- “Fonseca” reinventa un episodio poco conocido de la vida de la escritora, un viaje en busca de una improbable herencia
Suele decirse que hay libros o películas o series en los que nos quedaríamos a vivir. Pues bien, Fonseca (en Impedimenta), de Jessica Francis Kane, es uno de esos. Si hay novelas que te atrapan por el argumento o por el tono o hasta por el paisaje, ésta lo hace por las tres cosas a la vez. Se trata de un texto simpatiquísimo, de difícil clasificación, a medio camino entre la biografía novelada y el falso documental y con un planteamiento de partida más o menos intrigante que la aproxima al cozy mystery.
Etiquetas que tampoco aciertan a explicar esta original aproximación a la figura de Penelope Fitzgerald. Inspirada, amable, metaliteraria, fantasea con episodios posibles o alternativos de la vida de su homenajeada, dotándolos de un nuevo y luminoso significado. Una pequeña historia bien contada, que habría divertido a la propia Fitzgerald, famosa por “contaminar” sus ficciones con elementos autobiográficos.
Fonseca parte de un episodio inverosímil, pero real, del que Fitzgerald nunca habló demasiado: “Solo podemos especular. Quizás por amor, por vergüenza, por perseguir dinero, o porque se convirtió en un sueño que no acabó bien, ella no reveló casi nada”. Desencadenado a partir de que la protagonista reciba una extrañísima carta con matasellos mexicano y firmada por un par de solteronas de las que nunca ha oído hablar. Una escueta nota —mitad amable requerimiento, mitad orden directa— en la que le anuncian su urgente necesidad de un heredero al que legar su fortuna.
La clase de correspondencia, como se ve, que uno esperaría recibir de un príncipe nigeriano. Pero una desesperada Fitzgerald, que en ese momento está en la ruina, casada con un escritor alcohólico y embarazada de su tercer hijo, no puede permitirse dudar demasiado. Así que, movida por una esperanza cada vez más frágil, una posibilidad que le parece más remota cuanto más piensa en ella, se lanza a atravesar el Atlántico a bordo del Queen Mary.
Detalles que se nos revelan retrospectivamente. Esta apócrifa crónica mexicana arranca in media res, con la protagonista enfrentándose a lo impredecible después de haber cruzado medio mundo: “En 1952, el día 2 de noviembre cayó en domingo, y por la tarde una madre y un hijo se encontraban ante la casa de las Delaney, en Fonseca, México, a punto de llamar a la puerta después de haber recorrido un camino muy largo”.
— Miguel Artaza, Pérgola, Mayo de 2026

