Extractos sacados del programa de radio del 17 de noviembre de 2025
—Vamos a seguir contando historias. Esta tiene lugar el veintinueve de junio de mil novecientos ochenta y seis, final del Mundial de Fútbol en México. Ese día Argentina se convertía en campeona del mundo por segunda vez en su historia. Casualidades del destino, ese mismo día fallecía Eliseo Alegre, que nunca tuvo la fama de Maradona o de Valdano, pero que muchos consideraban el mejor futbolista de todos los tiempos. Un ejemplo de que a veces el talento está oculto hasta que alguien o algo consigue que salga a relucir.
—Ramón.
—Hola, buenas tardes, Esther. Y eso que de niño no le gustaba el fútbol a Eliseo Alegre y lo descubrió casi sin quererlo. O más bien el fútbol lo descubrió a él. Lo necesitaba su entrenador, su colegio, su pueblo. Con las voces de todos se construye su historia. La estrella y la memoria, libro del argentino Eduardo Berti, a través de testimonios de amigos, familiares, compañeros, conocidos, biógrafos. Todos parecen tener algo que decir de un éxito personal que cambia la vida de un pueblo en el interior de la Patagonia argentina.
—La estrella y la memoria. Eduardo Berti, ¿qué tal? Muy buenas noches.
—Hola, buenas noches. Gracias por invitarme.
—Muchísimas gracias a ti. Tenemos que decir que lo edita aquí en nuestro país Impedimenta.
—¿Por qué has querido escribir sobre fútbol a través de este antihéroe, este anti jugador que es Eliseo Alegre?
—Yo diría que fue más bien al revés. Yo quise escribir sobre el talento, la vocación, los dones, la posibilidad que una persona tiene o no tiene de elegir su destino a partir de ciertas habilidades que le tocan en suerte. Y lo hice a través del fútbol porque, bueno, soy argentino, sí, y creo que el fútbol ocupa un lugar enorme en la Argentina, más allá del fútbol famoso, del fútbol de los jugadores famosos. También ocupa un lugar en la vida cotidiana y que le toque un don así a un chico que no le gustaba jugar al fútbol, un chico que tenía problemas en la escuela, que venía de instalarse en ese pueblo viniendo de otra familia y que casi no lograba comunicar y no tener amigos me parecía un don interesante para una historia que transcurre en Argentina. Un dato que no me parece banal: si a él le hubiese tocado el mismo talento para otra cosa, no hubiese sido una cuestión de Estado. Pero justo le toca ser una especie de genio para un deporte que todos los amigos hubiesen querido tener y que a los amantes del fútbol les habría gustado poseer. Y a él le cayó misteriosamente.
—¿Qué significa el fútbol para ti, para tu grupo de amigos, para tu familia y para tu conversación del día a día? ¿Eres de los que se levanta en la madrugada europea para ver un partido, por ejemplo un River–Boca?
—A veces me ocurre, no siempre. El fútbol en Argentina atraviesa todo, absolutamente todo. El idioma argentino está teñido y atravesado por el fútbol. Tenemos cantidad de metáforas y expresiones que provienen del fútbol pero se usan para hablar de cualquier cosa. Lo fascinante es cómo jugadores como Maradona, que tenían un talento increíble con la pelota, también eran generadores de imágenes. Hay expresiones muy famosas inventadas por él que hoy mucha gente usa sin saber que son suyas. El fútbol es lengua franca en Argentina: permite milagros, conversaciones entre desconocidos e incluso evita asaltos porque alguien descubre que la persona que iba a asaltar es de su mismo club. Todo es posible en Argentina con el fútbol.
—¿Cuáles son los elementos sociales y aspiracionales del fútbol que te interesaban para contar esta historia?
—Una de las cosas que me interesaba es la posibilidad que el fútbol dio desde el comienzo del profesionalismo a países periféricos o pequeños de ocupar un lugar central. Uruguay metió su nombre en el mapa gracias al fútbol. En la novela hay algo de esto: un pueblo muy pequeño, Los Pozos, al que “le robaron el tren”, compitiendo con su pueblo rival. El consuelo que tiene Los Pozos gracias a Alegre es ganarle en el fútbol a ese pueblo.
—¿Se puede ser gris en tu día a día y absolutamente brillante con la pelota al mismo tiempo?
—Sí. Muchos músicos, deportistas o artistas muy tímidos se vuelven luminosos al expresarse con su herramienta. El caso de Alegre es muy potente: un héroe a disgusto. El libro trata de entender el origen de su talento pero sobre todo sus consecuencias. ¿Qué hace el pueblo con ese talento? ¿Qué hace él? ¿Por qué acepta ser el ídolo que los demás quieren que sea? ¿Lo hace porque le conviene, porque ayuda a su familia, porque no tiene otra vocación? Hay teorías e historias que ilustran esta tensión entre deseo y habilidad.
—¿Tenía resonancias para ti esta vinculación entre lo ético y lo estético, como el pequeño David que puede hacerse notar frente al gigante?
—Claro que sí. Hay un costado estético fascinante en el deporte. Los grandes deportistas son artistas. Maradona hace dos goles míticos en un partido clave, con toda la carga simbólica de Argentina–Inglaterra tras Malvinas. Tenía un talento que iba más allá de la habilidad deportiva. El fútbol tiene algo contranatura que fascina, es menos previsible que otros deportes, y esa dinámica de lo impensado lo vuelve cautivante. La injusticia, el azar, todo eso también atrae.
—¿Has pensado en tus jugadores ideales o jugadas ideales al construir la grandeza de Eliseo Alegre?
—Como Alegre no existió, podía elegir. Me permití hacer collage de jugadores admirables, mitologías del fútbol, leyendas urbanas. La comparación con Pelé se imponía por la época. Pero en la novela hay dos elementos curiosos: la gente del pueblo comparaba a Alegre con un Pelé al que casi no habían visto bien por la fragilidad de la televisión; y no ha sobrevivido ninguna imagen de Alegre. Entonces surge la pregunta: ¿hasta qué punto era tan bueno como dicen, o fue una alucinación colectiva?
—¿Crees que la radio deportiva ocupa hoy el mismo lugar? ¿A qué lugares te transporta la retransmisión?
—No ocupa el mismo lugar. Cuando yo era niño daban un solo partido por televisión, a veces incluso en diferido. Todos los partidos se jugaban en simultáneo y el único modo de seguirlos era la radio. Los domingos a la tarde se escuchaba un coro de relatores. Era fascinante. Ellos “nos hacían ver” los partidos. Si luego ese partido lo daban por televisión, era como comparar un libro con su película. No había nada más literario que un relator de fútbol. Incluso de niños jugábamos acompañados del “relato” que inventábamos. La palabra era fundamental; se inventaban expresiones, apodos, formas de sintetizar lo largo en segundos. Era fascinante.

