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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Hay casas donde el aire pesa no por lo que se dice, sino por el volumen de aquello que se calla. Para ofrecernos un ejemplo, Ioana Maria St?ncescu nos invita en Primero llega el silencio a cruzar el umbral de un hogar rumano habitado por una “matrioska de generaciones”: la abuela Victoria, la madre Nina y la protagonista Dora, a las que se suma su hija adolescente Flavia. La novela podría definirse como una genealogía de mujeres, y de “hombres que desaparecen”, que han aprendido a vivir sin hacer ruido y a callarse ante todo en una soledad que, a veces, huele a pescado y sabe a vómito. La narrativa de St?ncescu rompe con la frialdad para sumergirnos en el “ángulo muerto” de la feminidad contemporánea. De hecho, Dora –atrapada en la asfixia de la pandemia y en una relación de pareja que terminó en divorcio– busca refugio en la fantasía de un amor online con Toma, un médico de Bra?ov. Es una huida hacia adelante, un intento de llenar ese vacío que quema por dentro y que su madre, Nina, siempre ha preferido ignorar. Y es que, para ella, y como para tantas otras madres de esa generación, el dolor emocional no requiere palabras, sino más bien una dosis de paracetamol. El libro es una caja de resonancia donde el silencio no es ausencia de sonido, sino un lenguaje propio: es el zdr?ng?nea (la molesta insistencia de los ruidos cotidianos que quiebran el silencio tenso de la casa familiar), el humo de un cigarrillo Kent que adormece el lastre interno y el chirrido de un carrito de muñecas que evoca un tiempo que se evaporó en un abrir y cerrar de ojos. St?ncescu explora con una honestidad brutal esa herencia invisible de “la voz” que las mujeres se transmiten unas a otras, una forma de vivir para siempre… mientras que los hombres parecen solo transmitir su nombre. Lo que hace que esta obra sea tan bella y necesaria es la capacidad de su autora para retratar la vulnerabilidad sin victimismo. De esta forma, los hombres son “los grandes ausentes”, figuras que bajaron las escaleras con una maleta o que murieron junto a las vías del tren, dejando tras de sí un arsenal de preguntas sin respuesta. Pero en este tribunal de mujeres solitarias, es Dora quien prefiere mantenerlo en el terreno de la fantasía para evitar enfrentarse a la realidad, aunque es el cambio de actitud de su propia madre lo que propicia que se rompa el círculo de silencio familiar. Leer esta novela es algo así como reconocerse en los gestos pequeños; en la forma en la que una mujer se instala en un espacio nuevo como quien construye un nido, o incluso en el miedo a que la felicidad sea efímera. Primero llega el silencio no solo es una historia sobre traumas y grietas familiares, es una promesa de que, tras el silencio más denso, siempre existe la posibilidad de un nuevo comienzo si nos atrevemos a poner las cartas sobre la mesa. Es, en definitiva, un abrazo literario para cualquiera que alguna vez haya gritado sin voz esperando que el hilo invisible que nos une a los nuestros empiece, por fin, a vibrar sin censura alguna.

—Guadalupe Marugán Jiménez