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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

  • Impedimenta recupera ‘Me acuerdo’, uno de los títulos fundamentales de Georges Perec, en una oportuna y esmerada edición con la traducción de Eduardo Berti y el prólogo de Hervé Le Tellier

Hay una pregunta consecuente a cada nueva lectura de Me acuerdo: ¿Por qué Perec se acuerda de lo que dice que se acuerda? ¿Por qué de esto y no de aquello? Conviene, entonces, reparar en que la memoria, igual que la atención, la relación con los espacios, los sueños, la arquitectura, el arte y los objetos es para el autor, antes que cualquier otra cosa, un juego. Las reglas del pasatiempo son elocuentes y sencillas: todo consiste en sacar de la memoria los recuerdos menos lúcidos, los que menos pesan, los que menos se hacen notar pero que por alguna razón afectiva, tal vez, o significativa solo en términos nada evidentes siguen ahí anclados, en lo más profundo, y hacerlos visibles. No pocos de los juegos de preguntas y respuestas más conocidos se valen de la misma premisa. Pero para que el juego funcione, para que la evocación adquiera una naturaleza lúdica, tales recuerdos deben ser los más irrelevantes, los menos graves. Si Georges Perec (París, 1937 – Ivry, 1982) hubiera renunciado al juego, se habría acordado de su triste infancia, por ejemplo; o de la muerte de su madre en Auschwitz, o del día en que conoció su apellido, o de cuando ingresó en la Sorbona para estudiar Sociología, o de su estancia en Yugoslavia en 1957, pero no, en Me acuerdo no hay nada de eso. Porque Perec juega. El hombre que escribe Me acuerdo es el mismo niño que se distrae con los juegos mnemotécnicos que encuentra en los periódicos infantiles, donde ningún recuerdo es importante. Perec, ya se sabe, comenzó a apuntar recuerdos en 1973 como emulación de I remember, el libro de Joe Brainard. Y armó un conjunto de 477 recuerdos como testimonio inefable de lo irrelevante. Ahora, la editorial Impedimenta recupera esta obra, emblemática en la producción perequiana, con una esmerada y oportuna edición a cargo de Eduardo Berti (responsable también de la traducción) y con prólogo de Hervé Le Tellier.

‘Me acuerdo’ mantiene su función de cartografía de la identidad trazada a partir de lo que menos cuenta, de la excrecencia del relato

Hay una diferencia fundamental entre el Me acuerdo de Perec (publicado originalmente en 1978) y el I remember de Brainard: mientras el autor estadounidense pretende brindar al lector una semblanza de la vida cotidiana en la América menos promocionada, Perec toma su lápiz y su papel y juega. Tal y como apunta Le Tellier (continuador al igual que Eduardo Berti del grupo OuLiPo, donde Perec rehizo la postmodernidad a placer junto con Raymond Queneau e Italo Calvino), el autor de La vida instrucciones de uso evoca “esas cosas intactas y minúsculas”, redescubiertas “por un instante, y que suscitan durante unos segundos una pequeña nostalgia impalpable”. En el mismo prólogo, Le Tellier se refiere sin embargo a Me acuerdo como “antídoto natural” de esta idea de Albert Camus: “El pensamiento de un hombre es ante todo su nostalgia”. Pero, la verdad, no tengo nada claro que Perec aspire a apartar la nostalgia de la ecuación. Únicamente la desplaza: Camus asocia la nostalgia al pensamiento, es decir, a un orden intelectual; Perec encuentra la nostalgia en el hallazgo del juego, en un nivel mucho más lúdico. Todas esas sintonías de la radio y la televisión, los nombres de los ciclistas, de los actores, de los músicos de jazz, las noticias truculentas, las revistas, los mil y un gestos cotidianos, las publicidades, los informativos y demás partes del juego recuerdan a los aficionados más veteranos que tantos años después son capaces de recitar las alineaciones de sus equipos en distintos años. Claro que hay nostalgia en todo esto, al menos como afirmación de lo vivido. Lo interesante, en todo caso, es el modo en que estos listados inútiles hablan de nosotros más que los discursos, los grandes acontecimientos, las decisiones trascendentes. Me acuerdo mantiene, con absoluta vigencia, su función de antropología íntima, de cartografía de la identidad común y particular trazada a partir de lo que menos cuenta, de la excrecencia del relato. Es ahí, en las afueras de la banalidad, donde con más verdad se es o no se es.

Conforme pasa el tiempo es más fácil leer ‘Me acuerdo’ como un abrazo, como un gesto fraternal

La edición de Eduardo Berti constituye una verdadera arqueología cultural al ofrecer nombre, sentido, contexto y ubicación a todos y cada uno de los recuerdos de Perec en un prodigioso aparato de notas, además de un índice onomástico que los lectores más metódicos agradecerán sin duda. Y, sí, el volumen de Impedimenta también deja las páginas en blanco que quiso añadir Perec al final de su listado para que el lector incorpore sus propios recuerdos al texto. Porque el juego es siempre más divertido si se practica entre dos. Es curioso, pero conforme pasa el tiempo es más fácil leer Me acuerdo como un abrazo, como un gesto fraternal, como una celebración de la evidencia de que seguimos aquí, a pesar de todo. Esta intención por parte de Perec es hoy más clara. Y seguramente más necesaria.

— Pablo Bujalance, Diario de Sevilla, 19 de abril de 2026