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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Una democracia en manos del dinero

Libros para hacer más leve la travesía.

Ya estamos otra vez en abril. El mes más cruel, como apuntaba T. S. Eliot en La tierra baldía. El de las celebraciones republicanas, unas celebraciones que en los meses siguientes y hasta el año que viene pasarán -para la mayoría- al más feroz de los olvidos. También era el mes de las lluvias, pero eso era antes, cuando las estaciones llevaban su marcha normal y no como ahora, que sólo existen en El Corte Inglés. Y claro, el mes de abril es sobre todo el de los libros. Algo tuvo que ver Cervantes en la elección de la fecha. En todo caso, aquí está de nuevo la Fira del Llibre. Los jardines de Viveros, en la ciudad de Valencia, se llenarán de casetas y de libros. No sé cuánta gente de la que acude a la feria lee habitualmente. Ojalá que mucha. Pero no sé, qué quieren que les diga. Lo bueno es que, al menos una vez al año, algún libros se llevan a casa para leerlo o, si no, para aliviar la cojera de la cómoda donde destacan las fotos familiares con marco de plata y el mantel bordado por la abuela antes de que Amancio Ortega se levara su costura millonaria a paraísos asiáticos. Paraísos para él, claro está, y no para la pobre gente que se curra un horario inacabable por un sueldo de miseria.

Pero bueno, vayamos a la cosa del libro, que cuando hablo de los millonarios me desboco y pierdo la compostura obligada a la hora de escribir sobre libros que es de lo que se trata en estas páginas. Por ejemplo, hay uno de Ángel Viñas que se titula Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco. Ahí es nada. Ya entonces existía el chollo de los ladrones de guante más sucio que la cara de Broderick Crawford en Deseos humanos. Y para cerrar este primer párrafo, ahora que está de moda la novela policiaca (¡ay, las modas!), una que no es como las demás. Poco que ver con las clásicas de Hammett y Chandler. Más a la europea inglesa (de antes del Brexit, claro). Con unos toques de ironía que la hacen especialmente divertida. Se inventó John Mortimer el personaje Rumpole y aquí tenemos la más reciente aparecida en las librerías: Los casos de Horace Rumpole, abogado. A veces me acordaba de las historias de Camps, del Bigotes y gente parecida. Lo qye pasa es que esos tipejos no me dan risa precisamente sino todo lo contrario.

Empiezo este segundo apartado con poesía. Nada menos que con la Poesía reunida de William Carlos Williams.
Nada menos. Y ya ven qué casualidad: “tú siempre serás abril” es el primer verso de uno de los poemas. Luego la cosa se pone a tono: “nos asimos uno al otro/peligrosa/mente”. La chica era rubia y el chico le enseña a leer poemas. Bueno, ya se sabe que el poeta rompió el lenguaje de la poseía de entonces y le salían historias así de cotidianas. A lo grande. Otro autor antiguo: Malcolm Bradbury. Fue la referencia de otros grandes escritores como Ian McEwan, que por cierto acaba de publicar la novela Cáscara de nuez, tan buena como todas las suyas. Vuelvo a Bradbury y a su reciente Doctor Criminale: un excelente paseo por la Europa de las desideologías retratado con un humor que sabe a vinagre más que a otra cosa. De una tacada, como ya hice hace tiempo en las páginas de Turia, dos libros de espléndidos poemas: Silbando un eco extraño, de Constantino Molina, y Penúltima piel, de José Luis Falcó. Seguro que alguien dirá “y éste por qué mete aquí la poesía si la poesía no la lee ni dios”. Pues sí, pero si he de aplicar la constatación trágica de esa verdad también habría de dejar fuera toda la literatura porque en este país la lectura es algo tan rarocomo que Rato vaya a la cárcel por tocar la campanita con una mano mientras con la otra él y sus secuaces vaciaban las arcas de Bankia estafando a su confiada clientela. Y por por seguir con las estafas, un libro que habla de esa enorme que es la educación que nos vende este capitalismo cada días más cerril: Nos quieren más tontos. La escuela según la economía neoliberal, de Pilar Carrera Santafé y Eduardo Luque Guerrero. Es como aquello de nos venden la moto, de Noam Chomsky, pero en clave de engaño educativo sometido únicamente a las reglas canallas del mercado

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