El escritor ruso, exiliado en Suiza, publica «El cabello de Venus» (Impedimenta), una novela que convierte el lenguaje en territorio de disputa.
En las oficinas de asilo, la seguridad de una persona depende de las palabras; de cómo se cuentan las historias; de cómo se traducen. Mijaíl Shishkin lo sabe bien: durante años trabajó como intérprete para solicitantes de asilo en Suiza, escuchando relatos atravesados por la violencia, la pérdida y el desarraigo. De esa experiencia nace El cabello de Venus (Impedimenta), una novela que convierte el lenguaje en territorio de disputa. Hoy, convertido en uno de los escritores rusos más relevantes de su generación y en una voz crítica con el régimen de su país, Shishkin defiende que la lengua no pertenece a ningún poder: pertenece a quienes la mantienen viva. A partir de esa convicción, reflexiona sobre literatura, exilio y el lugar de la cultura en tiempos de convulsión.
En El cabello de Venus, el narrador escucha y traduce las historias de los solicitantes de asilo. Usted mismo desempeñó este trabajo. Después de haber conocido tantas experiencias marcadas por la violencia, la pérdida y el desarraigo, ¿qué descubrió sobre la condición humana y sobre la capacidad del lenguaje para contener esas andanzas?
Esta experiencia de trabajar como intérprete en entrevistas con solicitantes de asilo es profundamente importante para cualquier persona, y más aún para un escritor, pues supone un encuentro con el dolor humano y con el reverso trágico y brutal del mundo. En la actualidad, soy un emigrado político, porque mi país me ha declarado su enemigo, pero fueron cuestiones familiares las que me impulsaron en un primer momento a trasladarme a Suiza. Mis amigos escritores solían bromear conmigo diciéndome cosas como “¿sobre qué vas a escribir en la tranquila Helvetia, «de chocolate»? ¿Sobre un tranvía que llega tarde?” Por supuesto, ellos tenían toda la razón. Un escritor ruso necesita historias de horror rusas, necesita esa presión que su país ejerce sobre los escritores y que no es fácil de explicar, pero nace del cielo plomizo, del poder gubernamental, de una sociedad que muestra su brutalidad; incluso del peso de los autores que te precedieron: procede de Tolstoi, Chéjov o Bunin y de todos los grandes narradores y poetas que plasmaron sus historias en ruso. Pero, sobre todo, lo que más importa a un escritor son las historias rusas reales y vivas, y las tragedias humanas, precisamente lo que había perdido y recuperé cuando encontré el puesto de intérprete en un centro de acogida de refugiados. El trabajo es malo, pero necesitaba dinero para mantener a mi familia. Mi tarea consistía en traducir historias interminables de personas que habían vivido tragedias y, emocionalmente, era muy difícil de soportar; algunos intérpretes, de hecho, no pueden soportar la presión y acaban abandonando. Para mí fue más una señal del cielo diciéndome que esto era exactamente lo que necesitaba para una novela.
En su novela combina diálogos, cartas, fragmentos de diario y narrativa en tercera persona, creando un tejido híbrido que multiplica las voces y perspectivas. ¿Por qué se decantó por una estructura tan compleja para narrar una historia tan universal?
Yo diría, más bien, que la novela está construida de una manera muy simple. Comienza con diferentes voces y después ese coro se fusiona en un todo único: una respiración humana viva y cálida. Tal vez todas las obras de arte, ya sean escritas, pintadas o representadas tratan sobre lo mismo: cómo encontrar, en este cosmos congelado, una manera de calentar tanto nuestro cuerpo como nuestra alma. Los libros, la pintura y la música hacen posible que la sabiduría y la calidez no desaparezcan, sino que permanezcan en la tierra y se transmitan de una persona a otra, acompañándola y dándole calor a lo largo de la vida. Todas las generaciones de escritores en realidad siguen escribiendo la misma novela, cuyo tema central es la búsqueda de la superación de la muerte a través del amor a la palabra. En esencia, de eso trata el Evangelio. Las palabras, como las personas, envejecen, se desgastan y mueren. Por eso, para que la novela reviva debe escribirse de nuevo, hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de contar la historia.
