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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Novelista, poeta y ensayista, Mircea Cartarescu gasta una timidez seductora que compensa con una amabilidad a prueba de entrevistas. Eterno candidato al Premio Nobel, es el autor rumano más destacado de nuestros días, al punto que cuando publicó su descomunal Solenoide, los especialistas celebraron esta novela como «el mayor acontecimiento literario de los últimos veinticinco años». Cartarescu, que estos días lanza en España Los conocedores (Impedimenta), ha pasado unos días en España participando en diversos festivales literarios. En medio de unas jornadas rebosantes de descubrimientos, mientras bajaba de un avión y se preparaba para tomar otro rumbo a Italia, el escritor ha conversado con El Cultural.

Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) ha pasado de ser un autor de culto para iniciados en España a gozar de una enorme popularidad gracias a novelas como El ruletista, Nostalgia, Solenoide, Theodoros y la trilogía Cegador. Quizá por eso para él nuestro país es tan especial. «Sí, lo es como espacio cultural y como mundo cultural o, mejor dicho, como una mezcla inseparable entre ambos. He viajado mucho, geográfica y culturalmente entre sus portentos; he leído sus ciudades, sus gentes y sus paisajes y he recorrido con los pies sus libros, su pintura y su música, desde Salamanca a Quevedo y desde Velázquez a Córdoba. Es el lugar del mundo en el que más visibilidad tienen mis libros, en el que siento que más me quieren los lectores. Les estoy muy agradecido por ello y espero no decepcionarlos jamás», afirma.

Pregunta. Menciona a Quevedo, pero ¿y Cervantes? ¿No le ha influido El Quijote, una novela en la que ficción y realidad a menudo se confunden, como ocurre en muchas de sus propias novelas?
Respuesta. Yo también reescribo a Don Quijote con sus propias palabras, como el Pierre Menard de Borges, lo reescribo en cada página de ficción que creo. Porque siento que esa es su gran lección: la liberación de la imaginación. «Nuestra fe es locura para los demás», decía san Pablo, y Don Quijote es la encarnación más pura de la fe como locura divina. Es el motivo por el que es inmortal e irreductible.

P. Nos visita en vísperas de la concesión del Premio Nobel, y de nuevo figura como uno de los favoritos. ¿Le obsesiona ganar el premio?
R. Yo solo estoy obsesionado con mi escritura, una obsesión real, de toda una vida. De hecho, ni siquiera podría afirmar que estoy obsesionado con mi escritura, es mucho más y algo distinto. Una pluma no está obsesionada por su escritura. Es tan solo un instrumento en la mano de alguien que escribe a través de ella. Puesto que es una pluma, escribe. Para eso fue creada. Los premios literarios tienen sentido y no seré yo quien los desprecie. Son maravillosos siempre que vayan acompañados de respeto y admiración. En el caso del Nobel hay dos cuestiones distintas. La primera es ser considerado digno de él, lo cual ya es un honor. La segunda es recibirlo, lo cual es buena suerte. Me temo que, como en el caso de mi Ruletista, la fortuna no es mi especialidad.

P. Hace poco pasó tres meses en Nueva York, mientras daba clases en la Universidad de Columbia. ¿Qué queda de la ciudad que usted vio por primera vez en 1990, a los 34 años, cuando pudo abandonar Rumanía por primera vez?
R. Al igual que París o Venecia, Nueva York nunca cambia de verdad. Porque, más que una ciudad, es un mandala. Sin embargo, desde nuestro primer encuentro hace treinta y cinco años, para mí ha perdido poco a poco su brillo, tanto por culpa del tiempo transcurrido, de su erosión implacable, como por culpa, sobre todo, de las personas. La ciudad es la misma, la gente ya no es la misma. Odio, discordia, miedo, agresividad, esa es la nueva atmósfera de Nueva York, al igual que, por desgracia, de toda Norteamérica en nuestra época. La tierra prometida para todos nosotros, durante dos siglos, es ahora la tierra de la discordia.

