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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

De la primera edición de Física de la tristeza, segunda novela de Gueorgui Gospodínov (Yámbol, Bulgaria, 1968), se cuenta que se vendió en un solo día, lo que desde luego es asombroso (al estilo de un nadador que usase solo un brazo), pero irrelevante a la hora de valorar una novela. Lo primero que debemos aclarar es que, pese a tratarse de la recuperación de una novela de 2011, no se trata de un texto novicio, sino que el autor se muestra ya totalmente desarrollado, en pleno uso de sus facultades.

Física de la tristeza parte de una situación que actúa al mismo tiempo como motor narrativo y clave simbólica: el encuentro del niño protagonista con un joven minotauro. Al ver la tristeza y el extrañamiento del monstruo, desarrolla una suerte de supersensibilidad empática, una capacidad de transfiguración emocional, de manera que la narración salta en el espacio y en el tiempo, de lo real al fantástico, de la experiencia privada a la pública, del reino humano al animal y al vegetal. La clave simbólica es evidente y sencilla: todos estamos atrapados en los laberintos de extrañeza y confusión, sintiendo que somos más de lo que parecemos. Y esto origina una efectiva tracción narrativa.

El rasgo más destacado del talento literario de Gospodínov es la imaginación, de una especie no muy diestra en el desarrollo de personajes, borrosa en las escenas narrativas y ajena al examen moral. Tres carencias que para este lector son una lástima, pero Gospodínov lo compensa con una imaginación muy viva para las estampas, las situaciones paradójicas y sorprendentes, rozando (ya me perdonarán) el realismo mágico. Fotos fijas que le permiten escribir con una precisión emotiva, y de las que sabe extraer ingenio y ternura. La de Gospodínov es una literatura del pellizco, pellizcos muy agradables, y aunque no invitan a una gran inmersión, nos ofrece una valiosa variedad de emociones en escenas muy elaboradas. Además de ese gusto tan personal por barajar las épocas, por confundir lo personal y lo histórico en la corriente de la edad, que convierte a Gospodínov en un inesperado personaje del Orlando de Virginia Woolf.

Suele decirse que la novela es un arte proteico, capaz de cambiar de forma y de modularse de maneras distintas. Y algo de eso es cierto, pero, se module como se module, o adopte la forma que adopte, el trazo puede ser más o menos interesante. Un buen criterio es pensar si el texto se lee mejor como novela que como otra cosa, y la respuesta que nos da Física de la tristeza es curiosa y elocuente. Pensada como novela, el andamiaje simbólico parece algo simplón, y la fuga algo endeble: desaprovecha la oportunidad de articularse en una forma o en un sentido superiores. Pero leído como una suerte de cuaderno de campo imaginario, de diario de ocurrencias, la estatura del libro se acrecienta. Leyendo lo mismo, el ángulo formal altera el sentido (y la calidad) de lo leído, de la misma manera que un día de sol no le sabe igual al ánimo (pese a ser el mismo sol) en medio de un verano seco que cuando llega como remontada después del paso de una borrasca.

— Gonzalo Torné, Abril, 21 de abril de 2026