Se puede “acabar empatizando” con el monstruo de Frankenstein, pero hay otros personajes con los que no es posible. “Que los monstruos más terribles sean seres humanos es terrorífico”, dice el narrador y guionista Fernando Navarro (Granada, 1980) cuando se le pregunta por quién o qué es realmente el monstruo de su novela Crisálida, una de las apuestas de la temporada de Impedimenta, que ya le publicó en 2022 el libro de relatos «Malaventura». Allí también había niños, y había violencia, y había una presencia importante de la naturaleza… pero el ambiente era, sin duda, diferente. La pregunta no se hace porque no se pueda identificar pronto al ‘malvado’, sino porque un monstruo es también el dolor que nunca cesa y el trauma por la pérdida de todo lo conocido. Y lo es la culpa, que puede acecharte a cualquier hora. ¿Y un sistema que expulsa y olvida, que condena a toda una familia? “Ni es una novela de realismo social, yo defiendo la ficción, ni es pesimista porque yo no lo soy, pero sí es una novela sobre el abandono de las personas por el Estado. La clase es una cuestión inherente a los personajes, estos son los ‘desmallaícos’, los desheredados. Te dicen que es imposible que unos niños estén tan solos… y lo están”, describe.
Aquí los niños, la violencia, la naturaleza son casi una misma cosa: la cosa que se crea cuando el padre de las criaturas, que hoy sería etiquetado como survivalista, uno de esos que se echan al monte con cuatro latas para huir de una sociedad que (se convence) se dirige al colapso, los saca del sistema y los esconde en el bosque. Se inicia la lucha. “La mirada de Nada, la narradora, se ríe un poco del padre, se burla de lo que hace y al mismo tiempo se siente atraída. Es lo que tienen esos personajes de líderes de secta, que siempre me han interesado mucho, como los soldados narcisistas y megalómanos de Conrad; es en realidad la parodia de un caudillo, de esos grandes jefes narcisistas a través de los cuales puedes ver lo que le están haciendo a la gente y al mismo tiempo la reacción de la gente ante el abuso”.
En Crisálida, cada hijo reacciona a su manera. Los hay más grandes y más pequeños –son cinco–, con distintas conexiones hasta entonces con el mundo y la sociedad, con otras personas, y por tanto con diferentes herramientas. “Existe el niño que se identifica con el padre y esa violencia, el que lo cuestiona en silencio, hay otra que es más rebelde, esa es Nada, y hay otra niña que no sabe muy bien si prefiere identificarse con la madre”. El quinto no cuenta mucho, de tan pequeño. Y la vida a la intemperie lo va a sacar de la ecuación pronto.
Aunque Navarro defiende la literatura como literatura, sin mezclar el libro y el guion, tiene algunas ideas sobre cómo rodaría Crisálida. “Si lo filmara, cuando vemos a los cinco hermanos abrazados, unos encima de otros para darse calor, sería una secuencia de amor, cálida. Nada lo recuerda así. Algo salvaje y tierno. Es la melancolía de la pérdida en la propuesta salvaje”.
—Elena Sierra

