Impedimenta recupera, en edición revisada y anotada de Eduardo Berti, y con introducción de Hervé de Tellier, el clásico de culto ‘Me acuerdo’, una de las experiencias literarias, junto a la Recherche de Proust, que mejor han abordado las conexiones entre memoria, arte e identidad
No hay nada tan francés como el asunto de la memoria. Por tanto, no hay nada tan literario como un francés. Esto, que podría pasar por una baladronada de campeonato, y tal vez lo sea, que ya va imponiendo su cesura la primavera, viene muy al caso si seguimos el enunciado por su sistema paisajístico de equivalencias; es decir, la conexión que se deslíe de dos asuntos que son más viejos que la física y que están severamente unidos entre sí: la literatura y el acto de recordar. La identidad del hombre, tan ducha en evocaciones, depende en gran medida de nuestra habilidad para elaborar un relato, aunque sea para fines domésticos y personales. Somos porque comemos y recordamos y recordamos porque comemos y somos capaces de organizar la información y exponerla con cierto aseo narrativo y cierta carga expresiva y racional. Por más que el resultado, que esa es otra, acabe por no asemejarse demasiado a lo que realmente ocurrió. O, al menos, no tanto como el negativo de una fotografía o las heridas que asenderean nuestra piel. El problema se complica cuando reparamos en que acaso no existe la memoria personal y que cualquier conciencia es en gran medida una tentativa imperfecta de conversación entre lo que nos sucede a nosotros en cuanto a nosotros y a nosotros en la medida que también somos parte de todo lo demás, lo que abre la puerta, nostalgia y neurobiología mediante, a que nuestros recuerdos no sólo se vean afectados por las traumas generacionales o de adjudicatura universal, sino también por ese zumbido inestable hecho de imágenes y mensajes a menudo anodinos que acompañan y colorean nuestro tejido en común. Aquí es indudablemente donde entra lo francés. Y, más concretamente, las que tal vez sean sus experiencias más radicales en cuanto a la exploración de las conexiones entre literatura y memoria: Marcel Proust y Georges Perec.
En realidad, de lo que hablaban todos es sobre el tiempo. En este caso, de un modo aparentemente enfrentado y a la par que complementario: Proust, incorporando a su discurso literario arrollador todo lo que olía y daba forma al pasado y Perec haciendo justo lo contrario y sugiriendo la existencia de un discurso a partir del recuerdo despojado y con frecuencia desprovisto de intermediación. Y donde se dice discurso, podríamos decir literatura o mentalidad subjetiva; sujeto, yo. Como las magdalenas no pegan mucho con el mes de mayo, tal vez va siendo hora de que aquí nos centremos en Perec. Entre otras cosas, porque se cumplen noventa años de su nacimiento (París, 1936) y porque Impedimenta, con traducción y edición del gran Eduardo Berti y prólogo de Hervé de Tellier, acaba de recuperar el título que más abiertamente enfoca el asunto entre los libros que enfocan el asunto (que son casi todos) del escritor francés: ‘Me acuerdo’. La obra en la que el polifacético autor de ‘Las cosas’ se inspiró en el proyecto ‘I remember’ de Joe Brainard para dar un nuevo giro a sus indagaciones sobre la realidad: la composición de 480 recuerdos breves (la mayoría de ellos encabezados por la frase ‘Je me souviens’, es decir, ‘me acuerdo’) compuestos como un cajón de sastre en el que cabe todo lo que contempló durante un periodo de su vida, de marcas de cigarrillos, a hechos políticos, canciones y lugares de París. Una serie de píldoras que constituyen no sólo un evidencia adictiva y magistral de los mecanismos que intervienen en el proceso de la invocación, sino también de la literatura, imponiéndose con todos los altercados que definen la experiencia narrativa a través de la exposición de lo más elemental. Perec se acuerda de plazas, protestas, momentos y con ello confecciona una cápsula de tiempo en la que sobrevive toda una generación. Con el ensalmo primordial de todo hecho literario que conlleva el insuflar vida a acontecimientos y detalles que en muchos casos hace años que dejaron de existir.
La edición de Impedimenta, con su generoso aparato de notas, da muchas pistas para entender las referencias a las que alude Perec, que, no obstante, también funcionan en su engranaje de partículas literarias sin necesidad de explicación. El autor de ‘Especies de espacios’, miembro del Grupo Oulipo, y aficionado irredento a todo tipo de juegos verbales, fue un maestro para esta clase de sortilegios, a pesar de su compromiso de no escribir jamás ningún libro que se pareciera a otro. Decía su amigo Calvino que Perec no se parecía a nadie. Y sigue sin parecerse, con permiso de epígonos e imitadores. Tampoco en su manera de abordar un drama, el de la desmemoria, que tenía muy presente por su ascendencia judía y su atrabiliaria infancia (padre fallecido en la Segunda Guerra Mundial, madre aniquilada en el Holocausto, toma de conciencia tardía de su identidad). Lo fascinante en su caso es que, en su afán por la escritura ambulatoria, las clasificaciones obsesivas y la exploración de las fronteras en la que confluye la literatura con lenguajes aparentemente poco afines como las matemáticas, lejos de ensimismarse en justificadas solemnidades, dignifica la aparente banalidad del recuerdo situándola en ese limbo a menudo difícil de discernir que separa la vida personal de la deriva colectiva. Con todos sus rótulos y aparejos. Una vez escuché la historia de un botánico que estuvo a punto de morir despeñado y que, en su agonía, en lugar de ver el rostro del misterio o de Dios, tuvo la desconcertante visión de contemplarse a sí mismo pidiéndole «unas cocacolillas» en un bar de Granada al exjugador de fútbol Samuel Eto’o. En eso quizá consista la literatura. En eso quizá consista la memoria y la percepción.
— Lucas Martín, La Opinión de Málaga, 10 de mayo de 2026

