¿Quién es en realidad el inspector Gorski? La intrigante saga de Macrae Burnet llega a su fin. Impedimenta publica Un caso de matricidio, la última investigación del curioso policía asentado en un pequeño pueblecito de Alsacia.
Georges Gorski es el jefe de policía de Saint-Louis, una localidad (no más de veinte mil habitantes) ubicada en la Alsacia francesa, a tiro de piedra de Estrasburgo que, a primera vista, podría parecer «un lugar soso y anodino». Sin embargo, en esa comunidad suceden desde misteriosos accidentes a desapariciones que Gorski deberá investigar. Casado (y posteriormente separado de una mujer con ínfulas de éxito), el investigador no confía en la intuición policial y está convencido de que toda conjetura debe estar férreamente refrendada por las pruebas. Este es el personaje principal de este trío de novelas en las que el escritor Graeme Macrae Burnet vuelve a jugar al despiste. Porque lo que aquí leemos, dice, es la supuesta creación de un atormentado escritor francés al que conoceremos a través de su obra.
Manfred Baumann fue una de las últimas personas que vio a Adèle Bedeau antes de que la joven desapareciera junto a un chico, a lomos de una moto. Desde entonces, nada se ha vuelto a saber sobre Adèle y es mucha la gente que teme que la joven haya sido asesinada. Trabajaba como camarera en un restaurante de Saint-Louis, una pequeña localidad fronteriza entre Francia y Suiza, muy cerquita de Estrasburgo. Manfred, el taciturno encargado de una sucursal bancaria de la villa, era uno de los parroquianos habituales de ese restaurante, pero su extraña forma de ser lo convertía en sospechoso para todos los que se cruzaban en su camino (compañeros de trabajo, los otros habituales del bar). No sospechoso de haber matado a nadie, sospechoso, en fin, por el tipo de vida que llevaba. «Eludía a las chicas por completo (…) pero ocupaban buena parte de sus pensamientos conscientes» (57). Vivía con sus abuelos. «Debido a que no socializaba con sus empleados ni hablaba sobre sí mismo, estaba al tanto de que su vida personal era objeto de conjeturas» (68). Le costaba establecer vínculos, aunque hubiera empezado a citarse con una nueva vecina de su bloque, a la que, sin embargo, observaba con cautela.
El caso es que, poco a poco, Baumann se sitúa en el punto de mira de Gorski, un inspector de policía que tampoco es que reciba el visto bueno de los que tiene alrededor. Su mujer, propietaria de una tienda de ropa en el pueblo, lo considera un pusilánime. Sus compañeros ven en él una suerte de trepa, después de que gran parte de su carrera la hiciera bajo el apoyo de Ribéry, un veterano detective que acudía a la tienda de préstamos y de segunda mano del padre de Gorski. Tal vez Gorski se hizo policía para «desafiar las expectativas de su padre [que quería que continuara el negocio familiar] y hacer valer cierto control sobre su propia vida» (294). Apasionado de Simenon, desestima las corazonadas, la pura intuición y confía en la sola veracidad de los hechos demostrables. «Creía a pies juntillas que el trabajo policial era una cuestión de rutina, de seguir los procedimientos, pero temía que su desprecio hacia la especulación no fuera más que una forma de defenderse de la sospecha de que era incapaz de adoptar un enfoque más intuitivo en su trabajo» (234).
Gorski interroga a Baumann, sabe que vio a Adèle antes de que desapareciera, pero curiosamente y por una razón inexplicable Baumann lo niega. ¿Tiene acaso algo que ocultar? ¿Por qué no quiere Baumann cruzarse en el camino de la policía? ¿Es por el caso de Adèle o porque oculta un secreto vinculado con otros sucesos ocurridos en el pueblo años atrás?