En El cabello de Venus no parece tan importante quién cuenta las historias como la propia historia en sí.
A veces resulta prácticamente imposible verificar si las historias que cuentan los solicitantes son verdaderas o no. De hecho, la tarea de los funcionarios es detectar las incoherencias del relato. Al final lo verdaderamente importante es la historia y las palabras, las cuales se convierten en realidad y deciden el destino de la persona. “Somos lo que decimos”. Pero eso es precisamente la literatura: las bellas letras tratan de hacer desaparecer la distinción entre realidad y el relato de la realidad. Las palabras crean la realidad, una que además no borra el tiempo. Las personas se van, pero las palabras permanecen. El autor es, en el fondo, un traductor de la realidad al lenguaje del lenguaje. Todo lo importante en este mundo sucede en un nivel más allá de las palabras. Recuerdo cómo, la primera vez que quise declarar mi amor, me acerqué a una chica de nuestra clase, abrí la boca… y me quedé petrificado. Me paralicé literalmente, porque por primera vez sentí con intensidad absoluta que las palabras no pueden expresar nada. No había palabras que pudieran transmitir lo que sentía, y las palabras que existían ya estaban muertas, descompuestas y olían mal. Las palabras son traidoras. No se puede confiar en ninguna de ellas. Un escritor toma conciencia de la inutilidad de las palabras, con la constatación de que es imposible transmitir con palabras lo que existe más allá de ellas. Hay una escasez catastrófica de palabras, y las que existen están tan gastadas, sobadas y manoseadas que significan cualquier cosa menos lo que deberían significar. Es como si la gente no hablara, sino que jugara a las cartas con palabras – lanzándolas como cartas grasientas y muy usadas en un juego interminable-.
Bueno, yo creo que la lengua rusa es una de las más ricas…
En nuestra escuela, bajo el retrato de Iván Turguénev, colgaban sus famosas palabras en la pared: «¡Oh lengua rusa, grande y poderosa!». En realidad, mi lengua —como probablemente cualquier otra lengua del planeta— no es rica en absoluto, sino profundamente pobre. El lenguaje se ha agotado, como la pasta de dientes que se exprime de un tubo. Solo un verdadero escritor puede resucitar palabras muertas, devolverles la vida, para que uno pueda declarar su amor tanto a una chica como al mundo de Dios. Y aquí no son las palabras en sí lo que importan, sino el espacio que hay a su alrededor. Ese espacio debe llenarse de uno mismo, de los seres queridos, de la propia calidez, el dolor y la alegría; y solo entonces las palabras pueden arraigar en ese espacio y cobrar vida. Un escritor es alguien que toma, sin elegir, la lengua que le ha sido dada —la más pobre, la más débil— y la convierte en grande y poderosa. ¿Y cómo hacerlo?… ¡Quién demonios lo sabe!
Las historias míticas de distintas culturas pueblan la novela y conviven con los relatos contemporáneos de refugiados y exiliados. ¿Escribir sobre estas historias míticas es una forma de salvaguardar la memoria colectiva?
La memoria colectiva de la humanidad es lo que llamamos cultura mundial. ¿Qué otra cosa une con tanta fuerza a las generaciones? Ante todo, la palabra, la cual mantiene la conexión entre nosotros, con quienes nos precedieron y con quienes vendrán después. El mundo de la cultura —donde podemos incluir mitos, arte, literatura, música— es un mundo genuino e integral, porque es el único espacio donde no existe la muerte. Por eso leemos libros, asistimos a conciertos: para experimentar esos momentos de inmortalidad que compartimos con Ludwig van Beethoven y Serguéi Rajmáninov, León Tolstói y James Joyce. La llamada «realidad real» no puede trasladarse sin más a un texto. La realidad real está muriendo a cada instante. De hecho, es inasible. La verdadera prosa, en cambio, es una realidad completamente distinta; existe según leyes totalmente diferentes, según las cuales permanece viva incluso después de la muerte del autor. El arte es una especie de máquina que elimina la muerte de la realidad. Dentro del arte, todo parece igual —calles, personas, atardeceres—, pero la diferencia es que ese mundo nunca termina. Aquel que estuvo en la cruz murió hace mucho tiempo, pero miras los frescos de Giotto y todo está sucediendo ahora y seguirá sucediendo siempre. El arte hace tiempo que dejó de ocuparse tanto de la “realidad”, tan frágil y efímera como los seres humanos, y en su lugar trabaja con una realidad acumulada a lo largo de generaciones —transformada, arrancada del flujo de la muerte—: la realidad de los mitos, las pinturas, los libros, las películas y la música. Diarios, notas, memorias, cartas: todo ello es vida registrada; es un espacio que ya no está sujeto a la destrucción.
