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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Rumpole of the Bailey

El irrepetible John Mortimer entretiene y divierte con los casos del abogado penalista más famoso de la ficción judicial británica de todos los tiempos.

John Mortimer (Londres, 1923, The Chilterns, 2009) era un tipo de los que dejan huella. Hijo de un conocido abogado que, pese a quedarse ciego, siguió vistiendo la toga, mantuvo un punto de vista peculiar sobre las leyes y la justicia británicas. “Para escapar de un jurado en Inglaterra, sirve con usar sombrero de bombín y llevar una copia del ‘Daily Telegraph’ encima”, dijo. Ejercer la profesión de abogado, agregó más tarde, “no requiere ninguna brillantez, más que sentido de común, y tener las uñas de los dedos relativamente limpias”. Todo ello resultaría poco cínico si no hubiese completado su mordaz repertorio de frases con una curiosa tesis sobre el desempeño de la abogacía que en su día, por medio de uno de sus personajes literarios, el letrado Horace Rumpole, arrancó más de una sonrisa y numerosas reacciones de estupefacción: “Encuentro a los criminales buenos clientes y a los matrimonios complicados. Estos últimos se odian mucho entre sí y ponen a los hijos de por medio. Los asesinos, por lo general, han matado ya a las persona que les incomodaban, y se portan como seres tranquilos y agradables”.

Mortimer escribió las Rapstones Chronicles, una trilogía corrosiva sobre el thatcherismo –que detestó hasta convertirse en uno de sus azotes– compuesta por Un paraíso inalcanzable (1985), El regreso de Titmus (1990), ambas publicadas por Libros del Asteroide, y The sound of trumpets (1998). Pero si hay que rebuscar en su carrera literaria, algunos de los mejores momentos puede que estén recogidos en Rumpole, abogado de 68 años de altos ideales, imperfecto, un antihéroe terriblemente consciente de su propio absurdo. Un tipo de aspecto descuidado, con manchas de grasa de las frituras en la ropa, sucio, maloliente, fumador de cigarros baratos, que se satiriza a sí mismo incluso mientras llora la muerte lenta de sus sueños aplastados bajo el peso de los suburbios y las expectativas de su esposa Hilda. A través de él, Mortimer destila su enorme ira hacia una Gran Bretaña de posguerra caracterizada por una sociedad esnob y racista, en la que Rumpole se ha comprometido profesionalmente con la defensa de los seres que tienen el viento de cara.

La colección que acaba de publicar Impedimenta, editorial felizmente comprometida con buenos autores británicos, algunos absurdamente desconocidos como es el caso del magnífico William Gerhardie, se conoce originalmente por el nombre de Rumpole of the Bailey, referido a la calle del Tribunal Central de Inglaterra y Gales. Es un conjunto de cuentos muy divertidos que en su día coincidieron con una serie de televisión británica del mismo nombre. Famosísima, hasta el punto que el personaje de Mortimer se convirtió en un clásico de la ficción judicial de todos tiempos. Rumpole, inspirado en la figura de su padre, utiliza su ingenio y tácticas inteligentes para tratar de triunfar sobre sus oponentes. Cuando el juez no aprecia su ingenio lo suficientemente para darle la razón el asunto se traduce en un interrogatorio entretenido. Sin perder la referencia humorística, nuestro abogado, iconoclasta como lo fue su creador, se enfrenta a desafíos de profesión que cualquier colega identificaría como suyos.

Se trata de una lectura entretenida, que sirve asimismo para conocer el sistema legal británico y el funcionamiento interno de los barristers, que en la tradición del Reino Unido representan una de las categorías de abogados de nivel superior, la más especializada. Rumpole, los personajes secundarios de Mortimer, y el enredo de las historias, que van de un robo a un asesinato, transforman la lectura en un paraguas para días lluviosos. Una vez implicado en los casos de Horace Rumpole, el lector encontrará en ellos tropos tan familiares como lo son los calcetines viejos o las zapatillas de andar por casa que nos resistimos a tirar por viejas que estén. La poesía de Wordsworth, Phyllida “Portia” Trant, los burdeos baratos del bar Pommeroy, etcétera, funcionan como clavijas que apuntalan la trama. Y, por supuesto, abundan los guiños impagables al oficio como este: “Llamar a declarar al propio cliente es la peor parte del juicio. No se le puede atacar, ni tampoco guiar, ni se puede hacer nada más que estar allí de pie con las palmas de las manos sudorosas pidiéndole a Dios que el muy imbécil cuente la historia correcta”.

¡Bravo, Mortimer!.

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