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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Llegan noticias asombrosas en forma de la mejor literatura de allá donde proyectamos una realidad aunque sea por oposición geográfica a la nuestra

VALÈNCIA. Lo que antes era solo el sueño de un eslavófilo, un deseo más imposible que improbable de materializar —el disponer en casa de abundantes fuentes de la cultura de los pueblos que se extienden hacia oriente más allá de las fronteras de nuestras mitologías— es ahora una triste realidad producto de una de las más antiguas pesadillas. Desde entonces se ha vuelto común pasear escuchando en todo momento ruso o ucraniano, tener al alcance una gastronomía antes casi inexistente hasta en las mayores ciudades, asistir a eventos de galerías y librerías donde se lee en cirílico. De pronto en estas calles mediterráneas, como en las de buena parte del país, el eco resuena de un modo diferente, y llegan aromas e historias que antes quién sabe si habrían acabado varadas en una aduana solitaria. 

Los catálogos de las editoriales tampoco han sido ajenos al fenómeno. Quizás solo sea una impresión sesgada, si bien por estas latitudes periodísticas siempre hemos prestado mucha atención a la literatura de aquello a lo que desde aquí llamamos Este: le hemos dedicado gran cantidad de tiempo y espacio, y por eso así, sin los datos en la mano pero con la clara y agradable  sospecha, uno se atreve a afirmarlo. La cuestión es que además se están editando obras extraordinarias como las que vienen a continuación:

Física de la tristeza, de Gueorgui Gospodínov –

Con traducción revisada de María Vútova, portada espléndida y de nuevo, y no es una exageración del articulista, arranque en la primera página para enmarcar, tenemos Física de la tristeza, del búlgaro Gueorgui Gospodínov. Es mejor que lo compartamos (al menos un fragmento) para que entendamos la genialidad de la que estamos hablando: “Nací a finales de agosto de 1913 como ser humano de sexo masculino. No sé la fecha exacta. Esperaron unos días para ver si sobrevivía y solo entonces me inscribieron. Era lo que se hacía con todos. Los trabajos del verano tocaban a su fin, aún quedaba por cosechar esto y lo otro, la vaca parió, hubo mucho ajetreo con ella. Comenzaba la Gran Guerra. La pasé junto con las demás enfermedades infantiles: varicela, sarampión, etc. 

Nací dos horas antes del amanecer como mosca de la fruta. Moriré hoy tras el atardecer. Nací el 1 de enero de 1968 como ser humano de sexo masculino. Recuerdo todo el año 1968 con detalle, de principio a fin. No recuerdo nada del año en que estamos. No me sé ni su número. He nacido desde siempre. Todavía recuerdo el inicio de la Edad de Hielo y el final de la Guerra Fría. La imagen de los dinosaurios moribundos (en ambas épocas) es una de las cosas más insoportables que he visto”. A partir de ahí el autor despliega todo su talento para construir un relato mosaico de todas esas existencias, entreverada entre las cuales se encuentra la suya propia. No cabe duda de que Gospodínov es ya un autor universal, ni de que esta Física de la tristeza suya es una de esas obras que trascenderán, que como su mirada de ser expandido en el tiempo y en la naturaleza de los diferentes elementos que constituyen esto que habitamos u ocupamos (sea lo que sea), arribará a nuevas épocas, hasta que las épocas se acaben, lo cual sucederá irremediablemente en un final que cerrará el círculo, esperemos que al menos de un modo tan perfecto como el que ha conseguido él.