- La narrativa de Gueorgui Gospodínov funciona a pleno rendimiento en esta novela, cuyo protagonista puede acceder a los recuerdos ajenos.
Publicada en Bulgaria en 2011, Física de la tristeza es la novela que consagró a Gueorgui Gospodínov en su país. Los lectores que lleguen a esta reedición de Impedimenta tras el éxito de El jardinero y la muerte van a encontrarse con la narrativa del autor funcionando a pleno rendimiento, lo que implica que lo hace también sin red de seguridad.
Un personaje que funciona como alter ego de Gospodínov y nace con una «habilidad o enfermedad» que le permite acceder a los recuerdos ajenos protagoniza el libro. Estas crisis de «sumersión» le empujan al interior de sus mayores, permitiéndole acceder a la verdad de la historia familiar, en ocasiones de un modo abrumador. Sucede, por ejemplo, cuando, siendo un niño, accede en primera persona a la experiencia de su abuelo, que se trata una úlcera comiendo babosas vivas, y también a la experiencia de una de las babosas, que termina avanzando por «el orificio de entrada de una cueva roja, cálida y húmeda», que en principio no le parece mal, aunque todo aquello le da —a la babosa— «un poco de repelús».
La novela no se centra, sin embargo, en el extraño don de su protagonista. Lo que hace es adoptar su lógica, transformándose en una especie de laberinto —el mito del minotauro es una presencia constante en el texto— en el que el tiempo adquiere una consistencia relativa, el pasado invade el presente y los materiales de las vidas propias y ajenas se acumulan sin orden aparente. Física de la tristeza aspira de ese modo a ser una especie de archivo universal, o un enorme espejo roto en el que los fragmentos ofrecen información sobre una imagen general, pero también destellos particulares.
Esos fragmentos reflejan historias familiares —hay un cuento magnífico sobre la experiencia del abuelo del autor en la guerra—, estampas de la Bulgaria comunista de los setenta y ochenta, irrupciones de Gaustín —el irónico viajero en el tiempo que recorre la obra del búlgaro—, entradas de diario, noticias, listas, historias breves y un «catálogo de epifanías». El conjunto funciona como un mecanismo extraño y melancólico que avanza según las reglas que él mismo impone. La fantasía y el estricto realismo, la fabulación y la autobiografía se combinan en él de un modo personal.
Gospodínov a veces hace pensar en un Borges en tejanos y a veces en un Cărtărescu nacido diez años después, trescientos kilómetros al sur de Bucarest. A su favor, es un escritor capaz de deslumbrar cada dos páginas con un hallazgo original, un riesgo inesperado o una revelación intacta. Sus laberintos pueden terminar resultando mecánicos y corren constantemente el riesgo de la dispersión, pero para disfrutarlos basta con seguir las señales brillantes que impiden que el lector se pierda en ellos.
— Pablo Martínez Zarracina, El Diario Vasco, 28 de marzo de 2026

