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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Hay universos literarios que no se agotan, da igual cuántas veces vuelva el autor o autora sobre los mismos sitios y situaciones. Cada vuelta es la oportunidad de profundizar un poco más en esas coordenadas, que en el caso de la antillana Maryse Condé (fallecida hace un par de años) corresponden al entorno en el que ella se crió y del que salió siendo muy joven. Un lugar que es el reflejo perfecto de un colonialismo que aún no muere: todas esas personas de orígenes mezclados, de tonos de piel diferentes, que se clasifican y se aprecian o menosprecian en función de ese color de piel (cuánta sangre negra y cuánta blanca, en qué proporciones, y cómo en el imaginario popular eso hace que sean más o menos de fiar, más o menos capaces).

Hay otro punto muy interesante en la obra de Condé, y que en estos relatos de ‘Tierra quemada’ se convierte en trama de varios textos, y es el de la influencia del patriarcado y del machismo en la vida diaria de tantas mujeres. La violencia, el abuso, impregna las relaciones y se hace muy visible en las que tienen madres e hijas, las mujeres entre sí. El padre fugitivo (que a menudo es un abusador) tiene mejor fama que la madre que se mantiene presente; no hay en ella glamur ni fantasía, su vida es plana y triste, pero la de él tiene que ser fascinante. Cómo hemos construido nuestras historias, aquí y allí, para que esto sea posible es parte de lo que Condé desvela en sus narraciones.

— Elena Sierra, El Correo, 21 de marzo de 2026