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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Suele decirse que escribir es meterse en problemas. Y bueno, según. Hasta hace poco Anna Starobinets se ganaba la vida ejerciendo un periodismo incisivo, crítico en la medida en que en su país eso es posible, y escribiendo ficción especulativa. Hoy está vetada. Para ella, como para otros muchos compatriotas, la literatura se ha convertido en una actividad peligrosa. Pero, además de incómoda, es una autora muy divulgada, que ha merecido reconocimientos importantes en el ámbito fantástico.

Su obra, apreciada por los puristas pero accesible también para profanos, oscila por diversos registros, del terror cósmico a la ciencia ficción dura. Y como en las mejores aproximaciones al género, Starobinets desliza contundentes diatribas de un modo más bien metafórico. Historias oscuras, a menudo distópicas, ambientadas en un futuro tecnológicamente sofisticado que le sirve para vehicular consideraciones de orden moral y hasta metafísico. Reflexiones que interpelan al lector a pesar de involucrar, yo qué sé, a robots superinteligentes que viajan en el tiempo.

Tras una colección de relatos –La glándula de Ícaro– y una descarnada crónica confesional a partir de una terrible experiencia –Tienes que mirar–, acaba de publicar en español El Vado de los Zorros (como las anteriores, en Impedimenta). Una vertiginosa ucronía que propone un desarrollo alternativo a la Segunda Guerra Mundial.

–¿Usted no vive en Rusia, verdad?
–Me fui en cuanto empezó la invasión de Ucrania. Antes de eso ya era una voz incómoda; ahora mi nombre aparece en varias listas negras, por lo que nadie va a contratarme. El nivel de censura es brutal. Creo que en Europa no sois del todo conscientes. Tengo muchos amigos represaliados no ya por escribir artículos contra el gobierno sino por mencionar en su obra a personajes LGTB.

–Stanislaw Lem decía haber encontrado en lo especulativo el medio perfecto para colar sus críticas porque los censores no concedían importancia a la literatura “de evasión”.
–Sí, pasaba en su época y, en realidad, también en la mía. Pero eso ha cambiado. Como te digo, sufrimos un escrutinio constante. Ni las editoriales ni las productoras van a arriesgarse a trabajar con gente que puede causarles problemas. Y a la censura real hay que añadir la autocensura.

–Pero sus libros se venden bien.
–Sí. Se siguen publicando, aunque ya hay voces que exigen mi cancelación por enemiga del Estado. En la industria audiovisual, directamente estoy vetada. Cuando la televisión adapta mis guiones, me omiten de los créditos… En mi país, cada vez es más frecuente que las películas y series aparezcan firmadas por un asterisco. Son anónimas. Si eres una figura molesta, puede que adapten tus textos, pero no te permiten firmarlos. Omiten tu nombre. No existes.

El Vado de los Zorros iba a ser una serie.
–La escribí a cuatro manos con mi difunto marido, hace más de una década. Planeamos veinte episodios, pero la productora pensó que iba a ser muy cara. Cuando pude recuperar los derechos, me decidí a transformar ese material en una novela, pero el trabajo de reescritura me ha llevado años, ha sido mucho más arduo de lo que esperaba. Son géneros distintos, que requieren acercamientos y herramientas diferentes. Me obsesioné con la documentación. Pasé mucho tiempo sumergida en material desclasificado de la KGB, en leyendas chinas de fantasmas, entrevistando a montones de expertos en diferentes campos… El grado de conocimiento que se necesita para hacer plausible una escena es mucho mayor en una novela que en una película.

–A pesar de su espíritu psicodélico, el libro tiene numerosos anclajes con un periodo histórico muy concreto.
–La peripecia del protagonista va a llevarlo a cruzar una frontera más bien simbólica que conduce a una especie de realidad paralela, como le ocurre a Alicia cuando atraviesa el espejo. A un lugar fuera del tiempo, que tiene algo de pesadilla, de laberinto, pero que sigue siendo perfectamente reconocible.

–¿Por qué decidió ambientarla en Manchuria?
–En 1945, con el mundo en permanente estado de excepción, Manchuria acogía una gran mezcla de nacionalidades, cada una con su tradición y su folclore. Allí se cruzaban japoneses, chinos, rusos de diferentes etnias y confesiones… Es lo que los historiadores llaman punto de bifurcación. Un escenario y un contexto histórico muy estimulantes, que me permitían incorporar elementos sobrenaturales sin que resultara demasiado insólito.

–El protagonista, Cronin, es un artista de circo al que han sometido a alguna clase de condicionamiento mental y que parece dotado de facultades extrasensoriales.
–Sí; aunque pueda parecer inverosímil, esa parte de la trama tiene una base histórica. Esos laboratorios secretos existieron, y allí se llevaron a cabo experimentos bastante crueles con humanos. No está claro con qué objetivo. Pero existieron. Narrativamente es irresistible, porque te permite fantasear partiendo de una base muy loca, pero real.

–En su aparatosa peripecia vemos a Cronin mezclarse con personajes, digamos, variopintos.
–Él mismo es un “sujeto experimental” que al comienzo de la historia cumple condena en un campo de trabajo, una mina de uranio en mitad de la nada. No sabemos cómo ha llegado allí, pero sus “creadores”, o mejor, los responsables de que él tenga esa clase de poderes, lo están buscando. Y sí, va a cruzarse con brujas, algún huli-dzin (aquí lo llamaríamos “cambiapieles”) y otros personajes de la mitología y el folclore oriental.

–Algunos sitúan su novela en el terreno del realismo mágico; comparan su Manchuria con Macondo. ¿Son referencias que maneje?
–Me resulta muy halagador porque me encanta García Márquez, especialmente Cien años de soledad, pero no, no lo considero un referente directo. Al menos como influencia consciente. Es verdad que ambas novelas siguen un esquema que las emparenta con los relatos mitológicos y están ambientadas en un escenario inquietante y medio maldito, un lugar que no es del todo de este mundo.