El inspector Gorski, jefe de la policía de Saint-Louis, protagoniza la trilogía que el escocés Graeme Macrae Burnet (Kilmarnock, 1967) acaba de culminar con Un caso de matricidio (Impedimenta), que presentó en el festival BCNegra. En ella seguimos al policía mientras se desarrollan varios casos a su alrededor, entre los que destacan la aparición de un misterioso viajante yugoslavo o la denuncia de una anciana de que su hijo la quiere matar.
Saint-Louis es un mundo pequeño, en la frontera francosuiza, donde todo el mundo se conoce: “En algunos pasajes imaginé un dron sobrevolando la ciudad, viendo a la chica tras el mostrador, ¿en qué estará pensando? Gente con sus hijos, que se preguntan si vivirán una aventura… Además, quería que los tres libros dialogaran entre sí, y por eso los personajes reaparecen en cada libro, para dar la sensación de que no hay escapatoria de la vigilancia de los demás”.
¿Por qué llevar sus historias a este pueblo francés? “Visité Saint-Louis por casualidad en el año 2000 y me pareció realmente aburrido. Pero fuimos a la típica brasserie francesa provinciana y me fascinaron las narrativas entre esos personajes que van allí todos los días. Escribí una descripción del lugar y su gente que se me quedó diez años en la cabeza, y de ahí salieron algunos personajes. Muchos escritores podrían pasar por Saint-Louis y no darse cuenta, pero para mí lo interesante de un lugar así es que es completamente normal y ahí está el drama de la vida cotidiana, no grandes acontecimientos dramáticos y épicos como un accidente de tren o un asesino en serie”.
Como en los anteriores libros, juega con la idea de autoría, pues el escritor se presenta en la ficción como si fuera el traductor de las novelas de un tal Raymond Brunet: “No me gusta que los libros se interpreten según el autor, aunque obviamente soy yo, pero así se crea una distancia entre mí y el texto. A medida que continuaba con los otros dos libros escribí una breve biografía de Brunet que cuenta, por ejemplo, que su padre murió en un accidente de coche y lo ficcionó en su segunda novela”. Aquí riza el rizo: “En el último libro sale un escritor llamado Robert Duymann que está escribiendo una obra con el mismo título y tema de la novela, casi como si Brunet hiciera autoficción. Al final, en esta serie escribo como Brunet en lugar de como yo mismo, como si fuera una muñeca rusa o una mise en abyme, y espero que añada otra capa de significado”.
“En un pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce no hay escapatoria de la vigilancia de los demás”, dice el escritor.
Él mismo asegura que su estilo propio y el que usa para Brunet son distintos: “Me gusta su estilo, pero es muy grosero con Saint-Louis, porque está atrapado, mientras que yo, como forastero, no tengo opiniones fuertes al respecto. Mi ambición es escribirlo en el estilo que escribiría su narrador y, de algún modo, estos libros están escritos al estilo de la novela negra europea del siglo XX, de Simenon, Friedrich Dürrenmatt o Nicolas Freeling, autores que me gustan mucho, con un estilo bastante económico y sin metáforas elaboradas”. Eso no significa, sin embargo, que se limite a seguir convenciones de género: “Durante toda la trilogía sabía que estaba escribiendo novela policíaca, pero aunque Gorski lleva una investigación, lo importante no es el crimen e intento no preocuparme demasiado por el género. Puedo escribir una descripción de tres páginas de una cafetería o crear ambiente y atmósfera, aunque si eres un lector empedernido de novela negra, quizá te resulte un poco lento. He escrito novelas policíacas y otras que no lo son, y en mi cabeza no hago ninguna distinción. Además, mi tradición policíaca es más la francesa, vinculada al movimiento existencialista, a quienes les encantaba la novela negra americana. Aun así, en mis libros también hay referencias a Émile Zola, que era lo contrario al existencialismo, pues creía en el determinismo. Creo que dentro del género no hay límites, se puede hacer cualquier cosa”.
— Francesc Bombí Vilaseca, La Vanguardia, 11 de febrero de 2026

