Nos tenía acostumbrados a la narrativa más breve.
He escrito algunas novelas no traducidas al castellano, pero sí, esta es la más larga, de hecho. Y ya he terminado otra, pero ahora volveré a escribir cuentos. Un relato corto lleva menos tiempo. O incluso menos esfuerzo. Pero es complicado en otro sentido. Cuando tienes muy poco espacio y necesitas condensar todo un mundo y muchas cosas en él, necesitas recurrir a trucos. En la novela, no, puedes contar cualquier cosa. Tienes espacio.
‘El vado de los zorros’ lo planteó inicialmente como un guion situado en Manchuria al final de la guerra civil rusa. Y pensando en la TV le recomendaron evitarlo, y pasar a 1945. ¿Cuando finalmente decidió convertir ese proyecto frustrado en novela, no consideró regresar al planteamiento temporal inicial?
Sí, lo cierto es que desde el principio planteé que esta historia se ambientara en Manchuria en la década de 1920. Fue el productor quien exigió el cambio de época porque afirmaba que los espectadores tendrían dificultades para identificarse con el Ejército Blanco o el Ejército Rojo, ya que ahora es más complicado determinar quién tenía razón. Así que trasladamos todo a los años 40, a 1945. Y luego, muchos años después, cuando empecé a escribir la novela, efectivamente tuve esa duda. Pero para entonces muchas cosas ya encajaban en ese mundo de posguerra, había tantos elementos valiosos que había utilizado que simplemente no pude hacerlo. Por ejemplo, la existencia de los laboratorios donde científicos japoneses practicaron crueles experimentos en Manchuria, que aparecen en la novela, y que no existirían si hubiese regresado a los años 20.
Este desplazamiento temporal permite también introducir el personaje del oficial de la NKVD, su prisionero que ha sido enviado al gulag tras haber perdido la memoria… ¿Encarnan esos personajes la represión, o el uso de la desmemoria por parte del poder totalitario?
Los personajes no representan algo de forma literal, no funciona así. Se trata de algo más grande que ellos, procesos históricos, y místicos, mucho más trascendentales, mucho más grandes y poderosos que una persona. Pero sí, la pérdida de la memoria forma parte de la historia, de la trama, pero es también, no solo, una metáfora, un símbolo. Es una persona a la que le han arrebatado la capacidad de asombro. Y eso es lo que suele ocurrir cuando vives bajo una dictadura. Tus sueños, tus metas, tus pasiones, tus fantasías, te son arrebatadas porque te conviertes en parte de un mecanismo. Y si eres un mecanismo, en realidad no necesitas memoria, solo ciertas habilidades. Pero mi intención no era crear un personaje esquemático que representara algo. Es mucho más complejo y profundo que eso.
En la novela se enfrentan dos formas de buscar la inmortalidad, la del oficial soviético y la del maestro taoísta. Suena más actual después de haberse conocido esa escena de Putin y Xi Jinping bromeando sobre ser inmortales. O con la obsesión por la longevidad de los grandes multimillonarios de Estados Unidos.
Creo que las personas mayores también buscan la inmortalidad. Simplemente, cuando se es un dictador como Putin, esto resulta más evidente, pues se tiene el poder suficiente para esforzarse por alcanzarla. Putin no fue quien inventó la investigación transhumanista, ni mucho menos el enfoque oriental de la inmortalidad. De hecho, en el libro se presentan dos enfoques: el oriental y el occidental. La concepción oriental de la inmortalidad, como la china, por ejemplo, que implica el Tao, supone que uno se desentiende de su propia vida. Esto implica que, en realidad, necesitas descuidar tu cuerpo para que tu personalidad interior viaje de un cuerpo a otro. Esa parte no es material. El cuerpo puede cambiar, pero tu mente, tu consciencia, tu alma, quizá tu espíritu, permanece para siempre o durante muchísimo tiempo. Ese es el enfoque oriental. El enfoque occidental se centra más en el cuerpo. Deberías tomar algo que te haga vivir más tiempo. Deberías hacer algo con tu cuerpo para prolongar tu vida o quizá alcanzar la inmortalidad. En la Edad Media lo buscaban los alquimistas, no los dictadores.
