La presentaba la poeta y editora Elena Medel, junto a su intérprete, Elena Borrás, y desde el primer minuto la autora convirtió la conversación en una suerte de confesión pública sobre la literatura, la maternidad, la identidad y la memoria. En su tono pausado, casi hipnótico, se adivinaba la misma mezcla de crudeza y ternura que atraviesa sus libros. Tatiana Tîbuleac —que lleva catorce años viviendo en París y ha hecho del anonimato su refugio— habló de su país, de las heridas que no cicatrizan y de cómo la escritura, dice, le sirve «para decir lo que no podía decir en voz alta».
A veces, las autoras que escriben sobre la maternidad lo hacen desde la luz; Tatiana lo hace desde la sombra. En El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta), su debut convertido en fenómeno internacional, un adolescente furioso acompaña a su madre moribunda en un verano de reconciliación.
ESCRIBIR PARA DECIR LO QUE NO PODÍA DECIR EN VOZ ALTA
«Escribí ese libro para mi hijo y también para mi padre», contó. «Porque el concepto de maternidad me golpeó. Pensé que no sería capaz de sacarlo adelante, que no sería una buena madre. Y también lo escribí para pedir perdón a mi padre, para decirle cosas que no supe decirle en vida.»
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Lo pronunció sin dramatismo, con esa claridad de quien ha aprendido a mirar el dolor con naturalidad. Su literatura nace de ahí: de los silencios familiares, de las frases que nunca se dijeron y de la imposibilidad de ser perfectamente buena o perfectamente amada. Tîbuleac reconoce que, aunque creció en una familia convencional —»padre y madre juntos, sin divorcios»—, escribe siempre desde ese territorio movedizo que se abre entre el amor y la culpa.
En el público, un silencio atento. Ella sonríe apenas, agradecida. «A veces temo decepcionaros», confesó al principio, «porque creo que los lectores leen mis libros mejor de lo que yo los escribí». Quizá por eso habla despacio, como si cada idea tuviera que asentarse en el aire. La maternidad, la infancia, la familia: ejes que atraviesan su obra. «La vida adulta se construye alrededor de la familia», explicó. «Huimos de ella o tratamos de repetirla. Lo que nos faltó o lo que tuvimos de más cuando éramos niños se convierte en nuestro fardo de adultos.»
LAS HERIDAS QUE HEREDAMOS
En El jardín de vidrio (Impedimenta), su segunda novela, la infancia vuelve, pero desde un ángulo distinto. Ambientada en los últimos años de la Moldavia soviética, cuenta la historia de una niña adoptada por una anciana que la explota y la educa en una lengua que no le pertenece del todo. Una historia de aprendizaje marcada por la pobreza, la violencia y el idioma como frontera. «Cuando era pequeña —contó Tatiana— la violencia estaba en todas partes: en la familia, en la escuela, en la calle. Nos acostumbramos a ella. Pensábamos que los golpes eran parte de la educación, que nos harían más fuertes.» No lo dice con rencor, sino con la serenidad de quien sabe que la literatura es el único modo de exorcizar la memoria. «No me interesa inventar escenas crueles —aclara—, sino contar lo que realmente viví o vi. La dureza de mis libros viene del realismo, no de la provocación. Mis personajes son normales, y eso es lo que duele.»
Entre los pasajes más reveladores de la charla, habló del humor. «Me sorprendió que en España muchos lectores encontraran humor en mis libros», dijo riendo. «Yo los veía tristes, violentos, pero aquí alguien me dijo que ‘El verano’ también es un libro divertido. Tenía razón. Porque incluso en la oscuridad hay luz.» Esa dualidad atraviesa todo su universo: la certeza de que la felicidad y la tristeza caminan juntas. «En Moldavia —explicó— la gente no se sorprende cuando le suceden cosas malas. Aprendimos a no prolongar el duelo. La felicidad y la infelicidad son dos amigos que van por el mismo camino: a veces se separan, a veces se dan la mano.» Quizá por eso sus lectores españoles y latinoamericanos —dijo— la entienden tan bien: «Vivimos intensamente, con dolor y placer, como en una montaña rusa. Y eso nos une».
