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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

  • Impedimenta publica ‘Un caso de matricidio’, nueva novela negra del escritor escocés que se mueve entre el costumbrismo y la psicología, con ecos existencialistas y un suspense deudor de Simenon y Highsmith

El escocés Graeme Macrae Burnet (Kilmarnock, 1967), una de las voces más interesantes del actual panorama de novela negra por la hipnótica mezcla de costumbrismo y psicología que introduce en sus relatos, regresa a las librerías españolas para completar la trilogía protagonizada por el inspector Georges Gorski, ese jefe de policía de la pequeña y anodina localidad francesa de Saint-Louis en el que resuenan muchos ecos del Maigret de Simenon. A La desaparición de Adèle Bedeau y El accidente en la A35 se suma ahora, de nuevo publicada por la editorial Impedimenta, Un caso de matricidio, donde acompañaremos de nuevo por las calles, casas, comercios, restaurantes y bares de esta provinciana y algo monótona villa de la frontera de Alsacia con Suiza a un Gorski convertido ya —a diferencia de los libros anteriores, donde la trama fluía a través de los ojos de varios personajes— en el protagonista absoluto del relato.

Cabe destacar que Macrae disfruta planteando al lector ciertos juegos metaliterarios que introducen en sus relatos una fascinante ambigüedad entre realidad y ficción (algo que también acreditan sus otros libros, Un plan sangriento y Caso clínico). En el caso de la trilogía de Gorski que nos ocupa, el escritor escocés ha venido planteando en unos estimulantes prólogos y epílogos que estas novelas, en realidad, serían obra de otro autor —un tal Raymond Brunet, que se suicidó en 1992 tras publicar solo la primera de ellas— y que él solo actúa de traductor en su edición póstuma.

Pero más allá de este original planteamiento, Un caso de matricidio vuelve a demostrar el talento del autor para recrear de forma magnífica la vida de una ciudad donde, bajo un halo de aburrimiento y apacibilidad, sus vecinos esconden también secretos, angustias vitales y decepciones: la vida misma. A Macrae, como él mismo reconoce, le interesa mucho más lo que sucede en la mente de los personajes que el componente de intriga en sí, que solo actúa como telón donde se despliega el verdadero drama: el de la existencia cotidiana.

Gorski, por ejemplo, es un jefe de policía cumplidor y honesto, pero absolutamente estancado y, a ojos del observador externo, alguien bastante gris. Un completo antihéroe que se ve envuelto a diario, debido a sus limitaciones a la hora de entablar relaciones sociales, en circunstancias que rozan el patetismo. Bebe más de la cuenta, y aún más desde que su esposa Céline —hija además del alcalde del pueblo— le ha dejado. A su hija preuniversitaria, Clémence, apenas la ve una vez a la semana. A lo largo del libro, acompañamos al inspector por las calles y rincones de Saint-Louis, por sus bares y restaurantes, sus tiendas y la comisaría, siendo partícipes en todo momento de sus reflexiones sobre su vida y su anodino destino.

«Lo que se me hace atractivo de una vida en un pueblo como Saint-Louis, que es un pueblo real, es lo ordinario. Me atrae el hecho de que el drama sucede dentro de la vida diaria, en interacciones que todos podemos tener en cualquier momento de nuestra vida. Es un poco encontrar el drama en lo no dramático», señalaba el autor en una entrevista.

Con un fino y retorcido humor negro, Macrae riega la trilogía de Gorski con aires existencialistas, con ecos de Sartre, un gusto por la descripción que remite a Zola, retratos de personajes en la tradición de Balzac y unos dilemas morales que recuerdan a los grandes de la literatura rusa. Podríamos añadir, además, ciertos elementos que entroncan con el suspense de Patricia Highsmith.

La trama del nuevo libro enlaza diferentes investigaciones de Gorski: por un lado, la denuncia de una anciana que asegura que su hijo planea asesinarla; en segundo lugar, la muerte de un empresario local por causas aparentemente naturales, pero en la que el inspector observa indicios sospechosos; y, en tercer término, la presencia de un forastero en el pueblo que despierta sus recelos. Todo ello mientras Gorski cuida de su madre, con la que se ha mudado a vivir a la casa de su infancia.

Muchos de los personajes que aparecen en Un caso de matricidio ya resultan familiares de los libros anteriores, porque a Macrae le gusta recurrir a ellos, aunque algunos aparezcan de forma fugaz, simplemente para reforzar la sensación de ese pequeño universo cerrado —y a menudo asfixiante— que constituye Saint-Louis. De hecho, para aliviar la tensión de permanecer dentro de los pensamientos del inspector, el autor introduce en varias ocasiones interludios en los que, como un narrador omnisciente, describe lo que están haciendo en ese momento otros habitantes del pueblo.

En este tercer libro de la serie destaca especialmente la figura de Madame Beck, la florista que trabaja en la tienda del portal donde vive Gorski con su madre. La insinuación de un posible romance supone el único punto cálido en la vida del inspector en plena cuesta abajo vital. El desenlace final del libro —tremendo— hace pensar, por diversas razones (incluido el propio juego metaliterario), que este será el último caso del singular policía, al que sin duda se echará de menos.

— José Vicente Rodríguez, La Opinión de Málaga, 5 de abril de 2026