P. ¿Y qué permanece en su Bucarest, y en las instituciones culturales rumanas, de la dictadura de Ceausescu?
R. Mucho y al mismo tiempo muy poco. Es como la Guerra Civil en España: una herida sin cerrar para unos, un olvido profundo para otros. El tiempo parece ser un medio cada vez más opaco, un espejo cada vez más deforme en el que cada uno ve solo lo que le conviene: unos ven los horrores de la dictadura, otros sienten nostalgia por una época en la que, como en Cuba, todos tenían trabajo (pero salarios míseros), los hospitales eran gratuitos (pero morías sin remisión), se construían viviendas (que se derrumbaban con el primer terremoto). Bucarest fue des­truida por el comunismo y ha sido des­truida a su vez por el capitalismo salvaje posterior. Hoy es una ciudad vitalista, lle­na de turistas ruidosos, una especie de Ibi­za que me repele cada vez más. De hecho, he escrito mucho sobre Bucarest no para celebrarlo, sino para inventarlo.

P. Impedimenta acaba de publicar Los conocedores. ¿Qué relación tienen los tres relatos del libro con otra de sus grandes obras, la trilogía Cegador?
R. Los conocedores no es un libro independiente, sino la quintaesencia de la trilogía Cegador, una es­pecie de tráiler que inclu­ye lo que yo considero la parte mejor escrita de cada volumen. Lo publiqué a instancias de mi editor ru­mano para hacer más fácil la lectura de la trilogía.

P. ¿Y funcionó?
R. Desde luego: después de su publicación, aumentaron considera­blemente las ventas de la trilogía, y también Los co­nocedores estuvo en el top de ventas. Tal y como he antologado yo los tres nú­cleos narrativos, creo que estos representan juntos (al igual que los tres quarks que forman un protón) lo mejor que he escrito nunca.

P. En los tres relatos de Los conocedores es constan­te la presencia de dualida­des que acaban fundién­dose: el bien y el mal, hombre y mujer, ángeles y demonios, vida y muerte: ¿es su propia manera de entender la vida y la literatura? ¿Ha en­contrado así, como usted mismo dijo hace tiempo «algo que necesitaba, que me dijera algo acerca de mí»?
R. Al igual que para muchas personas, toda mi vida ha sido una larga búsqueda de mí mismo. Esa búsqueda es la prue­ba de que ya me he encontrado. Porque nosotros no somos sino una continua bús­queda de nosotros mismos. No buscamos para encontrar. No llegamos a través de esta búsqueda a algo valioso y profundo. La propia búsqueda es esa gema del cen­tro del nuestra vida. Para mí, el hilo de Ariadna ha sido siempre la huella de la tin­ta en el papel (quizá por eso escribo a mano). Para otros es la huella del cincel en la piedra o del pincel en el lienzo, o de las sombras en la pantalla del cine. Para otros son las mañanas y las tardes de sus vidas, los abrazos de sus amantes y otros miles de consuelos preciosos. Pero cada uno de nosotros recorre su laberinto, guia­do por el hilo brillante de una pasión.

P. ¿Qué hay de sus propios sueños y certezas en el pequeño Vasili, en el hijo del conde polaco y en el niño del circo?
R. Cuanto más impersonal sea un texto, más lleno de personalidad estará. La vida verdadera, al igual que el sueño o la muerte verdaderos, no se manifies­tan en la autoficción ni en las novelas realistas, sociales, «de tesis», «de actualidad», sino en la «inactualidad» siempre actual de una verdadera obra artística. Es erróneo, creo yo, expresar/imitar/calcar· la realidad presentando «todo lo que se ve». Porque igualmente importante es también lo que no se ve. Los autores modernos utilizaron el monólogo inte­rior, que no se ve. Los surrealistas des­cubrieron la fuerza narrativa de los sueños, que tampoco se ven. La litera­tura fantástica y la poesía abren las puertas de cristal de otras realidades. Mis per­sonajes no son yo, son ellos mismos, como personajes que hablan, se mueven, hacen el amor o beben vino en los sueños. Sin embargo, al igual que esos personajes oníricos, son todos creaciones de mi mente. Un novela o un poema no son sino un mundo construido en el te­rritorio del sueño.

P. ¿También las mariposas que revo­lotean en los relatos de Los conocedores?
R. Son insectos específicos de la tri­logía Cegador. En Solenoide los sustitu­yen los ácaros y en Melancolía, los esca­rabajos voladores. Todos los insectos son poéticos porque son autómatas de colo­res, brillantes y venenosos. Cegadores un libro en forma de mariposa, lleno de ma­riposas. Las mariposas han sido siempre un poderoso símbolo natural. Todo lo que tiene simetría es una mariposa (los li­bros abiertos son mariposas), todo lo que experimenta una metamorfosis es una mariposa. La diosa del alma para los grie­gos, Psique, era representada como una joven con alas de mariposa.

