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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Gospodínov otra vez. Lo leí por primera vez —lo descubrí— el año pasado. El jardinero y la muerte fue objetivamente el mejor libro que leí en 2025 y uno de los mejores que haya leído jamás, dentro de la literatura contemporánea, claro.

Vuelvo a vérmelas y habérmelas con él. Física de la tristeza es una criatura rarísima. Hay un narrador que es capaz de entrar dentro de los recuerdos de cualquier persona que imagines. Y también de animales. Por ejemplo, una babosa que alguien se come con fines terapéuticos.

Dime que te gusta o que te horripila. Dime que te encanta la literatura experimental de alto vuelo o que la detestas. Dime lo que quieras menos que has leído mucha obra igual a esta.

¿Y esto es una pose de estilista o va a alguna parte? Pues sí que va: es una reflexión sobre el tiempo, su fugacidad, su pascua y sobre cómo lo percibimos, servida en un formato disruptivo, desacostumbrado, alternativo al cauce habitual.

La estructura es un patchwork de relatos, con un —o más de un— hilo conductor. El lector es el encargado de coser los retales para lograr la pieza final. No es un texto fácil que lo da todo hecho. Es sencillo párrafo a párrafo, y a la vez complejo en conjunto.

En este libro, Gospodínov nos cuenta la historia de su propia familia, desde la infancia de su abuelo, ligándola con la historia del siglo XX: las grandes guerras, el comunismo soviético, etc., siempre desde el prisma búlgaro, que tiene su idiosincrasia y que aquí se expone.

Nos cuenta la historia del Minotauro, con una gran empatía hacia el monstruo, para Gospodínov, una especie de criatura de Frankenstein, inocente y encerrado. Pero todo esto no es un simple gesto metaliterario. Y es que Gueorgui Gospodínov, de niño, vivía en uno de esos pisos que el Sóviet te daba en función del etiquetado social que te adjudicaba. En el caso de los Gospodínov, un sótano oscuro y mal ventilado que hacían al Gueorgui niño identificarse con el Minotauro.

No es un tratado de historia. Son cuadros familiares, bodegones pintados con los recuerdos de sus antepasados y propios. Te pone en la piel de quienes vivieron aquella sociedad exageradamente restrictiva, controladora, Estado total. Y lo cuenta con una técnica original, con un narrador en primera persona que es capaz de meterse dentro de la memoria de los demás y libar de sus recuerdos para construir esta historia.

Una infancia jalonada de temas prohibidos: Dios, sin ir más lejos. Un Estado que no tolera otro credo que la alabanza al sistema. Infancia también de penurias, de escasez. Un país pobretón, fiscalizador, amenazante, intimidatorio y repleto de tabúes. Si escaso era el pan, más escasa aún era la libertad.

Con la narración corren las décadas. No creas que solamente transita los grandes acontecimientos. Aquí están los primeros radiocasetes de Hitachi, el paquete de tabaco azul de Rothmans, los primeros soniquetes de la música electrónica… Lo pop.

“Esas son solo las cosas pequeñas que se perderán, el resto está en los periódicos de entonces.”

Quiere rescatar lo olvidable. Sí, habla de Jimmy Carter, de la Guerra Fría, del omnipresente Estado soviético… pero su mayor aspiración parece ser construir una cápsula del tiempo donde pone a salvo lo que, de no ser por el testimonio escrito, se diluirá en las décadas.

«Si algo es perdurable y monumental, qué sentido tiene meterlo en una cápsula. Hay que conservar solo aquello que es mortal, perecedero, frágil, lo que solloza y enciende cerillas en la oscuridad… Eso es lo que habrá en todas las cajas, en el sótano de este libro.»

Podríamos contraponer esto —dialógicamente— con la idea cínica de ¿y si es perecedero y no monumental no será que precisamente no es digno de ser recordado?

Además de su biografía familiar, la novela es una crónica íntima de la Europa del Este del siglo XX y del socialismo búlgaro, contada “a través de sensaciones personales”. Él mismo, Gospodínov, explica que quiso abarcar una “tristeza mundial”, desde el Minotauro hasta la posguerra y la caída del comunismo, pero pasada siempre por la empatía de un niño que narra la tristeza de su abuelo, de su padre y de su propia infancia en los años setenta.