¿La separación del país de nacimiento y la distancia cultural afectan solo a la identidad o también a la manera de pensar y de contar historias?
Existe una creencia muy extendida según la cual un escritor ruso no puede vivir sin su lengua y que en tierra extranjera estará inevitablemente atormentado por la nostalgia. Creo que esta idea fue difundida por gobernantes tiránicos que no querían dejar marchar a los escritores, creían que serían más fáciles de controlar teniéndoles cerca. Una obra maestra de la literatura rusa como lo es Almas Muertas de Nikolái Gógol fue escrita entre Roma, Suiza y París. Creo que no importa dónde viva un escritor. De hecho, considero que debe en algún momento de su vida alejarse de su país y de su lengua, ya que solo entonces empezará a verse a sí mismo y a su tierra natal en el espejo. Una perspectiva externa siempre ayuda a comprender tanto a tu país como a ti mismo. Para mí, fue importante salir de Rusia, donde la vida cambia a una velocidad increíble y la lengua no se queda atrás. La salida de allí me ayudó a comprender que no debía perseguir un tren que ya se ha ido, sino crear mi propio lenguaje, uno que, en la medida de lo posible, permanezca siempre fresco y vivo, incluso tras mi muerte.
¿Cómo está viviendo la situación actual de su país con Ucrania?
Las personas que tienen el poder en mi país están convencidas de que poseen el monopolio de todo: del territorio, de la población, del idioma… Consideran esclavo a todo aquel que habla ruso y de su propiedad los territorios donde el idioma es común. Los escritores, entre los que me encuentro, somos enemigos del régimen porque hemos abrazado la libertad y hemos destruido ese monopolio del poder. En Rusia, se enseña desde el jardín de infancia a “pensar en formación”; los librepensadores o los “listillos” que hacen preguntas a los profesores no suelen gustar. De hecho, cuando terminan la educación obligatoria, de una u otra manera, la mayoría de los hombres acaban alistándose en el ejército, donde continúan ese proceso particular de “educación sentimental” a la rusa. Es la fase final que los consolida como esclavos, y se les encomienda transmitir esta mentalidad a sus familiares. Para terminar con este círculo vicioso, primero se debería hacer una reforma integral del sistema educativo. El imperio solo espera de la literatura que cultive la conciencia de los individuos y los convierta en lo que la élite gobernante considera un buen patriota, es decir, seres obedientes y dispuestos a morir por la patria, cuando en realidad dan su vida por el dictador y la dictadura. Antón Chéjov se encargó de reorientar la literatura rusa hacia el futuro, enseñando al ser humano a priorizar el valor de la dignidad humana sobre el amor por el zar y la patria. De ahí que el objetivo de la literatura rusa verdaderamente libre haya sido el cultivo del pensamiento crítico en los lectores.
No parece que en la actualidad vaya por ese camino…
Siempre hemos perdido esta batalla. Y ahora la hemos vuelto a perder: la oscuridad cae sobre Rusia, la cultura está siendo destruida en el país, y sus representantes culturales que permanecen solo tienen dos opciones: entonar canciones patrióticas o guardar silencio. La cultura siempre acaba siendo derrotada cuando hay ejecuciones de por medio o se envían a los artistas al gulag. Antón Chéjov, Serguéi Rajmáninov, Marina Tsvetáieva y Borís Pasternak, todos ellos perdieron. Estoy en buena compañía. Aunque se pierda, nunca debemos rendirnos.
