Graeme Macrae Burnet participó el mes pasado en el festival BCNegra.
Durante años el bueno de Graeme Macrae Burnet nos hizo creer que su nombre artístico no era más que una fachada, un seudónimo tras el que se escondía un impostor. Un simpático profesional del intrusismo, rebosante de carisma, que sembraba dudas acerca de su autoría en sus libros, insinuaba haber algo parecido a un ‘ghost writer’ y jugaba al despiste subvirtiendo los más elementales códigos narrativos. Su especialidad —confesaba abiertamente— era apropiarse de manuscritos ajenos.
Y bueno, parece que la realidad ha resultado ser mucho más prosaica. Al menos, la convicción del escocés ha disminuido notablemente. Ya apenas menciona, y cuando lo hace es con la boca pequeña, que no es él quien escribe las novelas que firma; que en realidad las encontró en el buzón de la editorial en la que trabajaba.
—Tras La desaparición de Adele Bedeau y El accidente en la A35, Macrae Burnet asume por fin la responsabilidad y nos presenta Un caso de matricidio (las tres en Impedimenta), anunciada como el primer capítulo de la serie protagonizada por el inspector Gorski. Se muestra tajante al respecto, lo que no ha impedido que sus seguidores, que somos legión, mantengamos la esperanza de un nuevo giro en este juego de espejos. Que aparezca, yo qué sé, otra vez el verdadero ‘padre de Gorski’.
—Parece sentirse cómodo ese viejo esquema del manuscrito encontrado.
—Es un juego que me divierte. Pero más que mi propia comodidad, lo que busco es aportar una capa adicional de significado, darle a la trama una mayor profundidad. En realidad, la idea es subvertirla. En la primera entrega de la serie me parecía estar escribiendo al dictado, como si una voz ajena me marcara el camino. Por eso me resultó natural inventarme a un escritor francés (Raymond Brunet) que, además, estuviera íntimamente implicado en la historia. Luego no me ha quedado más remedio que ser coherente con aquella decisión.
—Hay quien califica sus novelas de «meta misterio», otros hablan de «falso true crime».
—No me gustan esas etiquetas ni ninguna otra. En general, no creo que al escribir debamos prestar demasiada atención a las clasificaciones. La expresión «falso true crime» me persigue desde que un crítico de The Guardian se refirió así a mi primera novela, Proyecto sangriento. Y bueno, puede que fuera acertado en ese caso concreto, pero no creo que sirva para lo demás que he escrito. Sin embargo, aparece incluso en mi página de Wikipedia.
—Suelen compararlo con Georges Simenon. Y puede que Gorski se sitúe en un territorio a medio camino entre (bebedor, adicto al trabajo) y apenas vida personal…
—Simenon es un maestro del oficio, un novelista de primer orden. Así que no lo tomo como un cumplido, un verdadero honor.
—Otro clásico, su compatriota Conan Doyle, reflexiona en una de las Aventuras de Sherlock Holmes sobre la falsa imagen que los urbanitas tenemos del campo como un lugar bucólico y apacible.
—No me atrae especialmente la obra de Conan Doyle, pero estoy bastante de acuerdo con esa apreciación. Me parecen fascinantes las atmósferas claustrofóbicas, opresivas que, a menudo, caracterizan a los pueblos pequeños, donde nada escapa al escrutinio de sus vecinos. Pretendía recrear algo así, y he puesto mucho cuidado en la ambientación tratando de que Saint-Louis funcione como un personaje más.
—Aparte del escenario monótono y previsible, también su protagonista es un tipo anodino y más bien gris.
—No estoy de acuerdo con esa descripción. Es verdad que Gorski no es un tipo duro ni un prodigio de sagacidad sino un detective cercano, más de andar por casa. Alguien alejado de la imagen estereotipada —de alguna manera— que solemos asociar a los detectives de novela. Pero creo que son, precisamente, esos detalles los que le otorgan credibilidad, los que hacen que el lector conecte con él.
—Sus casos no suelen implicar asesinatos efectistas ni despliegues espectaculares. Es todo mucho más convencional y burocrático.
—Así es. Me interesa menos la resolución del crimen que el efecto que ese crimen tiene en los personajes. De hecho, a menudo me ocupo de asesinatos que no lo parecen, que pueden pasar por accidentes. Trato de relegar ese elemento criminal o delictivo a un segundo plano. Siempre me atrajo la posibilidad de escribir una novela negra «limpia», sin víctimas.
—Son particularidades como esas las que convierten sus novelas en thrillers poco convencionales.
—Supongo que sí. Trato de huir de la pirotecnia narrativa, de esas tramas que parecen fiarlo todo a un sorprendente giro de guion de última hora. Prefiero explorar el remordimiento o la culpa. Mi prioridad es centrarme en el estudio psicológico de los personajes. De hecho, considero que el verdadero misterio de la serie es el propio Gorski.
—Un caso de matricidio se anuncia como el final del personaje. ¿Existe alguna posibilidad de que acabe apareciendo otro manuscrito misterioso?
—Definitivamente no. El ciclo termina aquí.
—Miguel Artaza, Pérgola, marzo 2026

