Con un ligero retraso de apenas cuatro décadas se acaba de publicar en castellano Moon Tiger, la novela de Penelope Lively premiada con el Booker de 1987 y considerada un clásico contemporáneo de la literatura inglesa. Desde su editorial, Impedimenta, comparan a Lively con Iris Murdoch y destacan, de entre las claves de su literatura, “el poder de la memoria, la relación del pasado con el presente y las diferencias entre los testimonios oficiales y los relatos personales”.
Claudia Hampton, la protagonista, es un personaje memorable, perfectamente perfilado, de esos que te acompañan mucho tiempo. Cuando la conocemos ya es una anciana ingresada en el hospital –el pronóstico no es bueno–, pero ha tenido una vida interesantísima y muy novelesca. Lo suficientemente lúcida para saber que se enfrenta a lo inevitable, ha empezado a hacer balance. Y se propone contarlo todo.
Como justificándose, se dice que va a escribir una historia del mundo (entre otras cosas, se ha dedicado a la divulgación histórica), pero no tarda en ceder a la nostalgia y lo que le acaba saliendo son unas memorias en las que repasa los episodios más determinantes de su vida, los que hicieron que mereciera la pena.
Las tensiones infantiles; la guerra; sus grandes amores; los viajes a Egipto (en diferentes etapas: “Si ya no podemos recuperar a las personas que fuimos, es lógico pensar que el escenario tampoco será el mismo”). Aprovecha también para sacar a la luz un puñado de secretos inconfesables, de modo que el recuento biográfico se transforma en un proceso de autoconocimiento.
Lo que no quita para que haya en estas falsas memorias algo de alarde y de impostura, de vanidad autosatisfecha. Al fin y al cabo, la narradora se ocupa de su tema favorito: ella misma.
Claudia siempre fue una mujer complicada. Adelantada a su época, brillante, culta, cosmopolita, pero también vanidosa, mezquina y narcisista. Una mujer, en fin, con fama de recalcitrante, a quien los demás, y eso incluye a su familia más directa, “toleraban de mala gana”. Capaz de decir cosas como: “Me parecía de lo más desafortunado que no existiera nadie en el mundo que estuviera a mi altura”. O: “Yo era una de las pocas mujeres en una profesión eminentemente masculina y, con mucho, la más guapa. También la más lista, la más astuta y la menos fácil de engañar”.

