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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«Historia de la mujer caníbal» — El Español — 3 de febrero de 2024

Maryse Condé (1937) es uno de los nombres que recurrentemente suenan como eterna candidata al Premio Nobel de Literatura. Uno sospecha que deberá continuar aguardando, y no por la calidad de sus escritos, reconocidos con el alternativo New Academy Prize in Literature en el 2018, sino por escribir en francés, el mismo idioma que Annie Ernaux (Premio Nobel en 2022).

En cualquier caso, los hispanohablantes tenemos acceso a la mayoría de su obra, gracias a Impedimenta (es de agradecer que siempre con la misma traductora). Original de Guadalupe, y emulando a los otros dos grandes autores caribeños, V. S. Naipaul y Derek Walcott, la particularidad de su origen resultará definitiva y definitoria en su obra.

Historia de la mujer caníbal se publicó originalmente en el 2003 y narra la historia de Rosélie Thibaudin, una mujer negra que después de haber pasado por Nueva York, Londres, Tokyo… se ha establecido en El Cabo porque Stephen, su compañero, quiere conocer la realidad post-apartheid de Sudáfrica. Su vida ha tenido poco de tradicional, como ella misma confiesa: «Un hombre me arrastró hasta un país de África para después abandonarme. Otro hombre me llevó a los Estados Unidos y de vuelta a África para abandonarme (p. 41)». 

El asesinato de Stephen, blanco y especialista en Yeats, una noche camino de una tienda marca el desarrollo de la acción. Todo hace pensar que su muerte fue fortuita, un crimen más de los que acontecen en la violenta Sudáfrica para robar a la víctima. Así piensa o quiere pensar Rosélie, pues cualquier otra disyuntiva resultaría peligrosa.

Imagino que el calificativo de “thriller” es el más apropiado para este tipo de narrativa, aunque el suspense no represente el motor de la acción y el misterio sea algo secundario. Pero la verdadera enjundia de la novela tiene que ver con la protagonista, un personaje poliédrico, complejo y confuso, que vive en un entorno ajeno a su cultura y principios.

Las implicaciones de la muerte de Stephen trascienden el ámbito de lo sentimental, pues, pese a llevar juntos más de veinte años, nunca llegaron a casarse. Por fortuna Rosélie sí puede continuar viviendo en la misma casa, en un distinguido barrio blanco, pero deberá procurarse el sustento. Su gran afición es la pintura, aunque difícilmente podría ganarse la vida con “esos cuadros horrendos”, así que “se compró una bola de cristal y va por ahí diciendo que es médium”.

En las tarjetas de visita que distribuye por el vecindario se publicita como “Rosélie Thibaudin, médium. Especializada en casos imposibles”. Conoceremos alguno de estos casos, interesantes subtramas con evidentes referencias al tema capital, el racismo, algo “más mortal que el sida, más común y se contagia más rápido que la gripe”.

Condé nos dibuja la Sudáfrica post-apartheid en una singular relectura de la literatura poscolonial –aunque el idioma original sea el francés. Utilizo el adjetivo singular porque encontramos en la novela reflexiones de distinto calado, como aquellas referidas al feminismo: «Te tratan así por ser mujer, no por tu color. Da igual que seamos blancas, negras, amarillas, o mestizas: ¡las mujeres somos el último mono en cualquier lugar del mundo!».

La mujer caníbal del título no es ella sino la que asesinó a su marido, pero Rosélie representa a la mujer marcada por prejuicios. La muerte de su compañero marca el inicio de un proceso de autoconocimiento que la conducirá a replantearse su existencia despojándose de cuantos condicionantes personales y sociales cuestionan su realidad sexual y racial.

—José Antonio Gurpegui