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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

  • Graeme Macrae Burnet se interna en la tercera y quizá última entrega de la serie del detective Georges Gorski con una historia que desmonta las convenciones del género

Si les apetece una novela negra que no podrá haber escrito nunca el algoritmo, quédense en estas páginas. El libro necesita algo de paciencia, de esfuerzo, no es un clásico pasapáginas sin descanso, pero se merece la pena. Posee Graeme Macrae Burnet una de las carreras más particulares e interesantes del género. Padre de un sorprendente y poderoso falso true crime que finalista del Man Booker (Un plan sangriento, Impedimenta también, como todos sus libros traducidos en España) se ha metido después en distintos laberintos literarios y metaliterarios de los que ha salido siempre bien parado (Caso clínico, quizás, el más notable; también el más complejo).

Ni siquiera cuando inicia una serie detectivesca, de la que este libro es la tercera y puede que última entrega, se queda en los márgenes establecidos, la heterodoxia no va con él. Georges Gorski, el protagonista de Un caso de matricidio (traducción de Alicia Frieyro), es un policía en una anodina ciudad francesa, Saint-Louis, un sitio donde, aparentemente, nunca pasa nada. Lo extraordinario de Gorski es su interior, eso que solo podemos ver los lectores, su corriente de pensamiento. Primer punto a favor: un personaje cuyo hilo interno sostiene la narración. Se pasa todo el primer tercio con casos mediocres, de provincia, pero el lector no se aburre, quiere saber dónde va este particular ejemplo de perdedor, buen policía, buen padre, marido mediocre (de ahí el divorcio), alcohólico (aunque se engañe), acomplejado social (aunque se esfuerce por aparentar lo contrario), culpable perfecto y que comparte cama con su madre, enferma de demencia senil. Y, sin embargo, tanto si es la primera novela de esta serie que leen como si ya han leído las anteriores (La desaparición de Adèle Bedeau y El accidente en la A35), convendrán conmigo en que resulta un personaje entrañable y algo patético.

El ritmo puede ser un poco moroso a veces, demasiado embelesado en el costumbrismo de Saint-Louis, un sitio aburridísimo, pero todo tiene su sentido: no se puede enseñar la miseria, y el crimen y la violencia, que se esconden detrás de las fachadas, si no se ve antes a quienes viven en ellas. El porqué más que el quién. Y ahí está otra gran referencia: Georges Simenon, no tanto su Maigret como su perspectiva moral del crimen.

Lo extraordinario de Gorski es lo que solo podemos ver los lectores: su corriente de pensamiento, que sostiene la narración.

La trama se desarrolla con estas premisas. Hay alguna muerte, pero no podemos saber si es accidental o no hasta que punto tiene relación con el conjunto. Ya les comenté al inicio: un poco de paciencia. Compartimos con el protagonista las dudas, la incertidumbre sobre un sospechoso que es demasiado listo, y solo poco a poco vamos aclarando el panorama. Juega muy bien con la administración de la información, tanto como con la de las sospechas. Y eso que no hay muchos personajes. Entonces llega el acto que justifica el título y el giro en el que la novela se juega tanto. Todas las piezas dispuestas con paciencia adquieren otro sentido. Hay algo más de maldad y mucha más miseria. Pobre Gorski.

Con estos ingredientes ya tendríamos una buena novela negra, una de misterio clásico y pausado, pero Burnet juega siempre la partida metaliteraria y aquí vuelve a hacerlo: hay un prólogo y un epílogo que no son realmente lo que parecen y en los que se explican las condiciones fantásticas en las que se manejó el manuscrito y la edición que el lector tiene entre manos. Hay que poseer mucho oficio, y otro tanto de sentido del humor, para que algo así funcione.

— Juan Carlos Galindo, El País, 11 de abril de 2026