La traducción de María Vútova me ha parecido magnífica, al menos hasta donde puede decirlo alguien que no tiene ni idea de búlgaro. El texto suena vivo, flexible, natural en sus cambios de tono y muy capaz de sostener tanto la rareza estructural como los momentos de intimidad, humor o emoción. En un libro así, donde la voz y sus modulaciones lo son casi todo, da la impresión de que la traducción no acompaña simplemente al original, sino que le encuentra un cauce muy convincente en castellano.

La gran pregunta —o quizás solo sea mi gran incógnita— es saber qué tanto de esta novela es autobiográfico.

Hasta aquí, la lectura; ahora, la duda que me deja el libro.

Una buena forma de responder es decir que Física de la tristeza no es una novela “autobiográfica” en sentido estricto, pero sí es quizá el libro más íntimo y personal de Gospodínov: está tejido con recuerdos de su infancia y de su familia, mezclados con mito, ficción y memoria colectiva de la Bulgaria socialista. Él mismo ha insistido en que no quiere llamarla autobiografía, sino un texto “personal” que usa su vida como materia pero la transforma en un laberinto de historias.

La novela se presenta como un “laberinto” de historias de su familia, que saltan de una época a otra y de una identidad a otra para recorrer la memoria individual y colectiva de su país y de Europa del Este. Diversas lecturas críticas la describen como una mezcla de autobiografía ficticia, ensayo, archivo cultural y experimentación formal, lo que ya marca esa posición intermedia entre lo vivido y lo inventado.

Gospodínov ha contado que el libro nace de un recuerdo personal muy concreto: cuando tenía unos diez años y estaba solo al anochecer en el sótano donde vivía su familia, esperando a que sus padres volvieran del trabajo, sintiéndose tan abandonado como imagina al Minotauro en su laberinto. También ha dicho que la historia principal del niño olvidado en el molino es la historia real de su abuelo, que fue dejado allí de pequeño mientras su madre dudaba si volver a por él; ese episodio se convierte en el núcleo trágico del libro. Otro estrato autobiográfico es la atmósfera religiosa clandestina: de niño, su abuela le leía la Biblia en voz baja porque en la Bulgaria comunista no se podía ir a la iglesia.

Aunque el narrador lleva su mismo nombre y comparte muchos recuerdos, es una versión del propio Gospodínov, una entre varias, nunca del todo distinguible de otras voces del texto. Él mismo sostiene que todo relato, incluso el autobiográfico, una vez contado ya es ficción, y que las historias de otros se vuelven también suyas.

Si se usa “autobiográfica” en sentido amplio, puede decirse que la novela está fuertemente anclada en su vida, pero sometida a una transformación poética, mítica y formal.

¿Se lee fácilmente? Sí. Pese a la experimentación, la originalidad tiene fácil entrada. Al incorporar muchas referencias pop y etapas muy conocidas del siglo XX, no resulta difícil meterse en el libro.

Es un patchwork de anécdotas, relatos familiares, excursos metaliterarios y tragedias. Ese carácter fragmentario facilita la lectura.

Y también ayuda el estilo Gospodínov, con ramalazos de humor negro. Por ejemplo:

“Primer beso con una chica.
Muere Brezhnev.
Segundo beso (con otra chica).
Muere Chernenko.
Tercer beso…
Muere Andrópov.
¿Me los estoy cargando yo?
Primer polvo torpe en el parque.
Chernóbil.”

Es una obra sobre la empatía: la capacidad de ver al otro, sentir con él, mirar a través de sus ojos. Gospodínov lamenta que esa habilidad se tenga en la niñez y se pierda en la madurez:

“Los pasillos que conducen a los demás y a sus historias, antes abiertos, ahora aparecen tapiados.”

Otro tema central es el Estado totalitario socialista y su influencia en la vida cotidiana:

«Hubo un tiempo en el que todos repetían: para nosotros es demasiado tarde, pero al menos esperemos que los niños vivan de otra manera. El mantra del socialismo tardío.»

En Física de la tristeza, Gospodínov lo une todo: memoria, identidad, historia y empatía. Un “yo” que se disuelve en los demás: el “Yo somos”.

Una obra llena de nostalgia postsocialista, muy interesante y bien construida, que confirma a Gospodínov como un autor al que seguir muy de cerca.

— Álvaro Sánchez, Por qué leer, 20 de abril de 2026