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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
No disparen al dibujante

Catherine Meurisse fue, durante años, la única chica de la redacción de Charlie Hebdo. El 7 de enero de 2015 se convirtió en una de las pocas supervivientes a la masacre por perder el autobús y llegar tarde al trabajo. Estuvo a punto de no superarlo. Hoy envía sus dibujos a la revista desde algún lugar en el extranjero. Como su compañero Luz, que también se libró de milagro, cuenta cómo se sobrevive a algo así en su última novela gráfica, La levedad, todo un éxito en Francia, que en breve llegará a España.

Decía Virginie Despentes el otro día que después de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París -después de los seis tiroteos y las tres explosiones que acabaron con la vida de 137 personas y provocaron heridas en otras 415- se planteó dejar de escribir. Y no fue la única, dice. Sus colegas, sus colegas escritores, sus colegas músicos, sus colegas creadores, se miraron, de repente, entre sí y se dijeron que qué sentido tenía todo. Qué sentido tenía escribir, componer una canción, pintar un cuadro, cuando ocurrían cosas así. Cuando el mundo había llegado a ese extremo. Pero, pasado un tiempo, se dijeron que no había otra manera de combatir el miedo que abordándolo. Por eso, en la tercera entrega de su primera trilogía, la adictiva y post-crisis -la elegía post-noventas- Vernon Subutex, que llegará a primeros de mayo a las librerías francesas -donde se ha convertido en un auténtico fenómeno, lo que no deja de ser sorprendente, tratándose, como se trata, de una novela protagonizada por un homeless decidido a no ser otra cosa que un homeless porque el mundo ha querido dejarle en la cuneta y a él la cuneta no le disgusta-, no ha podido evitar que los atentados aparezcan. Lo hacen, dice, como telón de fondo a la historia del puñado de encantadores outsiders protagonistas. La suya es una de las muchas maneras en que aquello que le ocurre a un escritor, un pintor, un dibujante, un músico, acaba condicionando aquello que crea.

El caso de Catherine Meurisse es muy distinto. Catherine Meurisse se salvó de milagro de lo que ocurrió precisamente el día en que llegó a librerías la primera entrega de Vernon Subutex: el 7 de enero de 2015. La noche anterior, Catherine no había pegado ojo. El tipo con el que salía, un tipo casado, había llamado aquella misma tarde para decirle que lo suyo se había acabado. Que tenían que dejarlo. Que había llegado el momento de que se centrara de una vez en su familia. Catherine no podía creérselo. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que sonó el despertador, y, como suele ocurrir en estos casos, fue entonces cuando se durmió. No demasiado, pero sí lo suficiente como para perder el autobús y llegar tarde al trabajo. El trabajo al que Catherine llegaba tarde era su trabajo en Charlie Hebdo, y el día en que estaba llegando tarde era el día en que un grupo de tipos armados hasta las cejas entraron en la redacción de la revista y acabaron con 12 personas. Es decir, que prácticamente acabaron con todo el equipo de redacción, con todos los compañeros de Catherine. Y lo más probable es que hubiesen acabado también con ella si aquella noche las cosas no hubiesen ido tan mal con el tipo con el que salía como para que ella no hubiese podido pegar ojo.

La dibujante, que durante años fue la única mujer de la revista, llegó a tiempo al lugar para escuchar los disparos. ¿En qué clase de abismo puede sumirte algo así? En uno del que la sacaron Marcel Proust y el Museo de Orsay. O lo que es lo mismo, la literatura y el arte. Y, claro, sus dibujos. Porque Catherine no iba a dejar de dibujar, aunque en un primer momento fue eso en lo que pensó. Como Despentes, se preguntó, después de aquello, qué sentido tenía todo. Pero seguía levantándose cada mañana y yendo a redacción -una redacción que primero se trasladó al ático del edificio del Libération y luego a un lugar sin nombre de París-, y había siempre alguien vigilándola -llevaba escolta las 24 horas del día-, y lo que hacía, además de dibujar y vagabundear, con las manos hundidas en los bolsillos, era visitar los cuadros de Monet que hay en el Museo d’Orsay, y leer En busca del tiempo perdido. Y poco a poco, uno y otro la devolvieron a la superficie, y pudo digerirlo todo. El duelo, la culpa de haber sobrevivido, el miedo.

Lo cuenta en La levedad, la novela gráfica con aspecto de diario, un diario en acuarelas, en el que Catherine relata todo lo que pasó después de aquel tiroteo. Lo que pasó en su vida. La manera en que se curó. Y no lo hace con la violencia con la que lo hizo su compañero Luz, que publicó un álbum semejante el mismo año, el mismo 2015, un álbum titulado directamente Catharsis, en el que disparaba contra todo, de una forma visceral, y se proponía escapar del dolor formando una familia -cosa que ha hecho-, sino a través de la belleza, el arte, lo único, a su juicio, que podía devolverle la levedad que necesitaba recuperar. El título es, sí, un homenaje al famoso libro de Milan Kundera –La insoportable levedad del ser– y no habrá que esperar mucho a leerlo, porque Impedimenta lo publica en España el 2 de mayo. En Francia lleva vendidos 70.000 ejemplares. Es un pequeño best seller, a la manera en que lo son, asimismo, los deliciosos álbumes de su también compañero en Charlie Hebdo Riad SattoufEl árabe del futuro (Salamandra), Los cuadernos de Esther (Sapristi)-, quien también anda preguntándose por qué, y viajando a un pasado del todo cercano para dibujar la X sobre el lugar en el que todo se torció. O para tratar de colocarse a sí mismo. «Había que volver al yo, había que resituarse», ha dicho Meurisse. Quizá eso explique la marea de autoficción que lleva, al menos, una década sacudiendo la literatura francesa, y que ahora está inundando la viñeta.

LAURA FERNÁNDEZ

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