- ‘Física de la tristeza’. Los laberintos de la historia de Bulgaria y de la Europa que surge de los desastres del siglo XX toman en esta novela nuevos significados a la luz de los de la mitología griega.
Hay algo hipnótico en la escritura del búlgaro Gueorgui Gospodínov, un posible Premio Nobel de Literatura. Hay algo que atrapa al lector, ya desde los umbrales de ‘Física de la tristeza’ (su último libro traducido al español por María Vútova y recién publicado por Impedimenta). En él aparecen hasta nueve citas ‘in exergo’ de autores tan dispares como Fernando Pessoa y Ernst Hemingway, o como Gustave Flaubert y T. S. Eliot. Entre ellos, no es casualidad que Gospodínov cite también a San Agustín, uno de los pensadores más lúcidos de la Antigüedad, a propósito de cómo narrarnos a nosotros mismos y cómo estudiar el enigma del tiempo, esa sustancia de la que estamos hechos los mortales, ese fluido que nos permite ser y desarrollarnos desde que nacemos hasta el día de la llegada de la quevediana «postrera sombra». Y si es cierto que estamos hechos de las imágenes que guardamos de las personas, los paisajes, los objetos del pasado, también es cierto que quien pretende plasmar y teorizar una «física» de la tristeza no podrá evitar volver a su pasado íntimo, pero también, y simultáneamente, al pasado que nos lega el mito (la literatura griega antigua) y el que nos deja la historia (la memoria colectiva de un pueblo).
El íncipit de ‘Física de la tristeza’ marea, atrapa y fascina a partes iguales porque nos ofrece la tónica de lo que será el resto de la novela: la memoria del padre, la de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, se entrelaza con la memoria del hijo, que nace cuando Bulgaria es un país satélite de la URSS y el comunismo es una dictadura que no consiente actitudes o gestos de rebeldía ideológica. De la primera persona del singular (de un niño asustado que con tres años le pregunta a la abuela si sus padres tendrán que morirse) pasamos a la tercera en un vaivén de la voz narradora que nos mece y nos hace viajar a lo largo del tiempo, entre el pasado mítico de la literatura griega y el pasado reciente de la Bulgaria de 1968.
‘Física de la tristeza’ es una novela fragmentada que avanza a fuerza de digresiones, de relatos insertados en la trama principal, de reflexiones sobre qué significa narrar y cómo puede narrarse lo inenarrable, con un tono irónico y, al mismo tiempo, melancólico que puede recordar al Tristram Shandy (1759-1767) de Sir Laurence Sterne: hay incluso algunos «altos en el camino», donde se invita al lector a tomar aliento, a reconsiderar lo ya narrado y a lanzar hipótesis sobre lo que queda por narrar. De hecho, el narrador afirma claramente: «No puedo ofrecer una narración lineal porque tampoco lo son los laberintos ni las historias. ¿Ya estamos todos? Sigamos» (p. 45). Es en esa pregunta retórica y en el imperativo dirigido con amabilidad al lector donde radica el encanto y el ritmo de la escritura errabunda y digresiva de Gospodínov.
Los laberintos de la historia (de su patria natal, pero también de la Europa que surge de los desastres del siglo XX y de la «guerra fría» que hoy ha vuelto a ser tremendamente «caliente») se solapan, y se complican y toman nuevos significados a la luz de los laberintos de la mitología griega, siendo el Minotauro el protagonista de múltiples reescrituras por parte del narrador y protagonista, un niño que cuando descubre por primera vez la historia de este personaje no puede dejar de pensar en lo injusto que es que se le trate como al verdugo y no como a la víctima de la fuerza bruta de Teseo y del ingenio astuto de Ariadna. Minos cae víctima del engaño de su mujer Pasífae: ésta yace con un toro que le había enviado el dios Poseidón. De ese acto antinatural nace el Minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Según la lectura del niño, el Minotauro es inocente, es una criatura encerrada —igual que él— en un sótano oscuro, alguien indefenso que ha sido abandonado por sus padres. Los lectores asistimos a un proceso en el que hay abogados que defienden la causa del Minotauro, pruebas visuales y fehacientes de sus rasgos infantiles, hasta que toma la palabra el mismo monstruo y la página de la novela se llena de las «u» de su mugido.
La historia es un laberinto, cierto es, y también lo es el que inventa Dédalo y del que Teseo puede salir vivo gracias al ovillo de Ariadna. Sin embargo, el laberinto lo llevamos dentro, como descubrimos en ‘El diario del Minotauro’: nuestro ADN, nuestro cerebro, incluso nuestro intestino, junto con la estructura del oído interno, adquieren forma laberíntica, como también lo son «las rutas secretas de paseos con una amante a la que ocultas» (p. 287), especifica el narrador. Y en ese viaje por el interior del cuerpo humano también se descubre que «una persona con máscara antigás» —de las que se repartían en los colegios cuando la amenaza nuclear infundía miedo a los países satélites de la antigua Rusia— «parece un minotauro» (p. 136).
En este viaje constante brillan epifanías, momentos álgidos de la biografía íntima de Gospodínov en los que entramos en contacto con sus miedos, sus ilusiones y sus frustraciones. Y si es verdad que «el tiempo pasado se distingue del presente» porque «nunca fluye en una dirección» (p. 61), el lector acepta con placer que el viaje se convierta en una odisea contemporánea llena de detalles líricos y de documentos visuales que aterran (como la mencionada máscara antigás), o sorprenden y deleitan (como las fotos de nubes que provienen de cielos de distintos países), o empujan a la reflexión (como las imágenes que los ingenieros de la NASA almacenaron en 1977 en un disco de oro y lanzaron al espacio interestelar con la sonda Voyager).
¿Habrá extraterrestres capaces de decodificar —por poner tan solo un ejemplo— esa foto en blanco y negro de una pareja estilizada de humanos desnudos y el significado del feto en el vientre de la mujer? Nunca lo sabremos. Porque, como nos sugiere Gospodínov en este libro-laberinto, «yo somos» y «yo fuimos». La identidad es un espejismo hecho de recuerdos e imágenes que vienen de ese depósito infinito que es nuestra memoria personal. Ahí, en ese depósito, sigue mugiendo el Minotauro.
— Antonio Candeloro, La Verdad, 11 de abril de 2026

