Ya hemos dicho otras veces que la recuperación de un escritor de la talla de Walter Tevis es un acto de justicia literaria. Y que, además de una buena noticia, supone una oportunidad para que el público generalista se familiarice con este clásico aún por descubrir. Fallecido hace casi medio siglo, Tevis fue un escritor enorme; entretenidísimo, con mucho tirón, solvente en varios registros y más profundo de lo que parece. Sin duda, uno de los tapados de las letras estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX, siendo su caso especialmente paradójico. El ejemplo perfecto del artesano eclipsado por el éxito que otros obtuvieron a su costa; del escritor parasitado por el cine, que ve cómo su nombre languidece mientras las adaptaciones de sus novelas gozan de gran popularidad. Debutó a lo grande con El buscavidas (1959) pero, para entonces, ya se había fogueado como cuentista en Esquire. Durante las siguientes dos décadas publicó a buen ritmo novelas y relatos en los que, invariablemente, alcanzaba un gran nivel, textos que deberían haberle situado en una posición más preeminente. Pero ni sus muchísimos méritos ni esa especie de celebridad indirecta bastaron para que alcanzara la repercusión que merecía. Injustamente encasillado, se quedó en figura semisecreta, casi de culto. A nivel internacional, su reciente redescubrimiento se debe a una serie de Netflix. Y en nuestro mercado, a la apuesta (nunca mejor dicho tratándose de Tevis) de Impedimenta, que lleva desde 2022 traduciendo su obra. Primero, algunas de sus incursiones en la ciencia ficción dura (Sinsonte, Las huellas del sol). Después, su novela más famosa, reconvertida por Robert Rossen en uno de los hitos del cine negro. Y, ahora, mientras esperamos a que se publique lo restante (El color del dinero, Gambito de dama, El hombre que cayó de las estrellas), nos llega esta recopilación de relatos. Toda su producción recogida en El rey ha muerto, un título muy oportuno que traduce literalmente el ajedrecístico ‘jaque mate’. Un volumen que sintetiza el dominio y la versatilidad de este escritor todoterreno, capaz de brillar en varios registros. Enseguida advertimos que su narrativa breve es coherente con sus trabajos de más largo aliento. Los temas son un poco los mismos, como también lo es el leve toque pulp o la explotación casi obsesiva de eso que llamamos la épica de los perdedores. Son veinticinco relatos, que se podrían agrupar en dos o tres grandes grupos. Por un lado, los ‘realistas’, articulados a partir de sus dos grandes pasiones. Por otro, los fantásticos y de ciencia ficción. Los primeros se ambientan alrededor de salones de billar, desafíos de ajedrez, jugadores compulsivos con un componente enfermizo que los empuja a competir como si les fuera la vida en ello, como si en vez de a un rival random se estuvieran enfrentando a su destino. El editor lo resume perfectamente en el prólogo: “Tevis escribió sobre el talento y su desgaste, sobre el fracaso (…), sobre la adicción, la disciplina y sobre esa forma muy americana de intemperie moral que no necesita épica para resultar trágica”. Defensa siciliana Uno de los más representativos (y mejores) es el que titula el volumen, donde un convicto acaba encontrando en el tablero algo aún más poderoso que la redención, una herramienta con la que restituir parte de la ética y hasta la estética perdidas por el camino. Los de billar son más directos. Cuentos de planteamiento esquemático para los que apenas necesita una escena, dos o tres personajes y un final efectista. Casi todos recrean el tipo de atmósferas que marcarían sus mejores novelas. Y casi todos acaban alcanzando cierto grado de patetismo. Se centran en timadores de medio pelo, buscavidas, exprofesionales que se hacen pasar por jugadores mediocres para sacarles unos dólares a los incautos… Protagonistas de un tipismo apenas esbozado pero que, de algún modo, prefiguran al inolvidable Eddy Relámpago. Fantástico y especulativo Con un estilo preciso, sobrio y funcional, nos sumerge en ese submundo de apostadores y jugadores de ventaja. Hurga en las miserias de estos pícaros amables de mañas engatusadoras, bajo las que se oculta una naturaleza, a veces, siniestra. Pero El rey ha muerto va mucho más allá del billar o el ajedrez. De hecho, lo mejor de la colección es su variedad casi inagotable. De los veinticinco, más o menos la mitad incluye algún elemento fantástico. Tevis practica una variante del especulativo sumamente flexible, subrayada con rasgos de humor. Tenemos, por ejemplo, un genio de la lámpara y una ballena atascada en una piscina; un crítico literario que vende su alma al diablo en plan Fausto; catástrofes astronómicas; amantes que detienen el tiempo cuando se tocan… Contorsiones argumentales muy bien resultas en las que resuenan ecos de la mejor tradición. O quizá sea justo al revés. Porque, como se ha dicho, casi todas las novelas de Tevis acabaron convirtiéndose en guiones, y bueno, leída esta colección, uno sospecha que algunos de estos cuentos también. El gran rebote, por ejemplo, se parece mucho a Flubber. Y, El otro extremo de la línea prefigura algunos de los giros más singulares y característicos de Regreso al futuro.
—Miguel Artaza

