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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«Historia de la mujer caníbal», toda la rabia de Maryse Condé — El Debate — 10 de febrero de 2024

El Cabo dormía siempre del mismo modo, acostado cual perro guardián». Con una imagen de extraña placidez arranca Maryse Condé un libro que no es en absoluto confortable. Bien pronto, del desperezar de Ciudad del Cabo un día cualquiera de los tiempos post-Apartheid, con Mandela ya en la presidencia, pasamos al recuento en extenso de una mujer que se siente fuera de todo lugar, agraviada por todo el pasado, íntimamente exiliada. Esa mujer es Rosélie, una antillana, como la autora, que ha ido dando tumbos por países y hombres, huyendo de su condición de mestiza, mal vista por los blancos y mal vista por los negros: «El azar quiso que yo naciera en Guadalupe. Pero nadie en mi familia me echa de menos. He vivido bastante tiempo en Francia. Un hombre me arrastró hasta un país de África para después abandonarme. Luego, otro hombre me llevó a los Estados Unidos y de vuelta a África para volver a abandonarme. Y ahora la historia se repite con Stephen en El Cabo».

Stephen es la pareja recién fallecida, asesinado en las calles, de Rosélie, un hombre blanco de origen inglés que le suministró una especie de ‘espacio seguro’ durante años. Ya sola, esta mujer tendrá que buscarse la vida al tiempo en que va tomando conciencia (‘despertando’, diría un doctorando en estudios decoloniales) de su precario estatus, en un país en el que el racismo sigue prendido en las mentalidades. Al tiempo, se sucede la investigación sobre la muerte de Stephen, que suministra una ligera armazón de thriller al libro.

Maryse Condé (Guadalupe, 1937) es uno de los grandes exponentes de la literatura caribeña actual en lengua francesa. Galardonada con el Premio Nobel Alternativo en 2018, en España ha sido Impedimenta quien la ha dado a conocer en una operación de rescate que suma ahora su sexto libro, todos ellos traducidos por Martha Asunción Alonso. Adentrarse en su obra implica asumir que los intereses de Condé pasan ante todo por un retrato marcadamente político de raza y género, declarado por ella misma: «No podría escribir cualquier cosa a menos que tenga una importancia política segura». Antes que escritora, fue activista y el papel es para ella una prolongación de su lucha contra la segregación de cualquier tipo.

En Historia de la mujer caníbal, narrada en tercera persona pero con recurrentes incursiones en la primera, la rabia se apodera del relato desde el inicio. Rosélie no es un personaje sencillo: no solo ha experimentado la vulnerabilidad de ser mestiza y mujer en distintos países, si bien sus orígenes antillanos son propios de una familia con recursos, sino que se reconoce como incapaz de «sentirse a gusto consigo misma». En ella, la condición política y el estado de ánimo son casi una y la misma cosa. Eso hace que su vida adquiera tonos muy amargos, que la desconfianza y el resentimiento se unan a la toma de conciencia política. De resultas, el libro se torna a menudo asfixiante, sin un gramo de optimismo ni siquiera en la llegada al poder de Mandela, un proceso falso de transición sin «africanización» en un país azotado por el sida.

Para Rosélie su condición de mujer es tan determinante, o más, que la del tono de su piel. «Pues no existe en este planeta ni una mujer negra que, tarde o temprano, no se vea humillada por su sexo y su color». Cierto que, en el relato de su vida, la protagonista se nos presenta siempre a expensas de los hechos. Su falta de voluntad, su incapacidad de encontrar un lugar en el mundo, de integrarse incluso a pesar de las renuncias necesarias en ello, son una manera, para Condé, de marcar el desarraigo esencial de la africanidad. Su trato con los blancos, con su propia pareja, no está libre de un prejuicio de base y un recelo (o una susceptibilidad exacerbada, a veces) que hacen difícil empatizar con Rosélie, con su esposo, con su entorno…

En este libro, publicado originalmente en 2003, late una rabia evidente de Condé contra la segregación después de la segregación. Quizás incluso, por qué no, un ánimo revanchista, como si temiera que el proceso de normalización artificial de la integración y equiparación de razas y sexos, se fuera a saldar con una laminación de las culpas del colonialismo. No es un libro complaciente, sin duda, pero los lectores de Maryse Condé encontrarán material interesante de reflexión en torno al mestizaje y el desarraigo en la historia de una mujer que no encuentra otra salida que canibalizar su pasado para convertirlo en otra cosa más vivible.

—Gonzalo Núñez