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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Penelope Lively (El Cairo, 1933) forma parte del extenso grupo de escritoras británicas que inscribieron en la literatura la experiencia de las mujeres, al amparo de los cambios sociales y las nuevas tendencias críticas del siglo XX. Fue sin duda Virginia Woolf quien marcó el camino tanto de Lively como de Margaret Drabble, Rosamond Lehmann, Antonia Byatt, Antonia White, Iris Murdoch, Fay Weldon, Doris Lessing, Muriel Spark y Elizabeth Taylor; estoy ignorando a muchas más, pero se necesitaría una enciclopedia para recuperarlas. Estas autoras, si bien fueron conocidas en su tiempo, han tardado más que sus compañeros escritores en alcanzar la fama merecida o en ser traducidas a otras lenguas.

Lively es autora de una extensa obra literaria, así como de libros infantiles y guiones para radio y televisión. La fama le llegó a los 50 años con su séptima novela, Moon Tiger, que recibió el prestigioso Premio Booker en 1985 y la lanzó al ruedo internacional. En 1989 la reina Isabel II le concedió la Orden del Imperio Británico y Lively fue ya recibida en la Sociedad Real de Literatura.

Moon Tiger está narrada por Claudia, una anciana inteligente y autorreflexiva que, en su lecho de muerte, anuncia, ya en la primera línea, que está escribiendo “una historia universal”, pero no una historia universal al uso, cuajada de “hechos” y “consecuencias”, sino una historia que recoja la multiplicidad de voces que percibe cada cual. Por eso, ella misma será “una miríada de Claudias” y su historia universal será también una auto/biografía: escribirá su vida desde su percepción y su autoconocimiento vendrá marcado por los sucesos externos a ella.

Así, desde el primer momento, la novela nos introduce en una argumentación muy bien estructurada de lo esencial de la vida, la literatura y la historia. Vivir conscientemente y escribir esas experiencias crean un discurso que define de manera diferencial la historia de nuestro entorno, de nuestra nación y, por tanto, la historia universal, que se multiplica, se expande y se quiebra en el transcurso de ese proceso.

El propio título de la novela avala el método de Claudia: moon tiger es la espiral repelente de mosquitos que se consume lentamente al encenderla, y Lively utiliza este término para hacer referencia a que nuestras emociones y afectos, los deseos y los acontecimientos son transitorios y se consumen en sí mismos, al igual que el tiempo y la vida.

La ventaja de Claudia es que, al escribir, ella “tiene la última palabra. Es el privilegio del historiador”. Ella define a sus padres, a su hermano Gordon, a su hija Lisa y a todas las personas que significaron algo en su vida. Así, ya en las primeras páginas, la narradora establece que va a usar muchas voces en su historia, pero esas voces irán tamizadas por su particular percepción, lo que no las hace menos reales para quienes leemos, pero sí, quizá, para quienes manejan otro concepto de la historia con mayúscula.

Claudia cree que las personas somos propiedad pública, porque somos herederas de una tradición, de un pasado que nos define, pero somos también entes privados, que vamos a formar parte en un futuro de ese pasado, y, por tanto, nuestras vivencias y opiniones son relevantes. Confiesa que comprendió esto cuando, siendo niña aún, contrastó que lo que para una persona era doloroso para otra, cercana, era una satisfacción; luego, la historia ha de considerar ambos puntos de vista, así como las circunstancias, los cómos y los porqués.

Claudia no se amilana ante tal dificultad, tal imposibilidad de reducir la historia del mundo, y aun una autobiografía, a trescientos páginas. Al contrario, nos absorbe en un tejido de datos y opiniones que recorre la experiencia común británica de la primera parte del siglo XX y nos retrotrae también a sus conocimientos sobre las conquistas de Hernán Cortés. La narradora narra y expone, no pide perdón por lo que puedan haber sido errores en su vida, no elude críticas ni recuerdos y confía al poder de la memoria y del lenguaje su contribución a una historia universal que no puede ser la misma si se omite su experiencia y su visión.

“Si existe la palabra dragón, será porque en algún momento hubo dragones. Exactamente. El poder del lenguaje, que preserva lo efímero, da forma a los sueños y conserva las chispas de luz solar.”

Si bien la Claudia niña concebía el tiempo como “personal y semántico [la hora del té, la hora de la cena, la hora de irse, las horas muertas…]”, pronto entiende que el tiempo puede conservar e inmovilizar a las personas en una fotografía, como en el caso de su padre, eternamente joven, “asesinado por la historia” en la Primera Guerra Mundial. O a la Lisa bebé, “criatura fastidiosa y efímera […] irrecuperable hasta para la Lisa de hoy”. Ese es el tiempo complejo de la historia.

El desierto norteafricano, que Claudia vive como corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial, se convierte en la metáfora central de la novela. Claudia advierte la belleza de sus colores cambiantes, su inmensidad, el poder que ejerce sobre quienes lo cruzan porque puede subyugar, engañar y aniquilar cuando despliega sus armas naturales. Y, al final, la arena es capaz de engullir personas, sueños, armas y ambiciones; la arena “no conoce límites, ni fronteras, ni perímetros”. Pese a todo, Claudia no se rinde, sigue tecleando y “trata de plasmar en palabras lo que ve y lo que piensa”.

En su relato hay también cierto espacio para Dios, ya que, con frecuencia, vivir produce congoja y entonces Claudia no se basta por sí misma “y necesita que alguien le ayude”. Especialmente cuando la realidad se reduce al “lenguaje de la guerra. Ese lenguaje de locos que cae como un velo de fantasía, el lenguaje delirante de los generales y los políticos”, o cuando se hace patente que la vida es una concatenación de casualidades y sincronías.

Moon Tiger fue celebrada como una novela que enmarca los postulados posmodernistas del último tercio del siglo XX: un “gran teatro del mundo” en el que solo a través de un discurso abierto y poliédrico se puede llegar a concebir la verdad con minúscula que dirige nuestras vidas.