La autora rusa estará este viernes, 3 de julio, en La Mar de Libros de Los Alcázares, para hablar de sus obras distópicas, que cortan como cuchillas
Periodista, guionista y exiliada de Rusia desde 2022, Anna Starobinets (Moscú, 1978) es sobre todo una escritora de obras distópicas que cortan como cuchillas y dejan al lector al borde de realidades abismales. Este viernes 3 de julio estará a las 19.30 horas en el balneario La Encarnación, de Los Alcázares, dentro del 12 festival La Mar de Libros, que organiza LA EcoCultural. Las últimas obras han sido traducidas al español y publicadas por Impedimenta.
–La han coronado como reina del terror ruso, ¿es más una corona o una jaula?
–Es una etiqueta muy gráfica y fácil de recordar. Al principio me ayudó muchísimo, y me gustaba ser una reina, aunque fuera la reina del terror. Al fin y al cabo, mi libro debut, ‘Una edad difícil’, era casi un homenaje a Stephen King. Sin embargo, todos mis demás libros contienen elementos de lo terrorífico, pero son mucho más amplios que el terror. Durante un tiempo, la corona pesaba y se parecía más a una jaula. Ahora siento que la etiqueta ha caído. La he superado, y ya no me estorba. Es más un recordatorio de dónde empecé.
–¿Qué le genera miedo de verdad? No el miedo literario, el otro.
–No me asustan las amenazas externas. Las personas agresivas, las situaciones peligrosas, los insectos venenosos, los desastres naturales, las guerras: todo eso, de forma natural, me genera ansiedad y me obliga a reaccionar con rapidez, pero no me llena de ese miedo profundo y visceral. Lo que siento es tensión. En esas situaciones, conservo cierta ilusión de control: tal vez pueda negociar, fingir, escapar o enfrentarme al peligro de frente.
Las situaciones que de verdad me asustan son las amenazas que vienen de dentro. Una enfermedad incurable, propia o de alguien querido, como una mutación incontrolable del cuerpo. La pérdida de la razón, la locura como una mutación incontrolable del alma, la destrucción de la identidad de una persona, una transformación en alguien irreconocible, casi como un hombre lobo.
Muchas de mis historias tratan sobre este miedo. Para mí, no es en absoluto un miedo literario.
–Ahora que todo tiene apariencia de ficción, ¿es la ciencia ficción el nuevo realismo?
–Para mí, la ciencia ficción siempre ha sido una forma de hablar metafóricamente de la realidad. La ficción especulativa es un medio, no un fin. Sinceramente, creo que siempre ha sido así.
‘Flores para Algernon’, de Daniel Keyes; ‘Corazón de perro’, de Mijaíl Bulgákov; ‘El proceso’, de Franz Kafka: formalmente, son obras de ficción especulativa: experimentos científicos para potenciar la inteligencia humana, el trasplante de parte del cerebro de un perro a un proletario alcohólico, el surrealismo opresivo de un Tribunal inescrutable. Y sin embargo, todos entendemos que son algo muy distinto: una desgarradora parábola sobre el declive inevitable de la mente y el terror de perderse a uno mismo en la oscuridad; una alegoría de las consecuencias de la Revolución de Octubre en la Unión Soviética; y una visión distópica de la impotencia del individuo frente al Sistema.
«Las situaciones que de verdad me asustan son las amenazas que vienen de dentro»
–Si la propia realidad parece irreal, ¿cuál es el reto para quien cuenta historias hoy?
–El reto es el mismo de siempre: ser un demiurgo. Crear un mundo en el que el lector crea por completo. Un mundo tan vívido que, mucho después de terminar el libro, los lectores lo recuerden con la misma claridad con la que recuerdan lugares reales que han visitado.
–Su obra ‘Tienes que mirar’ le costó duros ataques en Rusia. ¿Descubrió en ese libro el poder de la no ficción, o prefiere destilar la verdad a través de la novela?
