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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

El mejor del recreo

Todos los niños del colegio le poníamos pasión, pero ninguno podía imitarlo. Al mejor se le identificaba rápido: era uno solo y, en cuanto comenzábamos a jugar, el balón se le pegaba al pie como una calcomanía.

Era una escena recurrente en aquellos años marcianos de la infancia. Los dos capitanes en el centro de la cancha y el resto de niños apelotonados en una de las porterías esperando a escuchar nuestro nombre. Nunca sabías a quién iban a elegir el último: entre dos o tres nos rifábamos la humillación, y quizá ahí empezamos a entender que las desgracias unen más que los triunfos. Pero con el primero era diferente. Con el primero no había dudas. Jamás las hubo. Al mejor se le identificaba rápido: era uno solo y, en cuanto comenzábamos a jugar, el balón se le pegaba al pie como una calcomanía. No era necesario que fuera el más alto, ni el más rápido, ni el más guapo, ni el más cabrón. Tampoco el que llevara más tiempo practicando, ni el que mirase más partidos por la tele. Aquello, me refiero, no lo había escogido él, no lo había buscado, simplemente ocurría. Hay personas que nos pasamos la vida persiguiendo el talento y otras a las que el talento las embiste por la espalda como una ola gigante, hasta dejarlas empapadas. En La estrella y la memoria, la nueva novela de Eduardo Berti, editada por Impedimenta, se reconstruye la carrera de un jugador ficticio que, aseguran los que lo vieron, fue el mejor de todos los tiempos. Como el ‘Trinche’ Carlovich, Eliseo Alegre es una leyenda local, porque al tipo nunca le interesó lo suficiente el fútbol para dar el salto a los grandes estadios. Una de las mejores escenas del libro es cuando, de pequeño, se da cuenta que tiene un don. El chico nunca participa en los partidillos del recreo, es escuálido y debilucho, hasta que una mañana, en una clase de gimnasia, alguien le manda la pelota y… se enciende la luz. “Se miraba las piernas como si fueran de otro”, narra un testimonio de esa explosión prodigiosa. “Como si se hubiera desdoblado”. Alegre es el primer sorprendido. Los compañeros se llevan las manos a la cabeza. Ese día, todos se hacen adultos de golpe. Acaban de descubrir que es el azar el que mueve el mundo, repartiendo virtudes y defectos como un soldado que dispara al barullo con los ojos vendados.