- Llega hoy a las librerías la novela del autor búlgaro Física de la tristeza, en la que explora el laberinto de la historia familiar a través de la idea del abandono.
«Con todas las pruebas que apuntan a que la historia de los últimos cuatro mil millones de años está escrita en el ADN de los seres vivos, la frase “el universo es una biblioteca” ha dejado de ser una metáfora. Vamos a necesitar un nuevo alfabeto. Tenemos mucha lectura por delante. Cuando don Jorge Luis se imaginaba el paraíso como una biblioteca sin inicio ni fin, probablemente, sin sospecharlo, ya pensaba en los estantes infinitos del ácido desoxirribonucleico. Yo soy libros».
Esta afirmación identitaria del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov (Yámbol, 1968), extraída de Física de la tristeza —novela publicada en 2011, traída al español en 2018 por el sello Fulgencio Pimentel y ahora rescatada por Impedimenta en la traducción revisada de María Vútova— es una doble declaración de principios en su condición de exhumador mayor de esa biblioteca inabarcable, un universo lleno de intersticios, y de postulante a heredero privilegiado de Borges, amante del préstamo, el robo, el equívoco, la invención, el doble, lo grotesco, el sueño y el juego.
Con su hábil pluma, presta a los giros, saltos y conexiones más sorprendentes, se erige en narrador omnisciente y libérrimo cuyo territorio es un gran archivo íntimo, familiar y colectivo, una arquitectura imposible con un paradigma que es el laberinto de laberintos, en donde el hilo de Ariadna no es uno. Solo él, con ese talento precioso e innato, es apto para salir indemne de tal aventura, deslizándose cómodo entre circunvoluciones y anfractuosidades, guiado por la idea del abandono del minotauro en el sótano como infante con cabeza de toro. «La historia de la familia puede narrarse —anota— a través de los abandonos de unos cuantos niños. La historia del mundo también […] En el comienzo de todo, ya lo dije, hay siempre un niño al que arrojan a un sótano».
Tras ese niño marchará Gospodínov, que posee un don gravoso —una empatía en grado superlativo— para introducirse en los recuerdos ajenos, asegura, aunque se guarda de presumir, quizá para protegerse. Y así procede con su abuelo, por ejemplo: cuando a los tres años fue olvidado —conscientemente— en el molino, porque su bisabuela entendió que no podía alimentar a todos sus hijos; o cuando, dos decenios después, herido en la Segunda Guerra Mundial en un pueblo húngaro, fue escondido y curado en un sótano por una buena samaritana a la que terminará por amar culposamente. También el abuelo que, como adolescente, se pierde en la feria y acaba en la carpa en que exhiben al monstruo, un muchachito con rostro bovino, el verdadero minotauro del laberinto, al que el niño reconoce como un igual, más humano que bestia: «Hay en él una tristeza que no posee ningún animal», una melancolía, por cierto, que envuelve buena parte del relato y de la literatura de Gospodínov.
Ese ser, mitad hombre, mitad toro, introduce la narración en el mito mediante una multitud de voces a las que mágicamente da vida el propio narrador, inmerso en su propio laberinto, por el que se desplaza sin temor y rico en descubrimientos, confesiones y hallazgos de otros. «Yo somos», proclama Gospodínov. Y hay que creerlo como fe, como verdad incuestionable, literaria y gozosa. Porque el lector entrará en un camino abarrotado de prodigios inesperados, en un viaje novedoso, fragmentario, pero, sobre todo, rebosante de emoción.
Como dice Hemingway en París era una fiesta, en una de las citas con que Gospodínov abre la novela: «Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción…». A ello añade otra cita de su trasunto filosófico Gaustín: «Los géneros puros no me interesan mucho. No hay raza aria en la novela».
Adéntrese, lector, sin miedo, en el laberinto. Y disfrute.
— Héctor J. Porto, La Voz de Galicia, 23 de febrero de 2026