Siempre se trata de extender el poder sin límites, tampoco temporales.
Sí, con Putin tiene razón. Es curioso, cuando era periodista, hace muchísimo tiempo, 18 o 20 años, trabajaba en una revista. Corría el rumor de que el Gobierno había abierto un laboratorio donde intentaban investigar la inmortalidad y tenía que entrevistar a dos jóvenes científicos que trabajaban allí. Me confesaron que tenían órdenes de Putin para lograr la inmortalidad, porque él iba a vivir muchísimos años. Cuando les pregunté cómo de lejos habían llegado con la inmortalidad, me respondieron que habían obtenido muy buenos resultados. Pero con el moho...
En esa búsqueda aparecen los seres que protagonizan el título de la novela. Esas mujeres zorro.
Existen tanto en China como en Japón, y también en Corea del Norte. En los cuentos populares chinos se las llama huli jing, y en japonés kitsune, esas mujeres que se transforman en zorros y viceversa. Y también viven... quizá no para siempre, pero sí durante siglos, porque absorben la energía vital del hombre.
Elegir esa zona como escenario de su novela le daba la opción de usar los experimentos científicos japoneses. Pero muchas más cosas.
Bueno, en realidad, ofrece todo lo que quería. Era un cruce de muchas culturas. ¿Ha leído American Gods, de Neil Gaiman? En American Gods, mucha gente que llegó a Estados Unidos trajo consigo a sus dioses. Y así, todos esos dioses tuvieron la oportunidad de encontrarse. Pasaba algo parecido en Manchuria en 1945, porque estaban los chinos, todavía estaban los japoneses que habían invadido China, había soldados soviéticos que expulsaron a los japoneses, aún había algunos oficiales del Ejército Blanco que habían huido tras la revolución, había miembros de los Viejos Creyentes, una secta ortodoxa rusa. Y todos tenían su propia mitología. Podría ser como la mitología comunista soviética, pero era mitología al fin y al cabo. Si añades ciertas criaturas a este panorama, prácticamente pasarían desapercibidas. Para mí, como autora, ese tipo de entorno, ese trasfondo, es muy útil.
Esta vez no está de visita en Barcelona, sino que se ha instalado aquí.
Sí. Vivo en Sant Cugat desde septiembre.
Ya había dejado Rusia por Georgia. ¿Cómo de difíciles están las cosas ahora allí?
La situación, más que realmente difícil, es algo desesperanzadora. Desesperanzadora para gente como yo. No creo que Georgia ofrezca ningún futuro a los rusos que huyeron de Rusia porque, por un lado, la mayoría de la población no está muy contenta con la presencia de tantos rusos. Han tenido muy malas experiencias con Rusia en muchas ocasiones. Así que, por un lado, no somos muy bienvenidos. Por otro lado, el gobierno de Georgia ahora es muy prorruso, muy pro-Putin. Así que nunca se sabe cuánto pasará antes de que empiecen a devolver el favor y a extraditar a gente.
¿Cuando dejó Rusia, estaba ya bajo alguna amenaza directa, o simplemente el ambiente era irrespirable?
Me fui hace tres años, justo después de que empezara la guerra. Creo que empezó el 24 de febrero y yo me fui el 3 de marzo. Fue mi decisión en ese momento. Podría haberme quedado, pero eso significaría que tenía que guardar silencio sobre ese régimen. Que era autocrático y ahora es una dictadura. Podría haberme quedado, pero sin expresar libremente lo que quería decir ni escribir lo que quería escribir. Y algunos amigos míos lo hicieron, porque cada uno tiene su propia circunstancia. Padres, familia… Yo también tengo padres, pero otros no tienen la fuerza, o el dinero suficiente, para mudarse a otro país. Yo decidí irme porque no quería vivir con miedo. Algunos amigos míos, periodistas, un director de teatro, se quedaron e intentaron seguir denunciando la situación. Y ahora todos están en prisión.