VIVIR ANÓNIMA PARA PODER ESCRIBIR
Desde hace catorce años vive en París. Le gusta el anonimato. «Allí nadie me reconoce y eso me ayuda a escribir», contó. Ya no ejerce el periodismo, su profesión de origen, y esa distancia de los titulares y las noticias diarias le permite escuchar lo que de verdad importa. «Cuando me fui de Moldavia, todo estaba claro. Pero al llegar a Francia, lejos de mi lengua y de mis colegas, empecé a preguntarme quién soy, cómo presentarme ante los demás, qué contaré a mis hijos cuando pregunten de dónde vengo.» En esa distancia, la identidad se convierte en pregunta constante. «En casa no te haces esas preguntas, pero cuando te vas, se vuelven inevitables».
El tema de la migración atraviesa toda su obra, aunque no siempre en primer plano. «Los migrantes no son iguales —dijo—. Algunos se van para buscar una vida mejor; otros porque no pueden expresarse en su país. Yo intento escribir sobre ellos con voces distintas, porque no hay una sola forma de emigrar.» Su próxima novela, que se publicará en español el año que viene seguramente bajo el título Cuando estés feliz, golpea primero (Impedimenta), vuelve sobre ese territorio: las relaciones entre padres e hijos, pero también el exilio y la identidad. «No me gustaría que se piense que solo escribo sobre familia», advirtió, «porque mis libros también hablan del amor, del perdón, del modo en que cada uno se relaciona con su propio dolor.»
Al hablar de la memoria, su voz se volvió más grave. «Hay escritores que crean hacia el futuro. Yo no puedo. Siempre escribo desde el pasado. Para mí, la memoria es una habitación donde se hace justicia.» En Moldavia, dijo, esa justicia es necesaria: «Nuestro pasado ha sido doloroso e injusto, pero casi no hablamos de él. La historia fue falsificada, y los jóvenes han perdido interés. Por eso el presente también sufre. Y la literatura, que podría ayudarnos a recordar, a veces calla demasiado.»
Casi al final del encuentro, Tatiana Tîbuleac contó una historia. Su abuela, dijo, rezaba cada noche en voz baja, aunque en la Moldavia soviética rezar era un acto prohibido. «Vivíamos en un país sin Dios, en el paraíso comunista —explicó—, y aun así ella rezaba. Siempre pedía lo mismo: una buena muerte.» Cuando era niña, le parecía extraño que alguien rezara por eso. Hoy lo entiende. «Mi abuela había enterrado hijos, había visto morir a amigos, había sufrido el exilio. No temía a la muerte, temía convertirse en una carga para los suyos. Eso lo comprendí más tarde: su oración no era por morir, sino por morir bien. A mi ahora me pasa un poco lo mismo.»
Esa frase resume su literatura entera: una búsqueda de belleza dentro de lo inevitable. En El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, la muerte une a una madre y a un hijo que no supieron amarse a tiempo. En El jardín de vidrio, la muerte acecha como sombra de un sistema que devora. Pero siempre hay una rendija de luz, un gesto de ternura. «Me alegra que digáis que hay luz en mis libros», dijo Tatiana al público madrileño. «Porque es cierto. Incluso en lo oscuro hay algo que nos reconcilia con la vida.«
Antes de terminar, le pregunté si la muerte, como decía, no era el final. Tatiana sonrió. «No lo creo. La muerte no es la finalidad. No hablo de religión, sino de esperanza. Me gusta pensar que hay algo que continúa: lo que dejamos en los demás.» Al salir del auditorio, pensé que quizá esa es también la razón de su éxito entre lectores tan distintos: escribe sobre lo que duele, pero lo hace para reconciliarnos con lo inevitable. Tatiana Tîbuleac no busca consuelo ni promesas; busca verdad. Y en esa verdad —tan limpia, tan humana— hay una belleza que perdura incluso después del final.