P. El libro da una enorme importan­cia a lo onírico y lo fantástico. ¿Tiene dudas entre los límites de los sueños, de la literatura y de la realidad?
R. Ninguna duda. Tanto el sueño como la realidad son creaciones de nues­tra mente. Como decía Calderón, el mundo es sueño. Pero también el sueño es un mundo. Lo real y el sueño son las partes opuestas de una banda de Moe­bius. Sin embargo, ese objeto topológico tiene una sola cara. De tal manera que el sueño fluye continuamente en la reali­dad y la realidad en el sueño. Nunca pue­des decir dónde termina uno y empie­za la otra.

P. ¿Tenía claro desde el principio el desenlace del libro, la forma en que acaban encajando los tres relatos en su pro­pia historia, ficticia o no?
R. No, en absoluto. Las he compren­dido todas sobre la marcha. Mis novelas son de hecho poemas. Empiezo a escri­bir sin ningún plan, sin saber y sin querer saber adónde voy a llegar. El libro se es­cribe solo, como quiere él. Pero tengo fe en que finalmente la historia se com­pletará y adquirirá sentido. Si no tuviera la certeza absoluta de que la historia va a salir como quiero yo, jamás me pondría a escribir.

P. Uno de los aspectos más sorpren­dentes del libro es la importancia del sexo como desencadenante de todo. ¿Cree, como Henry Miller, que «es una de las nueve razones para la reencarnación … las otras ocho no son importantes»?
R. Le ruego que no mencione aquí a Henry Miller: se esfuma toda la ma­gia. Miller es el menos erótico de los escritores, en pugna tal vez con el Mar­qués de Sade. Nuestro órgano sexual, ya seamos hombres o mujeres, o cualquier cosa entre ambos polos, es la men­te, el cerebro, el sistema límbico. Para mí el erotismo es un motivo de asombro in­finito, es una maravilla como el globo de diente de león. Y, sí, creo que el dien­te de león es el principal motivo para re­encarnarse. La mecánica del acopla­miento es también extremadamente interesante, incluso poética, pero ella es la maquinaria de la reencarnación, no uno de sus motivos.

P. Volviendo a la actualidad, ¿entiende la actitud de Europa frente a Putin, su aparente falta de respuesta a sus provocaciones?
R. Europa es como Hamlet de Sha­kespeare: va aplazando durante cuatro años, con pretextos pueriles, la vengan­za de la muerte de su padre, pero en el úl­timo acto mata en el escenario a todas las almas. A Fortimbrás solo le queda re­coger los cadáveres. El espíritu europeo es meditabundo, lento, in­deciso, pero al final asoma y hace lo que hay que ha­cer. Europa es mucho más poderosa (en términos de población, economía, grado de civilización y cultura, fuerza militar) que Rusia. Ha ti­tubeado hasta ahora porque en Europa la vida de cada individuo cuenta. Y, na­turalmente, también por otros motivos: la comodidad del petróleo barato, por ejem­plo, la corrupción, la propaganda, etc. Pero yo creo que Rusia debería pensárselo muy bien antes de atacar a Europa y a la OTAN (pues ya no se sabe muy bien de qué parte están los Estados Unidos).

P. ¿Teme que resucite una Europa di­vidida, con países dominados por Rusia?
R. Rusia ha propagado el comunismo durante décadas, hoy en día propaga el fascismo. De hecho, entre los dos movi­mientos hay pocas diferencias. La dife­rencia principal se encuentra entre ellos y la democracia. Recientemente, el es­labón más frágil de la democracia, Mol­davia, ha resistido la guerra híbrida y ha votado claramente a favor de Europa.

P. ¿Confía en EE.UU. para acabar con la matanza de Gaza o la guerra en Ucrania?
R. Tal vez acaben la guerra en Gaza matando a todos sus ha- bitantes y transformándo­la en un gran centro de va caciones para superricos. Y tal vez pongan fin a la gue­rra en Ucrania obligando a los ucranianos a ceder todos los territorios ocupados por el ejército ruso. No me espero otra cosa del actual gobierno norteamericano.

P. ¿Sueña, como el héroe del último cuento, con ser literatura y que su vida sea «fijada en una inmovilidad inmortal»?
R. Por supuesto. En realidad, eso es lo que soy, eso es lo que somos todos; un re­lato. Una pizca de sentido en un infini- to caótico. ■

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