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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Gueorgui Gospodínov (Yambol, Bulgaria, 1968) se ha convertido en uno de los escritores europeos más reconocidos de las últimas décadas. Poeta, editor y periodista, publicó su primera novela en 1999, Novela natural. Física de la tristeza, segunda, apareció en 2011 y se convirtió en un arrollador éxito (en España, antes de esta edición en Impedimenta, la publicó en 2018 la editorial Fulgencio Pimentel). Su obra está ya traducida a treinta idiomas y ha recibido numerosos premios internacionales. Por ejemplo, El jardinero y la muerte, su última novela publicada en España, ha recibido recientemente el premio Todostuslibros al mejor libro de ficción de 2025. Con Las tempestálidas recibió los premios Booker y Strega. También es autor de un libro de relatos, Acorazado del robo de historias, publicado en Bulgaria en el año 2000.

A su calidad estilística y a su ingenio argumental, hay que sumar su capacidad para crear historias que conectan los temas universales de siempre con la realidad social y política de su Bulgaria natal, un país que, como se cita en varias ocasiones en Física de la tristeza, pasa por ser uno de los más tristes del mundo, todavía lastrado por el peso de décadas de gris comunismo.

La novela se abre con dos citas de Gaustín, alter ego fantástico del autor que aparece en sus obras. Las dos citas, desde mi punto de vista, enmarcan el contenido de este libro: “Hay solo infancia y muerte. Y en medio, nada”. Y “Solo la fuga y el efímero merecen ser narrados”. Con estas premisas, el libro está compuesto como un Arca de Noé en la que se van almacenando diferentes historias que tienen como nexo el propio narrador, que parece ser el propio autor. “Los géneros puros no me interesan mucho”, escribe Gospodínov.

Este singular dietario se abre con el recuerdo de una visita a una feria en la que en una de las atracciones se muestra a “un minotauro”, un niño con cabeza de toro. Este episodio se erige como el núcleo narrador, que acaba obsesionándose con el mito y la posterior leyenda del laberinto en el que vive el Minotauro. A este recuerdo se suman otros que se inspiran en lo que Gospodínov define como empatía patológica, una inusitada facilidad para trasladarse a otras épocas y revivir desde dentro recuerdos ajenos como si fueran suyos.

El narrador muestra un interés enciclopédico por todo, y en la novela se recogen algunas de estas manías, como la de comprar historias ajenas, elaborar listas, archivar recuerdos y fotos, guardar periódicos viejos y realizar un exhaustivo catálogo de palabras y gestos desaparecidos. Mediante las palabras, el autor busca recuperar la memoria del pasado, que en muchas ocasiones se reduce a la enumeración de proyectos fracasados, algunos de ellos compartidos con el ubicuo Gaustín. Aparecen también algunas puntuales referencias sexuales, superficiales y que no encajan en el tono del libro.

La infancia es el motor de muchas de estas instantáneas, que vuelven una y otra vez. También el paso del tiempo, que camina hacia la irremisible muerte. Y en medio, infinidad de historias mortales, frágiles, perecederas, que ganan a la luz gracias a tirar del “hilo de Ariadna” de la memoria personal.

— Adolfo Torrecilla, ACEPRENSA, Abril de 2026