cabecera 1080x140

Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Mi padre era aquel Atlas que sostenía en sus hombros toneladas de pasado. Y ahora que se ha ido, siento todo ese pasado resquebrajándose, derrumbándose en silencio sobre mí y sepultándome bajo todas sus tardes. Las tardes de la infancia que se derrumban en silencio. Y no tengo a quien pedir ayuda». Me hubiera gustado escribir estas 52 palabras, pero las ha escrito para el mundo Gueorgui Gospodínov en su El jardinero y la muerte. Da igual, pienso. Lo importante ha sido leer esas cinco líneas, descubrirlas en la página número 200 y atravesarlas con la mirada. Eso es leer, la cirugía del alma. A veces pienso que los libros deberían recetarse al ritmo de los ansiolíticos o como terapia alternativa. O sea, mientras tanto. Mientras llega la cita del especialista en escuchar. Mientras llega el consuelo del tiempo (que es el que más se hace rogar). Mientras nos lamemos las heridas como si la vida sólo nos lastimara a nosotros. Quizá esa sea la mejor enseñanza de un libro: descubrir que lo que tanto nos duele ya aquejó a otros o que por eso que tanto nos hace sufrir ya pasaron otros. El amor y el desamor, el divorcio y la alegría del emparejamiento, el odio y la pasión, las malas familias o las venturosas, el miedo al fracaso y al éxito…

Hay huérfanos de palabras que lo explican, que robustecen el espíritu y, sobre todo, nos ayudan a relativizar(nos). En defensa de la literatura se han pronunciado los que la hacen, los que la consumen y los que viven de ella desde hace tantos siglos como tiene la imprenta. Quizá esté en las tres categorías, pero hoy me acerco a ustedes con mi traje de consumidora compulsiva de palabras que consuelan, reconstruyen y alimentan como el medio pan lorquiano.

— Sonsoles Ónega, Yo Dona, 11 de abril de 2026