El imaginario colectivo suele asociar Inglaterra a hitos culturales como Harry Potter, su potente escena de rock o su rica filmografía. Elementos que construyen una imagen reconocible del país, pero que distan de ser la única posible. Basta con desplazar el foco de Londres y de grandes urbes como Manchester o Liverpool —convertidas en mecas para fanas de iconos culturales como The Smiths, Joy Division o The Beatles— para encontrarse con una nación atravesada, también, por realidades menos amables.
En su debut literario, Scott Preston (Windermere, 1991) se detiene en el brote de fiebre aftosa de 2001, una epidemia devastadora para la economía rural británica que supuso el sacrificio de unos diez millones de cabezas de ganado, una cifra inasumible para un entorno ya, de por sí, degradado.
Donde mueren las bestias (Impedimenta 2025) es un título más que apropiado para una historia que comienza, precisamente con el sacrificio de buena parte del rebaño de ovejas de Steve Elliman —o, en realidad, del padre de Steve Elliman—. Asentados en una granja destartalada del norte del país, en un paisaje dominado por páramos húmedos entreverados de verdes y morados, padre e hijo se convierten en víctimas colaterales del virus de la fiebre aftosa. Transmitida a través de carne infectada, la carne causó estragos en el Reino Unido y obligó al gabinete de Tony Blair a tomar una decisión salomónica: sacrificar todo animal que presenta signos de infección.
La medida supuso un duro golpe para la economía del norte de Inglaterra, y es en ese contexto donde Preston imagina un western rural habitado por personajes desesperados: gente corriente convertida, por las circunstancias, en auténticos gánsteres de las colinas. Con una prosa despojada de remilgos pero de un lirismo apabullante, el narrador británico hace brotar de ese suelo yermo —convertido en cementerio para animales enfermos— el crimen más descarnado.
Como si se tratara de una epidemia paralela, Preston despliega una espiral de violencia, robos de ovejas, negocios turbios y peleas clandestinas por la que se desliza sin remedio el joven Steve, incitado por un amigo de la juventud: William Hern, un hombre rudo y sin demasiados escrúpulos. Juntos, fundan una especie de comuna salvaje que pronto muta en banda criminal. Este espacio funciona como coartada literaria para abordar cuestiones tan complejas como la masculinidad y sus carencias, o la ganadería en una tierra baldía.
Preston ofrece un relato hiperlocal repleto de lodo, sangre y silencio. Una novela fronteriza entre el western rural y el realismo sucio, que da voz a una periferia incómoda y que, sin duda, no deja a nadie indiferente.
—Alejandro López

