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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La muerte suele imaginarse como un instante de claridad. En las ficciones, quienes se encuentran al final de la vida pronuncian una frase definitiva, resuelven viejas heridas o dejan a los suyos una última enseñanza. Gueorgui Gospodínov desmonta esa imagen en El jardinero y la muerte, el libro con el que convirtió la enfermedad de su padre y el duelo posterior en una meditación sobre el amor, la memoria y la desaparición.

“Uno piensa que en esos últimos días de la vida se dicen las palabras más sabias, se dejan legados, se habla de la esencia misma de las cosas… Pero el dolor arrasa con todo”, escribe el autor búlgaro. No hay solemnidad en la habitación del enfermo. Hay pañales, somníferos, parches de opioides, hemorragias y un cuerpo que concentra toda su energía en resistir durante unos minutos más.

Publicada originalmente en 2024 y traducida al castellano por María Vútova para Impedimenta en 2025, la obra reconstruye los últimos meses del padre del escritor mediante capítulos breves, recuerdos familiares y reflexiones fragmentarias. No es únicamente un libro sobre la muerte, sino sobre la tristeza que provoca contemplar cómo una vida se retira poco a poco.

El dolor impide convertir la muerte en una ceremonia

La frase de Gueorgui Gospodínov enfrenta dos maneras de mirar los últimos días. Desde fuera, se espera que la proximidad de la muerte elimine todo lo superficial y permita acceder a una verdad desconocida. Desde dentro, en cambio, la enfermedad impone su propio lenguaje: el del cuerpo que duele, la respiración que se complica y las horas que deben atravesarse una detrás de otra.

El dolor físico no concede necesariamente mayor sabiduría. Puede reducir el mundo hasta dejarlo limitado a una punzada, una postura soportable o el tiempo que falta para la siguiente dosis. La urgencia ya no consiste en comprender la existencia, sino en aliviar durante unos instantes aquello que la hace insoportable.

Gospodínov llega incluso a imaginar que ese sufrimiento cumple una función terrible. Tal vez el dolor, escribe, facilite la despedida porque desplaza el miedo abstracto a la inexistencia. La muerte deja de ser un vacío metafísico y se convierte en una salida concreta: cuando seguir viviendo duele demasiado, morir puede parecer menos aterrador.

En la página fotografiada, la reflexión desemboca en un detalle íntimo: su padre no se quejaba. Apretaba los dientes e intentaba no molestar. Ese gesto contiene una forma de educación sentimental propia de muchas generaciones, especialmente de hombres acostumbrados a identificar la dignidad con el silencio y la fortaleza con la capacidad de soportar.

El enfermo trata de proteger a quienes lo cuidan incluso cuando ya no puede protegerse a sí mismo. Oculta el sufrimiento, minimiza sus necesidades y teme ocupar demasiado espacio en la vida de sus hijos. La enfermedad altera así las posiciones familiares: el padre que antes sostenía a los demás pasa a necesitar ayuda para las tareas más elementales.

El jardinero y la muerte nace precisamente de esa inversión. El hijo acompaña, observa y escribe mientras contempla cómo desaparece la figura que durante toda su infancia parecía más alta, fuerte y estable que cualquier otra. El libro se convierte en la conversación que quizá no pudieron mantener cuando todavía quedaba tiempo. En una entrevista reciente, el propio autor describió la obra como esa conversación pendiente y vinculó su escritura a la vulnerabilidad, la memoria y la necesidad de preservar lo que está a punto de extinguirse.

La literatura no vence a la muerte, pero conserva una vida

Gueorgui Gospodínov no utiliza la literatura para corregir lo sucedido. Su padre muere y ninguna metáfora puede impedirlo. Escribir tampoco limpia la habitación, elimina el cáncer ni devuelve al enfermo la voz que tenía antes de que el cuerpo comenzara a fallar.

Lo que sí puede hacer un libro es rescatar detalles condenados a desaparecer: una frase repetida durante años, una forma de caminar, el cuidado de las plantas o la manera en que un padre apretaba los dientes para que nadie supiera cuánto le dolía. La literatura no resucita, pero se opone al borrado completo.

De ahí surge la imagen central de la obra: “Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. El hombre que cultivaba la tierra termina incorporado simbólicamente a ella. El jardín deja de ser únicamente el lugar en el que trabajaba y se convierte en una forma de continuidad. Las flores, los árboles y los recuerdos mantienen abierto un vínculo que la muerte no consigue cerrar por completo.

La ausencia que ocupa todo el espacio

El duelo está lleno de contradicciones. Quien ha muerto ya no está en ninguna parte y, al mismo tiempo, aparece en cada objeto, cada habitación y cada hábito. La ausencia pesa porque ocupa el lugar exacto en el que antes existía una presencia cotidiana.

En ese sentido, El jardinero y la muerte trasciende la historia personal de Gueorgui Gospodínov. El padre concreto del escritor termina representando a todos los padres que envejecen, enferman y desaparecen; también a los hijos que descubren demasiado tarde que quienes parecían formar parte permanente del mundo eran tan vulnerables como ellos.

La frase sobre el dolor rechaza el consuelo fácil de las despedidas perfectas. En los últimos días no siempre hay revelaciones, reconciliaciones ni palabras memorables. A veces solo queda sostener una mano, administrar una medicina o permanecer junto a alguien mientras el cuerpo se apaga. Quizá el legado no se pronuncie al final porque llevaba toda una vida siendo entregado.

—David Lorao