- El escritor búlgaro, autor de ‘Las tempestálidas’, se somete a un ejercicio de autoanálisis y reconstruye su vida desde una infancia lejana, ingenua y atravesada por la política.
Quizá solo desde esta frase de la página 151 puede entenderse la concepción literaria del autor búlgaro Gueorgui Gospodínov (Yambol, 1968): “Los géneros puros no me interesan mucho. La novela no es aria”. Así se explica la estructura atípica de esta obra dividida en nueve partes que, más que por capítulos, está construida como una secuencia o suma de estampas/recuerdos donde el escritor ensaya una tentativa de autoconocimiento, tanto de un yo personal como de un yo colectivo resultado de un férreo sistema totalitario. No es extraño que afirme “Yo somos” y hasta “Yo fuimos”.
Por mucho que haya conexiones con otros libros suyos, como el célebre Las tempestálidas o sus relatos de Acerca del robo de historias, y por mucho que reaparezca y comparezca también aquí su inmortal pasajero del tiempo Gaustín, capaz de trasladarse a voluntad, adelante y atrás, entre distintas épocas, Física de la tristeza es quizá el texto en el que Gospodínov más se haya expuesto en el diván del análisis propio, probando a contarse la vida desde su lejana, ingenua y politizada infancia, queriendo saber de sí, explicarse a sí mismo, conocerse.
La memoria personal va aparejada a la historia común de su nación. El protagonista está dotado, al menos en sus primeros años, de un raro don para la empatía con cualquier otro ser vivo. Desde el comienzo declara la extrañeza de haber nacido en un momento y lugar determinado y de poseer una identidad concreta y no otra, incluso de haber venido al mundo como ser humano y no como un animal o una planta. Aquí resuena el presocrático Empédocles y esa idea de haber sido antes arbusto, pájaro en la rama o mudo pez en el mar.
El niño que nos habla guarda el secreto de saber “entrar en los recuerdos ajenos”, tanto que su vida se funde con las vivencias de su abuelo o de su padre y experimenta sus mismos miedos y peripecias en una travesía espacio-temporal. El precario sótano con ventanuco donde la familia vive en los años setenta esperando la concesión de un piso mejor es el laberinto donde reside este crío/minotauro con grandes dotes de observación y percepción que cristalizará en un adulto escritor.
El temor a la muerte y el deseo de dejar una especie de legado son asuntos centrales en esta novela
Hay historias tremendas que surgen como relatos en el conjunto, en tiempos de la Primera y Segunda Guerra Mundiales, abandono de hijos que podrían suponer giros del destino, o peripecias hermosas como la del abuelo, herido en combate en tierras húngaras por los nazis, y el amor guardado en secreto durante décadas por la mujer que lo curó entonces y lo puso a salvo. Gospodínov ahonda en la urgencia del recuerdo, en la necesidad de seguir las pistas y las huellas de nuestros antepasados para acercarnos a lo que fueron e hicieron, incluso para continuar las acciones que quedaron a medias o incompletas.
El temor a la muerte, la presencia de los difuntos, el deseo del ser humano de perdurar, de dejar una especie de legado o de “cápsula del tiempo” son asuntos centrales en esta novela donde la narración no es lineal “porque tampoco lo son los laberintos ni las historias”. ¿Somos los mismos que éramos de niños?, se pregunta, cuando solo queda de entonces la cicatriz de aquellas tremendas vacunas generacionales que dejaban una enorme marca.
Hay también mucho humor e ironía acerca del sistema educativo que le tocó vivir al otro lado del telón de acero, un mundo de pioneros, adoctrinamiento, vigilancia extrema, consignas políticas y simulacros de supervivencia con refugio y máscara de gas ante un apocalipsis que parecía inminente entre caricaturas de un malvado Jimmy Carter deseoso de lanzar sus misiles. Una hermosa reconstrucción vital y un gran ejercicio de catarsis.
— Ernesto Calabuig, El Cultural (El Español), 30 de abril de 2026

