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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Un descenso a los infiernos

Maestro del retrato de los desvelos del alma, Soseki baja en esta novela a la mina de un corazón humano joven e inexperto y, por ello, conmovedor.

La producción literaria de Natsume Soseki (1867-1916) no se extiende más allá de una década, la que va de la publicación de la novela Yo, el gato en 1905 a la inconclusa Luz y oscuridad, que data de 1916. En ese corto periodo de tiempo, el escritor japonés, que aún hoy sigue siendo un referente literario indiscutible, fue capaz de armar una obra sorprendente caracterizada por su certero uso del lenguaje, su valentía crítica y su ambiguo sentido del humor. El retrato del autor impreso en los billetes de mil yenes es constante recuerdo del cariño que le profesa el pueblo japonés y de su relevancia como personaje público.

En El minero Soseki realiza un deliberado ejercicio de distanciamiento con el que ahonda en su posición como autor que huye de la corriente naturalista imperante en su época. El uso de la primera persona le permite la posibilidad de ofrecer al lector el papel de mero oyente de una historia extraordinaria, que por su propio carácter de monólogo puede ser interpretada desde la más absoluta veracidad o desde la impostura que supone el recuerdo reconstruido años después de que los hechos ocurrieran.

El brusco arranque de la narración nos coloca en mitad de un inquietante pinar. A partir de ahí, el soliloquio turbador del narrador-protagonista ejerce una especie de encantamiento, que en algunos pasajes alcanza la categoría de trance, sobre el lector. Soseki no da tregua. Nos enfrentamos a una novela de una pieza, sin fisuras, construida con imponente maestría.

Como nos advierte Michiyo Kawano en el postfacio del libro, la génesis de esta obra quedó recogida por el propio Soseki en el texto titulado El minero y la relación entre el naturalismo y la novela legendaria que escribió para la revista literaria Bunsho Sekai. En este artículo cuenta cómo un muchacho fue a su casa a ofrecerle esta historia a cambio de un poco de dinero y cómo él rehusó en principio contarla, aunque acabó finalmente usando este material para escribir y publicar por entregas El minero. El origen totalmente real de la historia queda, sin embargo, deliberadamente trastocado por voluntad del autor, que prefirió armar un personaje al que atribuyó rasgos ficticios.

El joven protagonista de la novela, un estudiante tokiota que huye de su casa abrumado por una serie de contrariedades sentimentales, se erige en estandarte del japonés moderno que Soseki tan bien conocía, atribulado bajo el peso de la tradición y sometido a los profundos cambios que se impusieron en el Japón de la era Meiji (1868-1912). Ante tamaño dilema, la única opción para el protagonista es la huida, una huida hacia delante, hacia la oscuridad y quizás la muerte, que acaba siendo una huida hacia abajo, hacia las profundidades de la tierra, pero también hacia las profundidades de la mente humana. La desolación, la indiferencia, la capacidad de resistir, la degradación y la redención son estaciones de un camino que parece de una única dirección, aunque tras el último recodo brille tenuemente un hilo de esperanza: la del hombre capaz de mantener su dignidad en mitad de la más inmunda desolación.

El origen de esta bajada literal a los infiernos es lo de menos, parece decirnos el autor. Los motivos quedan desdibujados, no importan demasiado, no son relevantes. Lo verdaderamente importante es la actitud del protagonista ante esos hechos, su apasionado desgarro sin matices. Lo acompañan en su excursión dantesca algunos monstruos de muy diversa calaña, desde el viejo reclutador de incautos trabajadores para una mina de cobre en la montaña, hasta el guía que lo acompaña por los asfixiantes túneles que bajan hasta las profundidades de la tierra. Toda una colección de hombres crueles que viven, o mueren poco a poco, como animales, sin apenas ver la luz del día, sin participar de otra realidad posible. Entre ellos brillan dos seres destinados a ejercer como ángeles custodios del adolescente herido de amor y de orgullo.

Aprovecha Soseki para realizar una fervorosa declaración de intenciones sobre su idea de la novela, o mejor sobre lo que no es la novela. En algunos pasajes el protagonista reflexiona sobre su historia y sobre la posibilidad de que ésta pueda ser convertida en una ficción y no lo ve posible. Demasiado real para parecer cierta…

Soseki pasa por ser un maestro en los desvelos del alma humana. Lo demostró en obras maestras como Kokoro, La puerta o Botchan. En esta novela, se empeña en bajar a la mina del corazón humano, un corazón, en este caso, joven e inexperto, incapaz de medias tintas y, por eso, profundamente conmovedor. La naturaleza se impone como soberbio correlato de esta terrible aventura que Soseki tiñe de ironía y delicado humor.

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