Graeme Macrae Burnet, a quien conocimos a través de Un plan sangriento, juega de nuevo con la ficción dentro de la ficción. Una nota final del libro dice que la novela que hemos leído hasta ese momento fue escrita hace años por un hombre con un tipo de vida muy similar al de sus personajes. Y así, La desaparición de Adèle Bedeau no es solo una novela negra, un libro de misterio, sino también una exploración psicológica (y un viaje al pasado) de unos personajes que soportan a diario el peso de las decisiones que tomaron años atrás. Para expresarlo, el autor recurre a flashbacks que nos cuentan la juventud del policía y del principal sospechoso. Esta exploración a lo que piensan ambos, en una vida de sospechas, temores y el miedo a ser descubierto, se sitúa así en el centro de un libro que habla sobre los secretos que arrastramos en nuestras vidas y las decisiones que tomamos para librarnos de ellos.
La segunda novela vuelve a estar situada en Saint-Louis, una localidad que ronda los veinte mil habitantes y que el narrador de la historia presenta como un pueblo triste y cerrado en sí mismo, donde los vecinos se miran unos a otros por encima del hombro. «En Saint-Louis, al igual que en cualquier otro núcleo urbano de provincias olvidado de la mano de Dios, los habitantes se sienten más cómodos con el fracaso. El éxito solo sirve para restregarle al ciudadano sus carencias y, por lo tanto, hay que guardarse de él como del diablo» (234). Por eso, cuando un destacado abogado muere en accidente de tráfico, muchas teorías y rumores comienzan a circular a su alrededor. El señor Barthelme conducía su Mercedes verde oscuro por la A-35, procedente de Estrasburgo, cuando se salió de la carretera. Murió en el acto. El inspector Gorski, jefe de la policía en Saint-Louis, piensa que tal vez ahí haya no solo un accidente de tráfico, sino algo más.
El hombre salía de casa todos los martes por la noche sin decir a su familia dónde iba. Hacía meses que no dormía en la misma habitación que su mujer. Su hijo descubre en su escritorio la nota con una dirección donde tal vez su padre se escapaba todas las semanas. Y, según avanzan las páginas, se descubre la muerte de una mujer que tal vez tenga algo de relación con ese abogado que acaba de fallecer. El libro se estructura en torno a un doble carril. Por un lado está la investigación oficial de Gorski, que le lleva a ponerse en contacto con la policía de Estrasburgo en un momento, además, que no es especialmente tranquilo en lo personal: Gorski se está separando de su mujer. Por otro lado están las pesquisas de Raymond, el hijo del abogado, quien mantenía una complicada relación con su padre. «Raymond había aprendido a esperar poco o nada de su padre. Si dejó de intentar agradarle fue para protegerse de la decepción que se llevaba cada vez que buscaba su aprobación y él no se la daba» (218).
Intentar averiguar dónde iba su padre cada martes por la noche, qué hacía lejos de casa y con quién se veía le servirá a Raymond no solo para descubrir los secretos de su padre, sino también para descubrir que tal vez tenían en común más de lo que parecía a primera vista (288). Esta segunda entrega en los casos del inspector Gorski ahonda en lo que ya vimos en la novela anterior, La desaparición de Adèle Bedeau: una investigación que podría derivar hacia lo criminal sirve además para hurgar en la personalidad del policía, de la víctima y de los que están a su alrededor. Un hecho puntual (un accidente, una desaparición) destapa una red subterránea de odios, rencores o amores inesperados en medio de una familia o una sociedad que parecía una bolsa de agua.
Y además, y aquí está el giro más original, Graeme Macrae Burnet coloca la novela en el centro de un divertidísimo juego metaliterario que se enriquece con las notas finales. La novela de Gorski es un manuscrito de Raymond Brunet, un escritor que se suicidó y que, en su vida real, vivió una situación parecida a la de sus personajes. Esa relación del escritor con su obra ofrece nuevas claves de lectura para una novela donde la psicología de los personajes es mucho más interesante que la sencilla trama que dispara la acción. — Víctor Vela, El Norte de Castilla, 21 de febrero de 2026

