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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Hace no muchos años, alguien dictaminó que ya no quedaban malditos en la literatura (tampoco en las demás artes); a lo sumo quedaban algunos escritores poco reconocidos pero que no podían aspirar al alto grado que el malditismo otorgaba. He de reconocer que no entendí muy bien entonces la diferencia entre maldito y escritor poco reconocido, quizás, entre otras razones, porque maldito según la mayoría de la gente es Edgar A. Poe, autor que fue bien conocido y reconocido en vida y solo cayó en un breve periodo de negación y rechazo social tras su muerte, a causa, eso sí, del infame obituario que Rufus Griswold, su albacea literario, escribió.

Viene esto a cuento de Robert Plunket, autor que algunos podrían calificar de maldito y otros de olvidado, aunque también podríamos incluirlo entre aquellos cuya carrera literaria fracasó por razones ajenas a la literatura o, quién sabe, porque escribió una buena primera novela y la segunda, aunque buena, publicada nueve años después, no le permitió afianzarse en el mundillo literario. No sería el primer caso ni será el último.

Plunket saltó a la fama en 1983 con la publicación de Los papeles de Harding, pasó luego por un relativo anonimato, roto en 1992 con la publicación de Love Junkie, y terminó apagándose con los años hasta acabar viviendo en una caravana en Sarasota (Florida), dedicado al periodismo de sociedad, ese que lo mismo cubre un evento benéfico como una reunión del Ku Klux Klan, que por increíble que parezca no es una asociación ilegalizada.

Plunket comenzó a escribir en un momento en que el posmodernismo novelístico daba paso a lo que llamamos realismo sucio y en Estados Unidos se conoció con el nombre de minimalismo, un regreso a un realismo alejado del canónico (este tuvo su auge a finales del siglo XIX y continuó en las primeras décadas del XX, aunque, eso sí, mezclado con algunos de los recursos propios de la narrativa vanguardista de entonces).

Tras el agotamiento de la línea dura del posmodernismo (protagonizada por Thomas Pynchon, Don DeLillo, Donald Barthelme y algún otro más), los lectores, e imagino que los editores, decidieron que era hora de una literatura que no exigiera a nadie ser un atleta olímpico intelectual pero que tampoco renunciase a la calidad, en la línea con lo que había sido el realismo en Estados Unidos, del que podríamos decir que forma la columna vertebral de la literatura estadounidense (incluso en los casos de literatura fantástica).

Plunket inició un camino en el que quizás los frutos posmodernos no se veían con claridad, pero ahí estaban; por ejemplo, el gusto por utilizar obras canónicas del pasado para, dándoles una vuelta de tuerca, llevar el propósito o el argumento por otros derroteros. Esto, que algunos como Angela Carter hicieron con una clara intención moralizante, en Plunket es simplemente un componente lúdico.

Los papeles de Harding es un entretenimiento de principio a fin. La novela toma como referente irónico una de las obras centrales de uno de los novelistas mayores estadounidenses, Los papeles de Aspern de Henry James, publicadas por entregas en 1888 en The Atlantic Monthly. La historia original tiene a un narrador, del que nada sabemos, que busca las cartas que Lord Byron escribió a Teresa Guiccioli. Para ello entra en contacto con la condesa Gamba, casada con un sobrino de Guiccioli. En Los papeles de Harding, un historiador va en busca de las cartas que Warren Harding, presidente de los Estados Unidos entre 1921 y 1923, escribió a su amante. Según Plunket reveló en una entrevista (sin dar más explicaciones), Los papeles de Aspern le interesaron porque el narrador era homosexual. Hasta que no se dio cuenta de ello, la novela no tuvo sentido. Los papeles de Harding tienen un narrador que acumula un buen número de características inaceptables para los comisarios de la corrección cultural de hoy en día: es homófobo, gordófobo, se mueve por intereses egoístas y, además, es un esnob de la Costa Este que mira con condescendencia a los californianos. El choque cultural, en expresión de uso demasiado común, es inevitable. La distancia irónica del narrador, me permito sugerir como alternativa, logra que la novela desvele algunas de las cursilerías e hipocresías de la sociedad norteamericana.

Con estos presupuestos, Plunket escribe una novela hilarante en ocasiones, ácida, de lectura agradable. Toma la novelita de James como punto de partida para darle la vuelta. Logra así señalar algunas de las constantes en la vida social americana (el esnobismo de los habitantes de la Costa Este, por ejemplo) y traer al frente otros nuevos, principalmente el consumismo y la obsesión por la imagen. Señala uno de los caminos posibles después de que la literatura posmodernista llegase a estar exhausta y deja entrever cierta crítica al estamento literario estadounidense (no en vano la novela es una parodia; aquí habría que decir que la novela en demasiadas ocasiones recuerda a una película muy posterior, Polvo de estrellas [2014], de David Cronenberg).

Desconozco las intenciones de Plunket cuando publicó la novela. Ignoro si quería transitar el difícil camino entre la literatura seria y la comercial, si quería continuar una tradición literaria o simplemente escribir novelas para ganarse la vida. En este último caso fracasó; como escritor que buscaba un término medio entre la alta literatura y la comercial, sin embargo, logró una muy buena novela; sin duda, mucho mejor que tantas otras galardonadas con premios comerciales o literarios. Quizás Plunket solo sea un artesano o un amanuense, pero es de aquellos que dignifican el oficio.

—Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan, revista Turia, marzo 2026.