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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Empezar a amar la literatura japonesa

"De las letras niponas nos subyugó la delicadeza de su escritura, la profundidad de su pensamiento, la riqueza psicológica de sus personajes y su exotismo"

Mi generación empezó por el cine. Llegamos a la literatura por el deslumbramiento que en los años 50 nos produjeron las películas ‘Rashomón’ y ‘Los siete samuráis’, de Akira Kurosawa, y ‘Cuentos de la luna pálida’, de Kenji Muzoguchi. A partir de ahí nos fuimos a buscar las novelas en que se basaban las cintas, pero nos encontramos con un panorama desolador: teníamos las narraciones de Lafcadio Hearn en la colección Austral (‘Kwaidan’, que en 1964 también sería llevada a la pantalla grande por Masaki Kobayashi, y ahora recupera Satori en novela gráfica) y luego las traducciones (o mejor dicho, las retraducciones desde idiomas europeos) de contados autores como Yasunari Kawabata (en Plaza y Janés) y de Yukio Mishima (en Luis de Caralt). Para leer más, tuvimos que recurrir al francés y al inglés, que nos ayudó a completar la obra de los autores anteriores y a conocer a otros, como Junichiro Tanizaki, Natsume Soseki, Nagai Kafu o Ryonosuke Akutagawa, el creador de los dos cuentos que inspiraron ‘Rashomón’.

Si la literatura nos subyugó por la novedad de su lenguaje, la delicadeza de su escritura, la sosegada cadencia de su relato, la comunión con la naturaleza, la profundidad de su pensamiento o la riqueza psicológica de sus personajes (aparte inevitablemente de su exotismo), de ahí pasamos a la pintura (a Hokusai, a Hiroshige, a Utamaro), al manga y el anime (a Osamu Tezuka y a Katsuhiro Otamu, el creador de ‘Akira’, pero ya mucho más tarde, en la década de los 80) e incluso a la música clásica (a partir de Toru Takemitsu, difundido por el benemérito sello Naxos).

Y, mientras tanto, llegaron por fin las traducciones directas del japonés, con tantos profesionales y de tanta calidad que no nos atrevemos a mencionarlos en este texto tan breve para que una omisión involuntaria no se entienda como una injusticia. Y también las editoriales jóvenes (Asteroide, Impedimenta, Siruela, Atalanta, Acantilado, Contraseña, Alba, Sajalín, Eterna Cadencia), que sirvieron de estímulo a las clásicas (Anagrama, Alianza, Alfaguara, Seix Barral o Tusquets, empeñada en regalarnos la obra completa de Haruki Murakami), sin olvidar a las especialistas en obras clásicas, como Trotta, o en poesía, como Hiperión, con sus magníficas ediciones de haikus y otras obras (como la excepcional versión castellana de ‘Takuboku’, que suena como Lorca).

Hay que citar también las cada vez más frecuentes traducciones directas al catalán. Y, por último, hacer un espacio a esa empresa romántica que es la editorial gijonesa Satori, que se ha ganado su reconocimiento publicando solamente literatura japonesa traducida del japonés. En fin, Japón y su admirable cultura se han abierto camino en la cultura española a través del cine, del manga, del anime, de la música, de la fotografía, de la gastronomía, del viaje y, naturalmente, de la creación literaria que acabamos de evocar. Y aún quedan muchos tesoros por descubrir.

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