–El poder de la no ficción nunca ha sido una revelación para mí. Trabajé muchos años como periodista, así que siempre he sabido lo que puede hacer. La no ficción es un asalto frontal: fuerza directa y sencilla, un golpe certero, palabras usadas como armas. Ese no es mi enfoque preferido. Prefiero mucho más el poder sutil, hermoso e indirecto de la ficción, que deja al lector espacio para la imaginación y el pensamiento independiente. Pero con ‘Tienes que mirar’ no tuve elección. No se puede combatir un sistema médico punitivo y la humillación con alegorías.
–¿Qué escritores la han acompañado a lo largo de su evolución como escritora?
–De la tradición rusa: Gógol, Bulgákov y Dostoievski. Su espíritu oscuro me acompañó desde que tengo memoria. De la tradición anglosajona, Ray Bradbury tuvo en mí un impacto profundo. Leí sus relatos a los diez años, y me asombraron porque cada uno es como una semilla de la que puede brotar todo un mundo. Después está Philip K. Dick y ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’; George Orwell, con sus sombrías profecías; y Stephen King, con su extraordinario don para sembrar la larva del auténtico terror, el que hiela la sangre, en la banalidad de lo cotidiano. También me influyó la tradición latinoamericana del realismo mágico: Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, y su capacidad para borrar por completo la frontera entre la realidad y el milagro, entre la vida y la muerte.
«Estoy explorando, con entusiasmo, el paisaje cultural y social tan rico de España»
–¿Cómo asume la nueva identidad literaria que le da el exilio?
–Intento verlo como una nueva oportunidad. Siento que puedo vivir no una vida, sino varias. Como si me hubiera convertido en otra persona. Cuando vivía en Georgia, me sumergí con gran curiosidad y deleite en su mitología y su folclore. Ahora estoy explorando, con el mismo entusiasmo, el paisaje cultural y social tan rico de España. Y todo eso terminará encontrando su camino hacia mis futuras historias. Los escritores somos ladrones: lo robamos todo y lo llevamos a nuestros libros.
–¿Dónde encuentra refugio una disidente?
–Mi cuerpo físico se siente genial en España. Mi alma hace tiempo que encontró refugio en los mundos que invento. Creo que casi todos los escritores practicamos este tipo de escapismo.
–Ha logrado transformar experiencias de dolor en creaciones literarias extraordinarias, ¿le ayuda a seguir adelante?
–No utilizo la escritura como una forma de psicoterapia. Escribir ‘Tienes que mirar’ fue una carga pesada, algo que sentí como una obligación moral. No me trajo ningún alivio.
Cada uno de mis otros libros, en cambio, es una fuente de alegría. Escribir siempre ha sido un placer para mí, incluso cuando escribo sobre cosas terroríficas.
¿Cómo ve la ola de literatura de terror distópico escrita por mujeres? ¿Se ha abierto por fin la puerta de ‘una habitación propia’, como la imaginó Virginia Woolf, con todos sus demonios incluidos?
Dentro de lo que llamamos ficción especulativa escrita por mujeres, en los últimos años he ido descubriendo perlas negras extraordinarias. Ahora mismo leo ‘The Book of Love’, de Kelly Link, y me parece magnífico. Sí, creo que las mujeres por fin hemos logrado abrir esa puerta. Y ahora estamos explorando y describiendo los antiguos demonios que llevaban esperando detrás de ella.
¿Qué distopía, de las que enfrenta hoy la humanidad, le da más miedo?
La división generalizada del mundo en ‘nosotros’ y ‘ellos’, en quienes tienen absolutamente la razón y quienes están absolutamente equivocados. La rápida transformación de un mundo complejo, multicolor, lleno de innumerables matices, en una construcción primitiva en blanco y negro, sin matiz alguno, que funciona con la lógica de los tiempos de guerra.
—Alexia Salas

