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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«La vida en miniatura», buscando un lugar en el mundo — El Cultural — 12 de abril de 2024

Dos años han pasado desde la publicación en España de «Una casa llena de gente», la primera novela de la escritora argentina Mariana Sández (Buenos Aires, 1973), y no queremos obviar el descubrimiento que supuso su lectura. Se presentaba ante el lector una narradora sagaz que permitía adivinar en la historia su propia vida lectora, su instinto para reparar en todo lo que pasa inadvertido en vidas ajenas. Descubrimos que no era el primer libro de esta escritora, afincada en madrid desde hace algunos años (le preceden los cuentos de «Algunas familias normales», 2016), pero sí la primera novela, propiciando con ella nuestro encuentro con un estilo en el que la literatura es sustancial. Representó todo un hallazgo para quieres sucumbimos ante la tesis de que la literatura es la única casa llena de gentes y voces disonantes en la que merece la pena vivir.

«La vida en miniatura» confirma su talento narrativo y reafirma esta personal poética de la ficción que atiende a cada pormenor para contar una fábula irresistible que hipnótica de principio a fin. Las señas de identidad que dan a su estilo un carácter tan personal vuelven a redondear el sentido de la historia: el relato lo conducen las voces de dos mujeres, sus discursos fluyen de manera alterna y se abren al diálogo interior ensanchando así los costados de la narración al merodear por otras historias, en otros tiempos. La estructura (un guiño a Vila-Matas) es de nuevo objeto de una cuidada disposición en capítulos encabezado, cada uno, por un segmento del enunciado que adquiere sentido completo al terminar la lectura. Al respecto hay que destacar el efecto teatral de una acotación inicial que ayuda a contextualizar la aventura a punto de arrancar. Su ritmo ágil y el tono ligero no decaen, ni restan gravedad a los temas tratados (la vejez, la soledad, los vínculos afectivos de hijas sometidas, la necesidad de aventura personal, la importancia de la mirada de los demás sobre uno), ni impiden advertir el acierto con el que administra la justa medida de un fino humor y cierta mordacidad distante.

El argumento se centra en la aventura más determinante y decisiva en la vida de Dorothea Dodds, un personaje cosido con hebras de la mejor literatura de mujeres (María Negroni, George Eliot, Charlotte Brontë, Virginia Woolf…). A sus casi 60 años, vive en Buenos Aires, sometida a la voluntad de unos padres dominantes y a la sombra de un hermano gemelo siempre ausente. Animada por su prima Mary (voz que alterna con la suya en el relato), se dispone a desertar de tanta culpa y de su misión en casa realizando un viaje muy particular. Empieza en Londres, en la estación Victoria, y registrará un recorrido con paradas en diferentes destinos de la geografía anglosajona (Liverpool será esencial para ella). sin fechas específicas, y sin otro fin que descubrir su lugar en el mundo a partir de un trabajo minúsculo: cuidar casas y mascotas, en ausencia de los dueños, a cambio de alojamiento.

El recurso del viaje va proporcionando acción a una trama cuyo suspense deriva de la necesidad de saber más sobre esta protagonista hundida «por la culta de lo que no se atrevió a inventar», y de conocer cómo acabará esta aventura que se va armando con otros personajes, seres también mínimos, imprescindibles en esta oportunidad perseguida por Dorothea Dodds para descubrirse a sí misma. Ahí queda su historia, y junto a ella la idea de que es la perspectiva lo que determina el tamaño de lo que se cuenta, la que permite engrandecer lo insignificante.

Por lo demás, es la vida la que tiene siempre la última palabra, como bien arguye esta fábula conmovedora y consoladora. ¡Léanla!

—Pilar Castro