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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«El ministerio del dolor», el caos del exilio — Kaos en la Red — 29 de mayo de 2024

Dubraka Ugresic (Kutina, antigua Yugoslavia, 1940 – Amsterdam, 2023) ve recuperada su novela, anteriormente publicada por Anagrama, que es considerada como su obra maestra: «El Ministerio del Dolor», editada por Impedimenta en una traducción revisada.

Tanja Lucic es profesora y huye de su país en guerra, para refugiarse en la universidad de Amsterdam en donde imparte la signatura de Lengua y Literatura Serbocroata, con un contrato provisional y realmente precario. Sus alumnos son, como ella, exiliados a causa de la guerra en su país, hallándose realmente descolocados, y sumidos en el dolor de la separación de su patria, de sus seres queridos, temiendo por la suerte que estos puedan correr. La profesora es consciente de que las notables dificultades en el aprendizaje de los alumnos son debidas a su situación, lo que hace que pasando del programa oficial, sus clases se conviertan en un ejercicio de anamnesis, que a modo de terapia intente recuperar cierta recomposición cultural ante la identidad nacional perdida, tanto de sus alumnos como de ella misma. La memoria es puesta en danza y la pluralidad de recuerdos de los diferentes alumnos y de la propia profesora, van a suponer situaciones divergentes y tensas, en especial con alguno de los alumnos, su favorito, que, en principio, destacada por su capacidad; las posturas acerca de la interpretación de lo que sucede y algunos posicionamientos enfrentados, ligados a los compromisos familiares, hace que las sesiones no se desarrollen mansamente, hasta el punto de que podría afirmarse que la memoria cuando más se remueve más duele, y huele.

Al paso de las páginas se hace patente el dolor del desarraigo, el dolor a la hora de explicar las causas de la guerra, los problemas que asoman sobre el balanceo entre la lengua materna y el neerlandés, el inglés, etc. Y las contradicciones a la hora de pronunciar un nosotros que deslinde lo propio, lo nuestro, con lo ajeno. Viven en Amsterdam, trabajan en la capital de Países Bajos, por cierto elaborando vestidos, de cuero y látex, para un establecimiento sadomasoquista, situado en La Haya, cuyo nombre da título a la novela, mas su centro de gravedad se halla en la Yugoslavia fenecida; su trabajo en negro les hace vacilar de continuo al señalar, entre risas cómplices, que trabajan en el ministerio. Los recuerdos y los sentimientos más profundos se anclan allá, y la tarea que les encomienda la profesora va a ser escribir un relato acerca de cómo han vivido la desintegración física y cultural del Estado. Las tensiones se hacen patentes entre unos y otros, y estas tensiones afectan de manera profunda a la propia profesora. Igor, Selim, Meliha, Johanneke, Ana y el resto de la clase no se dejan arrastrar por la yugonostalgia pero tampoco se sienten cómodos en la nueva pertenencia que les cae en suerte, o en desgracia, los yugogenes pesan….el dolor de pertenecer a un país que ya no existe, ausencia que se amplía a la falta de calor de la lengua materna que ha estallado en diferentes lenguas mutiladas al igual que lo ha hecho el propio país. Extrañan el lugar de acogida, al que consideran poco acogedor en la medida en que consideran a sus ciudadanos como aburridos e hipócritas.

El dolor campea por las historias, en un balanceo entre el olvido y el recuerdo, los sentimientos de culpa, afectando de manera brutal a alguno de ellos que pone fin a su existencia…y con un destacado humor negro Dubravka Ugresic nos pasea por diferentes escenarios de la ciudad en que trabaja: Barrio Rojo, la casa de Anna Frank, el museo Vermeer…no faltando las referencias a escritores que corrieron suertes similares como Milan Kundera, de una película basada en una de sus obras se habla, o Marina Tsvetaieva, y en ese cúmulo de recuerdos recuperados por los alumnos, de objetos y marcas, de golosinas, de los aniversarios de Tito, de los paisajes urbanos, con el peso del efecto desencadenante de tensiones ante algún juicio en Tribunal penal de La Haya que juzga crímenes de guerra, al que la profesora acude acompañada de un alumno retratando al acusado y mostrando su perplejidad ante la insignificancia de éste que, por cierto, no tenía ni cuernos ni rabo,…y el torbellino puesto en marcha por la profesora se va a convertir en una verdadera bomba de relojería que atraviesa el curso escolar, con los recuerdos, los desacuerdos, los lazos familiares…con el museo del dolor de cada cual.

—Iñaki Urdanibia