A los lectores de El jardinero y la muerte, la última novela de Gueorgui Gospodínov (Yámbol, Bulgaria, 1968), publicada el año pasado por Impedimenta, les resultará significativa esta cita: “Aprendí las letras en el cementerio de aquella pequeña ciudad que se consumía bajo el sol. Podría decirlo también así: la muerte fue mi primer abecedario. Los muertos me enseñaron a leer”. Así se expresa uno de los personajes que desfilan por Física de la tristeza, una de las obras fundamentales del autor, publicada originalmente en 2011. Si en El jardinero y la muerte Gospodínov decide escribir como remedio contra el olvido de los últimos días de su padre, que compartió con él hasta el final, en Física de la tristeza la muerte, en su acepción trágica, es el germen de un lenguaje capaz de contar la historia de un país. No se trata del lenguaje de la Historia, sino del de las historias, las que atraviesan como una red la memoria y el deseo, según prescribió T. S. Eliot, de quienes habitan el territorio. En ese magma de historias que van y vienen y que terminan definiendo el mundo asentó Gospodínov su arte literario, del que Física de la tristeza es, quizá, su muestra más depurada. Ahora, la misma editorial Impedimenta incorpora el título a su biblioteca consagrada a Gueorgui Gospodínov, con la traducción de María Vútova que revisa la ya publicada en 2018 a cargo de la misma Vútova y Andrés Barba en el sello Fulgencio Pimentel, en una edición ya descatalogada.
Para escribir Física de la tristeza, Gospodínov se inspiró en el laberinto del Minotauro, un imbricado pasadizo que se extiende por el reconocido como “el país más triste del mundo” y en el que el hilo de Ariadna constituye así un lenguaje. Este lenguaje es el tiempo: las historias que pueblan el libro abarcan desde 1925, en las entrañas de una Bulgaria traumatizada tras la Primera Guerra Mundial, hasta casi un siglo más tarde, cuando los méritos para la tristeza se mantienen bien álgidos. Como signo clave de la literatura del autor, la memoria personal se confunde con la colectiva, en un discurso que trenza la crónica familiar y los relatos de exilio y desarraigo en los que la Europa del siglo XX cristaliza con precisión fidedigna. Desde esta premisa, Física de la tristeza se revela como una aproximación contemporánea a Las mil y una noches, con una asombrosa trenza de historias que no mimetizan la realidad, sino que la construyen. En este afán de abarcar todas las posibilidades narrativas, Gospodínov echa mano tanto del mito como de la mecánica cuántica: en uno y otro, cada instante contiene todos los instantes posibles. Solo cuando narramos el instante lo concretamos en una historia. Y aquí se encuentra el hilo de palabras que permite a Teseo salir del laberinto: “Cuando Teseo salió de la cueva, llevaba un niño de la mano izquierda […]. Por la noche se lo cuenta a Ariadna. Sabes, allí no había ningún monstruo, solo un niño con cabeza de toro. Y ese niño, en cierto modo, se parecía a mí”.
Gospodínov echa mano tanto del mito como de la mecánica cuántica: en uno y otro, cada instante contiene todos los instantes posibles.
Resultaría imposible resumir en una reseña la cantidad de historias, ingenios, inventos, milagros, fábulas y episodios que Gospodínov reúne en Física de la tristeza, al pie de un hilo basado en la intuición que proveen los mismos relatos, como en un aparente desconcierto que, en realidad, obedece a leyes muy concretas. Cuerpos y almas, memoria y deseo, se articulan en un viaje alucinante que no se parece a ningún otro libro en busca de la identidad de la tristeza. Así, el vendedor de historias coincide en una boda delirante con Salman Rushdie, mientras un recolector de miedos amplía su vocabulario y otro recolector intenta fijar el listado definitivo de posibles respuestas a la pregunta cómo estás (“Ahí vamos”, “Aguantando el tirón”, “Que esto sea lo peor” y “Hoy pachucho, mañana muerto y enterrado” son algunas opciones). En este afán, Gospodínov tampoco renuncia al humor y regala algunos chistes antológicos de la época soviética: “Cómo están, cómo están -preguntó en broma el secretario general del partido. Estamos bien, estamos bien -contestaron en broma los obreros”.
Porque, al final, las historias que reúne Gospodínov, las mismas que sostienen el mundo, no son las extraordinarias, sino las más comunes. Las de los abuelos sentados en las puertas de la cada mientras fuman, las de las madres ausentes, las de los hijos rebeldes, las de las casas intocables, las de las pertenencias metidas en una maleta con destino a Dios sabe dónde. La historia de un niño que aprende el abecedario en las lápidas de un cementerio y entiende que el final es una posibilidad de contar la historia desde el principio.
— Pablo Bujalance, Diario de Sevilla, 22 de marzo de 2026

