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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Entrevista a Gueorgui Gospodínov, autor de «Acerca del robo de historias»: cada historia que contamos retrasa un poco la muerte — Diario de Sevilla — 31 de marzo de 2024

Considerado el escritor búlgaro más importante de su generación, Gueorgui Gospodínov (1968) dejó un enorme impacto en la literatura europea con su novela Las Tempestálidas (2020), reconocida con el Premio Booker Internacional y publicada en España. Ahora, Impedimenta sirve al lector en lengua española su primer libro de cuentos, Acerca del robo de historias y otros relatos, aparecido originalmente en 2001 y traducido por María Vútova. Dotado de un fino sentido del humor y dueño de una estética propia y a la vez bien enraizada, el autor es uno de los principales referentes de la literatura de Europa del Este posterior a la caída del Telón de Acero.

–¿Hasta qué punto son oficios distintos escribir relatos y escribir novelas?

–No creo que haya muchas diferencias entre los distintos géneros. Al final, lo que haces es siempre lo mismo: contar una historia. Yo empecé escribiendo poesía y continúo haciéndolo. Tanto en mis novelas como en mis relatos se puede encontrar mucha poesía, metida ahí como de contrabando. Para mí, la poesía, el relato y la novela tienen mucho más en común de lo que se piensa a menudo, y eso trasluce especialmente cuando acudes a los tres géneros para narrar una historia. En Bulgaria hay una tradición oral vigente que tiene que ver sobre todo con los cuentos, y en Acerca del robo de historias, que fue mi primer libro de relatos, me llevé esa tradición a mi terreno. Por eso es un libro tan importante para mí.

–El escritor español Álvaro Cunqueiro sostenía que un cuento funciona cuando, al leerlo, tienes la impresión de que un cuervo te lo está susurrando al oído.

–El susurro también es algo importante para mí. Las cosas más importantes se dicen así, susurrándolas al oído. Y eso marca el ritmo de una narración, porque ese ritmo procede de la persona que cuenta, de quien susurra la historia. Así contaba sus cuentos mi abuela, por cierto: susurrándolos, en voz muy baja. De hecho, ella, como otras muchas personas de su generación, tenía la costumbre de ponerse a susurrar lo que leía cuando abría un libro. Por las tardes cogía la Biblía y yo, de niño, la escuchaba susurrar el Apocalipsis: “Al principio fueron cuatro jinetes”, y todo eso. A día de hoy, sigo escuchando esa voz cada vez que vuelvo a leer el Apocalipsis.

–Su mirada al mundo parece darse entre el testimonio veraz y la alucinación poética. ¿En qué medida es usted un escritor realista o más cercano a la literatura fantástica?

–Las dos cosas juntas. Lo que más me interesa como narrador es la posibilidad de vincular lo más realista con lo mágico y lo sublime. Me gusta cuando, por ejemplo, un viaje en tren normal y corriente es capaz de convertirse en mucho más que eso. En uno de los relatos de Acerca del robo de historias, La octava noche, la sordera del protagonista alcanza otras dimensiones. Ahí se da una clave personal, autobiográfica, pero también hay mucha poesía, como en la lista que el personaje hace con las cosas que quiere oír antes de perder el oído por completo. Su lista incluye sonidos extraordinarios, pero también otros cotidianos que quiere preservar en su memoria. Al mismo tiempo, todo el relato es una conversación con Borges y su ceguera. Por eso, cada relato es un laberinto con muchos caminos y corresponde a cada lector elegir hacia dónde ir. Lo más bonito sería que el escritor y el lector se perdiesen en ese laberinto.

¿Considera al lector cocreador de sus historias?

–Al menos la mitad de mis historias son obra del lector. Cuando escribo, dejo suficientes espacios vacíos en los que el lector puede seguir construyendo para sí mismo. Muchas veces, en el curso de la narración, interpelo directamente al lector, porque para mí el proceso de leer es un diálogo, principalmente del lector consigo mismo. A veces recibo cartas de lectores que me cuentan que he escrito sus historias, sorprendidos por el hecho de que yo haya podido conocerlas o intuirlas, y yo siempre les respondo que esas también son mis historias. Eso me resulta particularmente bonito.

–¿Es más fácil que pase algo así con un lector que comparte su lengua materna?

–Creo que las buenas historias son personales y muy locales, pero precisamente por ser personales y locales son también universales. Todos estamos hechos de miedos, tristezas y esperanzas. Todos somos emigrantes de la patria que representa nuestra infancia, por eso mis historias está muy cerca de la infancia, porque ahí somos realistas mágicos de manera natural. Cuando somos niños podemos hablar con todo lo que nos rodea y lo que nos rodea nos habla igualmente. Si un escritor quiere serlo a toda costa, tiene la obligación de preservar esta habilidad.