En el contexto de la guerra con Ucrania, muchos escritores e intelectuales rusos se han visto obligados a tomar posiciones difíciles: unos han decidido desafiar la narrativa del Kremlin, mientras que otros captan su postura. ¿Cómo calificaría el papel de la intelectualidad rusa en estos momentos?
Si no se puede salvar el territorio, al menos tratemos de salvar la cultura. Y eso haré: mientras viva defenderé la dignidad de mi lengua. Cuando estalla una guerra, los proyectiles son más necesarios que las novelas, pero cuando, tarde o temprano, los cañones callen, la lengua y la cultura volverán a ser necesarias. De ahí que preservar la dignidad de la lengua rusa sea una labor de gran importancia, pues pertenece a la humanidad y no a dictadores ni criminales. El vasto abismo que se ha abierto entre Ucrania y Rusia está lleno de muerte, dolor y odio, y cada misil ruso que golpea un edificio residencial ensancha aún más ese abismo. Sin embargo, cuando este horror termine, los puentes volverán a tenderse y, probablemente, serán las futuras generaciones de escritores e intelectuales quienes pongan los primeros estribos.
Parece que esta guerra supone un punto de inflexión bastante grande.
Estamos siendo testigos de una transformación verdaderamente global en torno a Rusia: la asociación entre territorio y cultura se está desquebrajando, y parece que lo hace de una forma profunda y duradera. Se está produciendo una transición de la “literatura rusa” a “literatura en lengua rusa”. Escritores de otros países del mundo expresan su mundo interior en ruso sin ser rusos, y el resultado no es literatura rusa, sino su propia literatura en ruso, como parte de la cultura mundial. La vida literaria en lengua rusa en los países de la nueva diáspora debe reconstruirse desde cero. Necesitamos encontrar formas de apoyar nuevas editoriales independientes, revistas, traductores, premios literarios…
¿Hay alguna iniciativa a la vista?
El año pasado fundé, junto a unos amigos suizos, expertos eslavistas, el Premio Dar. Este nuevo galardón no trata de convertirse en una suerte de premio ruso o de literatura rusa, sino que busca impulsar y dar visibilidad a las obras que hagan repensar toda la experiencia de la lengua rusa, es decir, un intento de descubrir nuevos enfoques literarios y de vida literaria que supere los marcos estatales arcaizantes. Es un premio para los autores que leen y escriben en ruso sin importar el pasaporte o el país donde residan. La lengua rusa no es la propiedad de ningún dictador, sino que pertenece a la cultura universal. Queremos preservar una creación literaria más libre, darle la oportunidad de un nuevo comienzo y, sobre todo, apoyar a los autores jóvenes, quienes suelen ver muy limitada la traducción de su obra en editoriales occidentales. Con nuestro premio queremos que los discursos sobre posimperialismo y descolonización no se queden solo en bonitas palabras; queremos darles un sentido práctico, llevarlo a la realidad. Es la hora de crear un nuevo tipo de cultura en lengua rusa inédita hasta ahora, una cultura libre de la maldición del terruño y del “patriotismo” ruso. Por eso, es importante que escritores de todos los países —desde Bielorrusia y Polonia, pasando por Israel y Alemania, hasta Kazajistán y Georgia— presenten sus obras a este premio literario, al igual que es importante que escritores ucranianos que publican en ruso, así como aquellos que lo hacen en editoriales ucranianas, lo hagan también. La “cancelación” de la literatura contemporánea en lengua rusa ha ocurrido de forma “natural”. Durante las dos últimas décadas, se tradujeron muchísimos libros del ruso, en gran medida porque Moscú concedía subvenciones para la traducción. Sin embargo, con la actual situación, el Estado no va a financiar a autores opositores a la guerra. Muchas voces noveles se enfrentan a un muro que debe ser derribado: el de la traducción.
—David Valiente

