entre el espectador adulto e infantil.

La artista también recoge e ilustra en Madrina muerte una hermosa simbología medieval que se enraíza en la antigua aproximación a la naturaleza desde la magia y el simbolismo. La fauna, la flora y los elementos atmosféricos, entendidos en su función de presagio o de expresión genuina de lo divino, se reflejan en lindas ilustraciones de cuervos negros; serpientes enroscadas a una vara de madera; peces con la boca abierta de la cual emergen otros peces más pequeños; cielos nubosos; muérdagos que crecen en el campo… Trazando, con ello, otro nivel narrativo más sutil y misterioso.

La portada sintetiza bellamente todos los ingredientes mencionados arriba: solemnidad, espanto, y ciertos trazos infantiles. La muerte sostiene el peso visual, montada en su caballo blanco y amarrando una guadaña en cuyo filo puede leerse una frase en latín “Nemini parco”: “No perdono a nadie”.

Comentaba la ya referida Ana Cristina Herreros en una charla que, al final, todos los cuentos hablan de lo mismo: el depositar la confianza en los otros. Confiar en extender una mano y ser ayudados incluso por un desconocido.

Incluso por la propia muerte.

—Inés Belmonte Amorós