Tenía Anna Starobinets cinco años cuando acusó a su padre de no ser un auténtico escritor. Razón no le faltaba: aquel hombre era tan solo un geofísico que acababa de publicar un libro sobre sismología. La niña cogió el ejemplar que encontró sobre la mesa del comedor y, al reparar en que, en vez de aventuras y dibujos, contenía datos y gráficos, llamó estafador a su autor. Después cogió papel y lápiz, se estiró en el suelo y anunció a voz en grito que ella sí que era una auténtica escritora y que ahora lo demostraría escribiendo un cuento sensacional. Y lo hizo, vaya si lo hizo: inventó una fábula sobre tres ranitas, una roja, otra azul y la tercera verde, que se negaban a compartir una almohada. El relato era ilegible —carecía de puntuación, no seguía las normas ni ortográficas ni gramaticales, algunas letras incluso habían sido garabateadas al revés—, pero la pequeña disfrutó tanto redactándolo que no dejó de escribir hasta que alcanzó los catorce años, es decir, hasta que llegó la adolescencia y sus distracciones. Así y todo, una década después, cuando aquella niña se hubo ya convertido no solo en mujer, sino también en madre, la literatura volvió a llamar a sus puertas. Sucedió una tarde, mientras contemplaba a su bebé. De pronto recordó que hubo un tiempo en que quiso ser escritora y, sin darle más vueltas, decidió retomar aquel sueño de juventud. Se puede decir, por tanto, que Anna Starobinets recibió dos llamadas, la primera a los cinco años y la segunda a los veinticuatro, y se puede también decir que el destino, digan lo que digan, es a menudo más tozudo que la más esquiva de sus víctimas.