¿Y cómo definiría el régimen ruso para quienes intentamos comprender algo que tiene elementos postsoviéticos, que tiene impulsos neozaristas…? ¿Qué es?
Sí, es una especie de película de zombis, como una URSS zombi. Pero una resurrección no es un nuevo comienzo. La URSS y su dictadura eran algo peligroso, aterrador. Pero había una pasión real, vital. Lo que el régimen que tenemos ahora es un muerto viviente, sin pasión, sin objetivos reales. No sienten, no saben lo que buscan. Durante mucho tiempo solo les importó el dinero. Vendiendo petróleo, gas, lo que fuera. Dinero, dinero y dinero. Algunos, en algún momento, tuvieron tanto que ya no necesitan más. Construyeron palacios por todas partes y tienen dinero para toda su vida, para las de todos sus descendientes y para todos sus amigos. Cuando llegas a este punto, empiezas a darle vueltas a ideas. Por eso es muy tóxico tener todo el poder en tus manos y durante muchos años. Te pones a tener grandes ideas. Pero esas ideas son del pasado. Resucitemos la Unión Soviética. Unamos todas las partes que se separaron. Hagamos que Rusia vuelva a ser grande. Pero no hay ideales reales en eso, como sucedía con el socialismo o el comunismo y sus líderes, adictos a esas ideas nuevas. Estos tíos están muertos. Son como los caminantes blancos que llegan del norte en Juego de Tronos.
Leí en una entrevista cómo usted recordaba la idea de las dos almas de Rusia, una occidental y otra asiática.
Y por supuesto es la asiática la que domina ahora. Tuvimos a Europa como modelo durante un periodo muy corto, apenas 10 años. Lo que teníamos en la Unión Soviética y lo que tenemos ahora es totalmente distinto. Es una especie de dictadura oriental, con un zar y mucha gente que le muestra todo tipo de gestos de humillación y respeto.
¿Cómo está percibiendo que vemos desde aquí la situación?
Por suerte, España no tiene ninguna conexión con el trauma postsoviético que sí tiene Georgia. La gente que vive aquí puede elegir no saber los detalles. Me he inscrito en los cursos de español de la Universitat de Barcelona y nos preguntan a una chica ucraniana y a mí sobre cosas de Rusia y Ucrania, como si fuesen lo mismo. Es un conflicto que se desarrolla bastante lejos de vosotros, pero que veis que afecta a vuestras vidas, como por ejemplo con el precio de la energía, pero sin entender la esencia del conflicto.
¿Por qué eligió Barcelona?
La verdad es que estuve enamorada de Barcelona durante muchos años. En realidad, es una historia un tanto romántica, porque cuando conocí a mi marido hace 22 años me invitó a un viaje a Barcelona. Me dijo que era su ciudad favorita, que le parecía la más bella y la mejor del mundo. Eso fue lo que me dijo. Fuimos juntos a Barcelona y me enamoré, en cierto modo, de ambos: del hombre que se convirtió en mi esposo y de la ciudad, porque realmente me parece maravillosa. Ha cambiado mucho desde entonces, pero aún recuerdo esa primera impresión. Durante muchos años, de vez en cuando, hablábamos de que quizá debíamos irnos de Rusia. Teníamos que hacerlo. Nada mejoraba. Todo empeoraba. Así que hablábamos de dónde mudarnos y, de vez en cuando, mencionábamos Barcelona, porque es la ciudad de nuestros sueños. Pero era la opción más complicada y, en muchos sentidos, la más cara.
Buena suerte con eso.
Sí. Al final mi esposo falleció, y entonces ya no tuve más opción que quedarme en Rusia. Pero cuando necesité irme a otro lugar, pensé: “Bueno, si cambio mi vida por completo, debería ir a la ciudad de mis sueños”.
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