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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Con Un caso de matricidio cierra Graeme Macrae Burnet por todo lo alto su trilogía del inspector Gorski, ese Maigret de provincias con problemas de carácter. Aunque también podríamos hablar de serie de novelas de Raymond Brunet, porque el autor escocés sigue asumiendo el papel de simple traductor de las obras del francés. Esta última, como la anterior, se presenta como póstuma, habiendo dejado estipulado su autor que la publicación de ambas debía esperar al fallecimiento de su madre por, según Burnet, algunas revelaciones que contienen.

A ese insinuante planteamiento que encontramos en el prólogo sigue una estupenda novela negra en la que, tras un barrido inicial muy cinematográfico, vamos a reencontrar algunos personajes de las novelas anteriores, los mismos bares y restaurantes con sus respectivos propietarios y clientes, la misma pequeña ciudad fronteriza, un paisaje y unos protagonistas familiares para los lectores de los otros textos, pero de los que este aporta información suficiente como para permitir una lectura independiente.

Los problemas para socializar del inspector aparecen aquí más agudizados, entorpeciendo sus tímidos acercamientos a la florista que regenta el local bajo su casa. Ese apocamiento se alimenta, además, de la insolencia de algún subordinado y de las consecuencias de su separación de la hija del alcalde, privándole de la seguridad y autoestima necesarias para alejarse de las barras de los bares o abandonar definitivamente la ciudad. Tampoco ayudan los intrascendentes casos que se le presentan: el de un extraño cliente del que sospecha el chismoso director del hotel en el que aquel se hospeda, o el de la anciana que asegura que su hijo escritor quiere asesinarla. Este personaje resulta ser un nuevo alter ego de Brunet, siempre dispuesto a formar parte del elenco de sus novelas.

También es más certera y ácida la crítica social, el retrato de las actitudes machistas, xenófobas y siempre clasistas de una pequeña burguesía temerosa del pobre y aferrada a sus privilegios, mínimos en comparación con los de la verdadera clase dirigente a la que venera. Una clase encabezada aquí por el alcalde y exyerno de Gorski cuyo control sobre los asuntos ciudadanos excede claramente sus competencias. Él será uno de los primeros en personarse en la oficina del empresario, dueño de una polémica cementera, que aparece muerto sin signos de violencia, y el primero en recibir el informe forense.

A partir de aquí la acción investigadora del inspector, apoyada por el extremo rigor de su joven ayudante y distorsionada por la presencia del sospechoso huésped, se acompaña de los recuerdos de su desigual matrimonio y de un discurso interior que da forma al creciente desasosiego ante una vida sin futuro ni gratificaciones.

Si el homenaje a las novelas de Simenon es evidente en toda la serie, aquí se hace patente también el ascendiente de Patricia Highsmith, especialmente en el angustioso intento de eliminar pruebas por parte de un criminal que puede llegar a ser tan concienzudo como Tom Ripley.

Burnet cierra el texto con un epílogo en el que hace recuento de los distintos avatares con que se presenta el apócrifo autor, incapaces los tres de hacer frente a un destino que sienten ineludible. Lo redondea con el relato de su visita a Saint-Louis donde, convertido él también en personaje, recorre los escenarios en los que se movieron los de la propia novela, añadiendo una nota de intriga final.

 Un caso de matricidio es, pues, otra original crónica negra del que ya dejó clara sus habilidades cuando nos sorprendió con aquel thriller social que era Un plan sangriento, y también otra demostración magistral de cómo agitar unas estructuras de género sólidamente establecidas para crear algo nuevo y deslumbrante.

— Rafael Martín, El placer de la lectura – 13 de marzo de 2026