–¿Se siente, como escritor, atravesado o interpelado por la historia reciente de Bulgaria?

–Sí, aunque esa impresión cristalizó con más fuerza en mi segundo libro de relatos, que espero que también se publique pronto en España. Mis libros más recientes están más relacionados con lo que sucede en ese contexto, a un nivel más personal. En Acerca del robo de historias prevalece el placer del mero hecho de narrar, aunque también hay elementos que influyeron mucho en las obras siguientes, como Gaustín, que protagoniza dos relatos y que luego regresará en otros libros. El personaje de Vaysha la ciega, que ve el pasado con un ojo y el futuro con el otro, encierra ya una idea que desarrollaré después plenamente en Las Tempestálidas. Y, a su vez, como te contaba, estos mismos ele-mentos están presentes en mi poesía. De alguna forma he estado toda mi vida pensando en estas cuestiones, así que los hilos conductores son bien firmes.

–¿Por ejemplo?

–Un hilo conductor esencial en mi escritura es el de las cosas no sucedidas y la posibilidad de que sucedan. Otro tendría que ver con la necesidad de seguir narrando continuamente nuestras historias con el fin de producir memoria, en el sentido de que cada historia que contamos retrasa un poco la muerte.

–Vaysha la ciega es un ejemplo claro de cómo sus personajes están definidos por lo que les falta, por sus carencias ¿Es su manera de hacerlos más humanos?

–Sí, lo que no nos ha sucedido nos define mucho mejor que lo que sí nos ha sucedido. Yo vengo de un lugar en el que muchas cosas no han llegado a suceder, donde tenemos una abundancia de carencias, así que nos queda mucho que contar. Escribir sobre lo que no ha sucedido, sobre la ausencia, es mucho más difícil, pero por eso precisamente debemos hablar sobre ello y atrevernos. Si callamos sobre la ausencia, empezamos a acumular tristeza. Adoptando un tono evangélico, podríamos decir que quien acumula historias no contadas termina acumulando también tristezas.

–¿Se siente parte de alguna tradición literaria?

–Sí y no. Me siento cerca de la manera que tenía mi familia de narrar sus historias. Ellos contaban sus cosas a la vez con tristeza y ironía, o mejor auto-ironía. Y yo formo parte de eso. Al mismo tiempo, ciertos críticos me sitúan cerca de otros escritores de mi misma edad procedentes de Europa Central y del Este, autores que compartimos el recuerdo de un sistema social y un mismo pasado, lo que nos lleva a compartir también una cierta sensibilidad. En este grupo entrarían autores como Olga Tokarczuk, Mircea Cartarescu, Svetlana Aleksiévitch, Dubravka Ugresic y algunos otros. Todos nosotros tenemos rasgos visibles en común.

–¿Quizá el primer rasgo en común es la reinvención de la tradición literaria centroeuropea que asumió a Kafka como modelo esencial?

–Esa tradición a la que te refieres, y en la que también incluiría a Milan Kundera, no ha tenido miedo de abrir las costuras de la novela y meter ahí dentro reflexiones, ensayos y otras muchas formas literarias. La novela es un laboratorio peculiar que no sirve sólo para entretener, también te permite investigar temas fundamentales relacionados con la religión, la sociología y todo lo importante que nos ocurre.

–Citaba antes a Borges. ¿Qué relación mantiene con la tradición literaria en lengua española?

–Los primeros nombres que se me vienen a la cabeza son Borges y mi abuela. Nunca se conocieron, pero narraban de la misma manera. Cuando leí por primera vez a Borges se abrió en mí una sensación enorme de libertad. Entendí que se podía escribir como lo hacía él. Así que, en el fondo, toda mi obra es un diálogo con Borges. Cuando conocí a Alberto Manguel, de quien después me hice muy amigo, me impresionaba pensar que, al tocar su mano, estaba tocando la de Borges, ya que Manguel solía leerle en voz alta cuando era niño. Y Manguel me dijo que él sintió lo mismo cuando conoció personalmente a alguien que a su vez había conocido personalmente a Kafka. Al final, todos nosotros escribimos nuestros libros en una red muy particular, un zumbido constante de voces.

–¿Para inventar un mundo hay que inventar también un lenguaje?

–El escritor inventa mundos a partir de la treintena de letras que aprendió en párvulos. Pero todos estamos hechos de lo que narramos, de nuestras historias. Entre la literatura y la realidad no hay para mí una gran diferencia: todo lo que has creado, inventado o narrado pasa a formar parte de la realidad y de la memoria. Mi experiencia personal al respecto es la misma que la de Funes, el memorioso de Borges: a menudo no sé qué recuerdos fueron reales y cuáles fueron inventados. Pero tampoco me importa mucho. Si me emocionan, qué más da.

—Pablo Bujalance