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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La novela de Mark Frost es un tributo explícito al imaginario de Edgar Allan Poe donde la trama detectivesca encuentra su rédito en el evocador tenebrismo de lo gótico.

«Doyle disparó a quemarropa contra la cara del encapuchado. La cosa cayó de espaldas, resbaló por el tejado y desapareció de la vista». (pág. 87)

Que el creador de Twin Peaks escribiera una novela sobre detectives ambientada en entornos lóbregos y decadentistas no es un atrevimiento, aunque parezca lo contrario en un principio. La Editorial Impedimenta presenta una rara avis en la que la narrativa de Mark Frost sigue paso a paso la estética de Edgar Allan Poe. El hecho de ser fiel a ese ideario hace que La lista de los siete, además de calidad literaria, convierta la imitatio en un recurso narratológico para que la dinámica de la aventura inspire la estructura formal de la historia.

Frost obedece a Poe en todo. Pongamos algunos ejemplos: los personajes apenas duermen y no cesan de viajar en carruajes,  la noche y los espacios interiores son los contextos donde claustrofobia y caracterización psicológica son pura simbiosis, la fidelidad de los amigos y las visitas intempestivas contribuyen a hacer de la intriga un estímulo innegociable en cada capítulo. Podemos añadir que, al igual que en Poe, el homicidio, la mutilación y el emparedamiento son constantes fatales en el desarrollo secuencial de la trama. De hecho, desde el punto de vista formal, a suntuosidad y el ornamento de bailes y cenas no dejan de seguir el esquema descriptivo de cuentos tan rotundos como «La máscara de la muerte roja» o «La caída de la casa de Usher».

El carácter metaliterario de la novela llega hasta el punto de que el protagonista es un tal Conan Doyle y que el argumento de la novela se basa en tópicos como el recurso del manuscrito encontrado y en la ficcionalización de personajes históricos tan emblemáticos como Madame Blavatsky Bram Stoker. Lo que Frost pergeña es una red inextricable de conexiones donde esa vertiente coral de personajes se utiliza para reforzar el carácter intrépido y osado de Doyle, quien se ha convertido en el blanco de una secta satánica, la Hermandad Oscura. La lucha entre el bien y las fuerzas de mal que podemos advertir no solo en los relatos de Sherlock Holmes, sino también en las épicas de Tolkien se dan aquí bajo una perspectiva creativa que anula la distinción entre mundo real y mundo fantástico.

La contingencia a la que se enfrenta Doyle y su aliado Jack Sparks no diferencia si los enemigos son de carne y hueso o meramente espíritus, porque la exclusividad de un género como este radica en lograr que la verosimilitud sea estable a expensas de muertos que reviven, gárgolas que embisten o animales monstruosos que emergen de la oscuridad para bloquear una salida. El ambiente palaciego y el tenebrismo de callejuelas y alcantarillas devuelven a Londres a ese escenario inspirador que también atrapara a estetas del cómic como Alan Moore o Eddie Campbell en obras como From Hell, inspirada en los asesinatos de Jack el Destripador.

La ciudad inglesa es el submundo, el envés y el disfrazado engaño de una urbe que promete su civismo a una moral victoriana que hace aguas cuando el asesinato, el fanatismo y lo demoniaco se confabulan para dar paso a un nuevo horizonte de poder en el que ya no existe ni la redención ni el perdón.

Personalmente, destacaría los primeros capítulos en los que Frost, sin ralentizar la dinámica de las acciones, hace un estudio minucioso de todo lo que fue el mundo del ocultismo dentro de la sociedad inglesa a finales del siglo XIX; un fervor que conllevaba a la morbosidad más abyecta y a la disolución completa del sujeto para encontrar en realidades ajenas a lo empírico una manera de intelectualizar la muerte. Basta recordar que Newton malgastó casi la mitad de su vida en esta clase de nigromancias.

El realismo que Frost proyecta en estas secuencias no solo justifica la desacralización de una moral doblegada al dictamen de lo religioso, sino que también pone en evidencia la corrupción de una clase burguesa que había hecho del tedio una forma estúpida de destrucción colectiva mientras los movimientos obreros operaban ya en las calles y programaban sus huelgas. Creo que el mérito de Frost no es solo el trabajo metaliterario, sino también el hecho de que, siendo fiel al lirismo de autores como Horace Walpole o Gustav MeyrinkLa lista de los siete es sobre todo una novela de aventuras, un prodigio ecléctico donde lo contemporáneo se tiñe de decimonónico y donde el valor sagrado del libro como puerta que abre a otras realidades se convierte en objeto de culto y de maldición.

Los escritores se convierten en parias y detectives. Los espiritistas, sin embargo, en enemigos a los que la sed de poder y la vanidad convierten en ese demiurgo que el gnosticismo corrompe y del que solo podemos librarnos a través del conocimiento. Está claro que la influencia de Poe en la novela obliga a que Frost rinda un tributo a ese componente psicológico que desvirtualiza el mundo para convertirlo en una travesía hostil. Algo parecido a lo que sucede en Twin Peaks, cuando el asesinato de Laura Palmer es el eje de tiempo y memoria en una comunidad que no sabe si existen las afueras. La endogamia y el secretismo como síntomas de una enfermedad tan peligrosa como incurable, el dogmatismo como guía.