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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Jiri Weil. Caricatura sombría

El escritor checo Jiri Weil narra con una elegancia sobrecogedora la rutina en Praga durante la ocupación nazi. A base de sutiles ironías y desgarrador realismo, muestra con deslumbrante serenidad el contraste entre la mezquindad del agresor y el afán de supervivencia de las víctimas, explorando así la naturaleza de la maldad.

TODO EMPEZÓ CON UN SARCASMO, pero cuando vinieron a darse cuenta de lo que había sucedido se tornó en tragedia. nadie en su sano juicio creyó que los nazis pudieran hacerse con el poder en alemania, y mucho menos que provocarían la guerra más sangrienta de cuantas se han conocido a lo largo de la Historia. Sin embargo, así fue y la memoria de millones de cadáveres lo atestigua. Qué llevó a los alemanes a cometer semejante estupidez es algo que todavía hoy se preguntan muchos intelectuales, sin que logren hallar respuestas convincentes a pesar de las muchos y muy agudas investigaciones que han emprendido. El mundo pareció volverse loco de repente, y se embarcó en un vertiginoso descenso a los infiernos sin que nadie fuese capaz de detenerlo. La mezquindad implantó su imperio y las gentes, bien por miedo, vergüenza o convicción, se sometieron a sus designios.

Ese es a mi juicio el objetivo que persigue el escritor checo Jiri Weil en esta magnífica y sobrecogedora novela: saber por qué la Humanidad se postró ante aquellos necios dioses falsos. Y así, su relato también comienza con un sarcasmo: un obediente funcionario municipal recibe la orden de derribar la estatua del compositor Felix Mendelssohn que se erige en la azotea del rudolfinum, en Praga, por su origen judío. La orden procede del mismísimo Heydrich y, por lo tanto, no hay enmienda posible; salvo que ni el funcionario ni sus operarios tienen la más remota idea de qué aspecto tiene el músico; tanto es así que están a punto de derribar la estatua de richard wagner, por la sencilla razón de ser quien posee la nariz más larga, rasgo inequívoco del judío según se imparte en los cursos que reciben los checos afectos al nuevo régimen cuando han de incorporarse a sus trabajos administrativos.

Una anécdota jocosa que no es más que un trampantojo de la amarga tragedia que weil narra en estas páginas. Un relato que eviscera al ser humano en busca de su antinaturaleza, de esas células enfermas que le convierten en un monstruo. Lo que en un principio viene salpicado de ironías hasta dibujar una caricatura siniestra de los nazis y sus colaboradores, se va tiñendo lentamente de amargura, de patetismo y terror, hasta componer un fresco sombrío de una sociedad mórbida, envuelta en un ambiente asfixiante saturado de amenazas, sospechas y miedo. Jiri Weil arma Mendelssohn en el tejado a base de confluir historias diferentes e independientes en un relato común, amalgamado por la realidad de la ocupación nazi de Praga, que oficia de armazón principal más como argumento inspirador o contextualizador que narrativo en sí mismo. son las peripecias del funcionario schlesinger, de sus operarios y de toda la jerarquía nazi en busca de la estatua maldecida por su jefe supremo, pero también las de adela y Greta, dos niñas judías escondidas tras un armario en casa de una buena familia cristiana, y protegidas por su tío jan, que a su vez forma parte de la resistencia que permite el atentado que acaba con la vida del todopoderoso Heydrich, y que le abre las puertas a richar reisinger, kapo a su pesar en un gueto judío, para hallar un nuevo sentido a su vida.

Son historias de supervivencia que contrastan con la arrogante opulencia de los jerarcas nazis, a quienes Weil retrata con sutil ferocidad, sin necesidad de distorsionar sus actitudes, pues la mera descripción de las mismas basta para imbuir el estrambote. Ahí radica el aspecto más escalofriante de la realidad narrada, en la naturalidad con que esos personajes cometen sus fechorías, sin importarles nada ni nadie, imbuidos de orgullo y desprecio, como auténticos soberanos mezquinos y brutos que administran el todo como si fuera nada.

Y todo envuelto en la siniestra sombra de los transportes que regularmente llevan a los judíos a los flamantes campos de exterminio de Polonia, previo paso por una ciudad fortificada que se convierte en una antesala de la muerte. Con todos estos ingredientes, Weil narra una historia sobrecogedora, sin concesiones a la sensibilidad ni a la esperanza, porque no había entonces ni lo uno ni lo otro, con la contundencia precisa para expresar un delirio como el que vivieron sus compatriotas, pero con una elegancia extraordinaria que suaviza sus aristas pero que se convierte en su más poderosa arma.

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